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Full text of "!Madraza! : comedia en dos actos y en prosa / original de José María Garrido"

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TOSB MARÍA GARRIDO 












COMSBIA 



en dos setos y en prosa, original 




Copyright, by José María Garrido, 1920 
SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 



1920. 



Digitized by the Internet Archive 
, in 2012 with funding from 
University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/madrazacomediaen21719garr 



lJMLA.T*mj±2Z£kl 



Esta obra es propiedad de su antoi, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los cuales se hayan cele- 
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dnctlon reserves pour tous les paya, y compris la 8a6- 
de, la Norvége et la HSllande. 



Qoeda hecho el depósito que maroa la ley. 






MADRAZA! 



COMEDIA 



&r% dos aotos y ©r» prosa 



original DE 



JOSB MARÍA GARRIDO 



Estrenada can extraordinario éxito en el TEATRO PRINCIPAL de Cádiz el 3 
de enero de 1920 






MADRID 

fí*. Velasoo, Impresor, Marqués de Santa Ana, 11 dup 

TatáFOMO, M ssi 

1920 



¿C Qaríota fié 



y /vlígue) Ubáñez. 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

CONSUELO. Carlota Plá. 

MA RÍA TERESA Amalia Gómez-Larxé¿ 

DOÑA TRINIDAD Angeles García. 

PRESENTACIÓN Amparo Martí 

ESTHELLA. María Melgarejo. 

RAMÓN. Miguel Ibáñez. 

PEDRO Vicente Broseta. 

DON JAIME Francisco Martí-Ibáfies-i 

JERÓNIMO. Juan Hernansáez. 

EVARISTO Ricardo Espinosa. 



Madrid.- Actualidad 



Derecha e Izquierda, las del actor 






ACTO PRIMERO 



Saloncito elegantísimo. Al foro, pasillo, muy bien puesto, por el que 
se va al salón principal de la casa. Puertas laterales que conducen 
a las habitaciones particulares. 

En escena, y convenientemente distribuido, butaquitas, sillas y 
algún velador o mesita; modernista todo y de gusto irreprochable. 
Es por la tarde. 

^En escena CONSUELO y JEKONIMO. Consuelo es una 
mujer que raya en los cuarenta, pero tan requetebién 
los lleva que apenas si representa unos treinta. Es gua- 
písima, de una belleza extraordinaria, y por su esbel- 
ta figura cuesta trabajo creer que haya llevado en su 
seno a Pedro, Presentación y Estrella. Jerónimo, su 
administrador, es un vejete de unos sesenta años lar- 
guitos; su pelo es blanco, abundante, y su cara, com- 
pletamente afeitada, nos dicen a primera vista que no 
en balde han pasado los años. En general su aspecto 
es simpatiquísimo.) 

Cons. Es la última vez que molesto a mi hermano. 

Jer. No lo será. 

Cons. Sí, Jerónimo, sí. Hoy reuniré a mis tres hi- 

jos y les haré ver la realidad. Más tarde o 
más pronto han de tocarla... ¿Qué más da 
que sea hoy? 

Jer. Reúnalos, sí; no han de creerlo. 

Cons. Hoy, sí. ¡Qué remedio! 

Jer. No lo creerán. ¡Lleva predicado la señora 

tantas veces lo mismul 

Cons. Muchas, sí; pero aunque todavía no he ha- 

blado con mi hermano, se lo que me va a 
decir: que él no va a arruinarse por nos- 

612915 



— 8 — 

otros; que sentemos I o . cabeza y que dejemos 
de reunir en nuestros salones a gente que en 
nada nos va a servir y ha de ser la primera 
en lanzar al viento la ruina de los Villamiel, 
cuando esto llegue para nuestra desgracia. 

Jer. Y le sobrará la razón a puñados. 

Gons. Ciertísimo. ¡Pero, lo van a sentir tanto mis 

pobres hijosl 

Jer. No le preocupe eso. Todavía estamos a tiem- 

po de una retirada honrosa. Como el verano 
se aproxima, nada más natural que abando- 
nar Madrid e instalarnos en cualquier pue- 
blo de la provincia. Los meses de ausencia 
se encargarán de enfriar las relaciones, y 
con ello de ocuparse de los Villamiel. 

Cons. Dices bien; pero eso equivale a destrozar el 

porvenir de mis hijos y no es humano. 

Jer. ¿Será más humano quedarse, arruinarse por 

completo y resistir el golpe cara a cara? 

Cons. No; eso nunca. 

Jer. Entonces..., no hay otro medio que el ex- 

puesto a la señora. 

Cons. Sí, sí; no queda más salvación que esa. Ha- 

blaré con mis hijos, les expondré el caso y, 
como no hay más remedio, nos iremos, nos 
marcharemos de Madrid. 

PRES. (Saliendo de la primera izquierda. Presentación es una 

muchacha de unos diez y siete años, tan bonita como 
alocada. ¡Y cuidado que es bonita!) ¡Hola, mamá! 

¿Estás aquí? Ya te veo. 

Jer. ¡Claro! 

Pres. (a Jerónimo.) También te veo a tí. 

Jer. ¡Natural mentel 

Pres. Por cierto que estoy enfadadísima contigo. 

Jer. ¿Conmigo? ¿Qué motivos tiene la señorita? 

Pres. Que pones triste a mamá. 

Jer. Yo no, señorita Presentación, es... 

Cons. (inquieta.) ¡Jerónimo! 

Jer. Es que, cuando estamos solos la señora y 

yo..., no están ustedes. 

Pres. ¡Si no dices otral 

Jer. Me expliqué mal. 

Pres. Eso debe ser. 

Jer. Quise decir que nos falta la alegría, la ale- 

gría, que son ustedes. Pruebe la señorita, 
que es unas castañuelas, a estarse sola en 
una habitación por espacio de una hora, no 
eé..., no sé..., no si... 



_ g - 

Pres. No sigas, eso; presiento alguna de tus filoso- 

fías, que tanto me aburren — y perdona, ve- 
jete mío, si lastimo tu amor propio — , y no 
estoy para sermones. ¿Hay alguien en los 
salones? 

Jer. Las de Valdepeñas y unos amigos. 

Pres. ¡Las primeras! ¡Qué antipáticas y qué cursisl 

<3ons. ¡Presentación! 

Pres. Si digo la verdad, mamá. ¿No crees tú lo 

mismo? Seguramente alguien ha debido de- 
cirles que nos molestan, y se han dicho: 
«Ah, ¿sí? ¡Pues, las primeras!» Y las prime- 
ras son todos los días. 

Cons. ¡Qué loca estás, hija mía! 

Pres. (Besándola.) ¡Anda, que tú!... 

Cons. ¡Pero, Presentación!... 

Pres. Contaba papá que, cuando erais novios... 

'Cons. (cariñosamente ) ¿Vamos a callar? 

Pres. Pero, porque yo te lo impida. (La vuelve a 

besar.) 

Cons. ¿Y Estrella? 

Pres. Acabándose de arreglar quedó. ¡No ves que 

va de estreno! 

Cons. Y tú, el próximo viernes. 

Pres. Y que es una preciosidad de vestido. ¡Vas a 

ver lo que te gusta cuando me lo veas 
puesto! 

Cons. ¡A este paso!... No queréis comprender que 

es imposible soportar este gasto. Lo poco 
que nos queda... 

Pres. ¡Se me olvidaba! (a Jerónimo.) ¿Me digiste que 

estaban ahí las de Barrera? 
-Jer. No; las de Valdepeñas. 

Pres. ¡Es verdad! ¡Qué cabeza la mía! Y estarán 

solas. ¿Qué van a decir de nosotras? ¡Que no 
las hacemos casol ¡Tan simpáticas como 
son!... ¡Tan cariñosas! Voy a ver... (Besando a 
consuelo .) ¡Ven pronto, mamá! ¡Y yo que me 
olvidaba de ellas!... ¡Fobrecillas!... (y hace 

mutis por foro derecha.) 

Cons. (suspirando tristemente.) ¡No quieren oirme! Tú 

lo has visto, Jerónimo. Los tres lo mismo. 
En cuanto asoma a mis labios una sola pala- 
bra para reconvenirles, para hacerles com- 
prender que es imposible seguir gastando 
como hasta hoy, me dejan, me abandonan, 
no quieren oirme. 

Jer. Perdone la señora, pero opino que es poco 



— 10 - 

enérgica cuando trata de reconvenir a sus- 
hijos. 

Cons. No puedo; me besuquean, me miman, como' 

si yo fuera la niña, y..., ya lo ves. Les dije 
esta mañana que la de hoy daría fin a las 
reuniones... 

Jér. Y el próximo viernes, amigos y conocidos 

se reunirán de nuevo en los salones de la 
señora para tomar el té y bailar. 

Cons. Así será. Tú me conoces... 

Jer. Y puedo asegurar que seguirán las fiestas, 

las cuentas de las modistas y, lo que es peor 
todavía, las deudas de juego y francachelas 
contraídas por el señorito Pedro. Que el her- 
mano de la señora habrá de volver a esta 
casa pata hacer fíente a los acreedores y 
evitar una vez más el escándalo. Todo ello 
será inevitable por no haber sabido la seño- 
ra poner freno a sus hijos. 

Cons, (Tristemente.) ¡i' reno a mis hijos!... 

Jer. Ya, ya sé que no son tranvías, pero tanto- 

como ellos lo necesitan. 

Cons. Dices bien. Pero eso, ellos no lo compren- 

den, no quieren comprenderlo. 

Jer. ¡Tanto peorl La ruina en este caso es inevi- 

table. 

Cons. ¡Inevitable! Por ellos únicamente lo siento; 

por mi... (A RAMÓN, que entra por el foro Izquier- 
da. Este Ramón es cincuentón, no de seriedad rígida 
y antipática, pero sí poco dado a bromas. Es una de 
estas personas pulcras, metódica en todos los actos de 
la vida y, por lo tanto, poco partidario de los que no 
piensan como él. Viste de frac.) ¡Oh, Ramón! Pasa., 
pasa. 

Ram. ¡Hola, hermana! Jerónimo... 

Cons. ¡Cómo me alegra el que hayas venido! Lo 

suponía y por eso no te mandé recado. 

Ram. Ha sido una casualidad. Tú sabes que soy 

refractario a estas reuniones. Pero falto a. 
ellas desde hace tiempo y he venido para, 
evitar murmuraciones. 

Cons. Bien, sí; siéntate. 

Jer. Yo, con el permiso de la señora... 

Cons. No; no te vayas. 

Ram. Veo, con disgusto, que continúas dando fies- 

tas en tu casa. 

Cons. La última. Formalmente te prometo que la 

de hoy es la última. 



- 11 — 

Ram. ¡Me lo has prometido tantas veces!... 

Cons. Ahora, no te engaño. Aunque quisiera..., no 

podría. 
Ram. Luego hemos llegado otra vez... 

Cons. A lo que tantas veces, mi querido hermano. 

Por eso te dije al entrar que me alegraba de 

que hayas venido. Pero, no pongas esa cara 

que no pienso molestarte más. 

R->.M. (Contrariadísimo; deseando acabar.) Bien; ¿cuánto? 

Cons. Jerónimo decía que, puesto que llega el ve- 

rano, podíamos abandonar Madrid... 

Ram. Bien; ¿cuánto; qué cantidad deseas? 

Cons. Déjame acabar. 

Ram. ¿Para qué? Es inútil cuanto me digas; todo- 

ello — te conozco demasiado—, no pasan de 
proyectos. Habéis querido que llegara este 
momento y. ., ¡ya llegól ¿Qué más te voy a 
decir? Tú dirás cuánto. 

Cons. No te enfades, Ramón; sé que sobrados mo- 

tivos tienes para ello; pero .., piensa que no 
soy yo, que son ellos, mis hijos, los que... 

Ram. ¿Y quién es e! responsable de cuanto hagan 

tus hijos? ¿Soy yo? ¿Es Jerónimo? Eres tú; 
tú sola, hermana mía, que no has sabido 
tenerlos a raya. No te lamentes, pues, si hoy 
te ves arruinada; y no públicamente, g? acias 
a mí. 

Cons. Tú no tienes hijos; no puedes saber lo que 

son. 

Ram. Los tuyos, unos malos hijos. Han llevado 

vida de príncipes y no daba para tanto vues- 
tra fortuna. Pero no creas que los culpo a 
ellos dé tu situación, no; te culpo a tí, a tin- 
que no has sabido poner freno a sus ca- 
prichos. 

Jer. ¡Lo mismo, exactamente lo mismo, me per- 

mití ya decirle a la señora hace un momen- 
to! ¡Freno! Eso; que no les supo poner freno. 

Cons. Bien, sí, tenéis razón; pero, para compren- 

der cuanto yo digo, cuanto les he dejado ha- 
cer, hacía falta, primero que nada, sentir en 
vuestras mejillas el calor de un beso filial. 
Vosotros, que no los tenéis, no podéis saber- 
lo. Yo comprendo que no tenemos derecho 
a sacrificarte a tí, pero, ¿no soy yo la vícti- 
ma, laúnica víctima de mis hijos? Porque yo 
soy joven todavía; yo he tenido pretendien- 
tes; yo he podido casarme de nuevo, y por 



— 12 - 

mis hijos, porque ellos no tuvieran otro pa- 
dre que el que Dios les arrebató no he que- 
rido. ¿Que decís que no he sabido poner tasa 
a su continuo derrochar? ¡Conformas! No he 
sabido; quizás creyendo hacerles un bien les 
he causado un mal. Pero ya está hecho, ya 
no tiene remedio Tú puedes salvarnos; que 
lo haces, ¿cómo no agradecértelo? ¿Que eres 
una víctima de mis hijos? Fíjate detenida- 
mente en mi situación, creada por ellos, y 
dime si no soy yo la única digna de compa- 
sión. 

'Ram. Acabemos, hermana mía; ¿cuánto? 

Cons. ¿Dinero? 

Ram. Dinero. 

Cons. Ninguno. 

Ram. Debí comprenderlo; quieres que me encar- 

gue por milésima vez .. 

C'ONS. (interrumpiéndole.) Y Última. 

Ram. Bien, sí; quieres que me encargue por «últi- 

ma vez» de liquidar todas vuestras trampas, 
¿no es eso? 

Cons. Eso te suplico. 

Ram. Ya lo ha oido usted, Jerónimo. Haga una 

cuenta de cuanto esta casa adeuda y venga 
a entregármela. 

Jer. ¿De todo? 

.Ram. De todo, sí. (Hace mutis Jerónimo.) Quiero dejar 

liquidadas todas vuestras deudas hasta el 
último céntimo. Una vez hecho esto, cum- 
plido e-te deber, que tú me atribuyes, aban- 
donaré Madrid... 

-Cons. ¡Ramón! 

Ram. Abandonaré Madrid para no volver a pisar 

sus calles mientras vosotros permanezcáis 
en él. Quiero evitar así lo que no estoy dis- 
puesto a acceder una vez más. 

Cons. Comprende... 

Ram. Lo comprendo todo, hermana mía. Sé que 

tú y tus hijos habéis derrochado una fortu- 
na; que habéis empezado a hacer lo propio 
con la mía, y que, como es natural, rompo 
con vosotros antes de que acabéis con ella. 
Liquidadas todas vuestras trampas, habre- 
mos terminado para siempre. 

Cons. Tú no, harás eso, Ramón. 

Ram. Vosotros lo habéis querido. Nunca lo espe- 

ré de vosotros, nunca; porque yo, ¡fíjate!, yo 



— 13 — 

no me casé por no quitarles a tus hijos lo- 
que casándome era de justicia que fuera 
para los míos; y tú y ellos, sabiéndolo, me 
lo habéis agradecido como nunca pude sos- 
pechar. 4 -*-^¡ 

Cons. Ramón, hermano mío, no eres tú quien 

debe sacrificarse y a ello me opongo resuel- 
tamente. ¿Cómo voy a dejarte marchar por 
lo que dices? Compréndelo. Quédate que te 
doy palabra de nunca más volverte a mo- 
lestar. 

Ram. ¿Y con qué cuentas para ello? 

Cons. No me lo hagas decir. 

Ram. ¿Con qué cuentas? Propiedades no os que- 

dan ni una; dinero... 

Cons. No es eso. 

Ram. ¿Con qué cuentas entonces? 

CONS. (Avergonzada de lo que va a decir.) Con la boda 

de mi hija. 

Ram. Estrella no quiere a su novio. 

Cons. Nunca me lo ha dicho. 

Ram. No te extrañe. Para admitirlo tampoco telo 

dijo. 

Cons. Entonces..., queda otra solución. 

Ram. ¿Cuál? 

Cons. Casarme yo. 

Ram. ¿Qué dices? 

Cons. Casarme yo. 

Ram. ¿Y crees tú que encontrarás quien quiera 

casarse contigo? No, hermana, no; desecha 
esa creencia. Los que hoy te cercan y pre- 
tenden, ninguno, óyelo bien, ¡ninguno!, es 
capaz de unirse a tí ante Dios. Cuanto más, 
esos te admitirían como amante, y tú verás 
si esto es preferible a que obligues a tu hija. 

Cons. ¡Pero si dices tú que no le quiere! 

Ram. ¿Y es que vas a poder querer tú al primero 

que se te presente? Que no ha de presentar- 
se; luchas con el inconveniente de tus hijos, 
que nadie ha de querer aceptar. 

Cons. ¿Y cómo voy yo a obligar a mi hija? Sería 

su infelicidad si transigiera. ¿Y cómo voy 
yo, que soy su madre, a obligarla? 

Ram. ¿No han sido ellos quienes han creado esta- 

situación? Pues que ahora ellos la resuelvan.. 

Cons. Que es la infelicidad de mi hija lo que quie- 

res, Ramón 

Ram. ¿Han evitado ellos la tuya? 



_ 14 — 

Cons. No seas cruel. Comprende que no debo ha- 

cer lo que tú quieres, que no... 

Ram. ¡Allá tú con tu conciencia! La mía me dice 

que he cumplido siempre como bueno y que 
he hecho cuanto humanamente me ha sido 
posible hacer por vosotros. Esto se acabó. 
¿No quieres admitir el sacrificio de tu hija? 
Sacrifícate tú, mancha si quieres el apellido 
honrado que llevas, pero en adelante busca 
quien soporte vuestros lujos y el continuo 
derrochar de tus hijos, que yo he muerto ya 
para vosotros. 
-Cons. ¡Chite!... Calla... Vienen... 

(Entran, por el foro izquierda, DOÑA TRINIDAD y 
EVARISTO. Doña Trinidad es una 6eñora de unos 
cincuenta y cinco... voluminosos y cursis, enormemente 
cursis. Se cree una niña, habla como una niña y, a su 
edad, no es el biberón precisamente lo que necesita. 
Evaristo es un cuíco de unos veintidós años, viite de 
frac y. . el resto de su personalidad, el diálogo se en- 
cargará de decírnoslo ) 

Trin. ¿Qué es lo que ven mis ojos? Mi buen don 

Ramón... 

Ram. Doña Trinidad, Evaristillo... 

Evar. ¡Dichosos los ojosl 

Trin. ¿Y tú, Consuelito? ¡Tan guapa siemprel 

CONS. (Saludando a Evaristo.) ¿Cómo juntos? 

Evar . Nos hemos encontrado casualmente. 

Oons. ¡Ya sabe doña Trinidad lo que se hace, yal 

Trin. Por Lios, hija, ¿qué dices? Tú, mejor que 

nadie, sabes que no es Evaristillo — sin que 

esto sea una ofensa para él — quien me roba 

hoy el sueño. 

EVAR . (iNi lo quiera Dios!) (Se sienta al lado de Ramón.) 

Cons. Pero cómo, ¿todavía don Jaime no?... 

TRIN. ¡Todavía no, hija! (Suspirando ruidosamente ) 

¡Ay! ¡Lo que me está haciendo sufrir a mí 
ese hombre! 

OüN r . Si decían que ya... 

Trin. Nf-;da, en absoluto nada. Este don Jaime no 

tiene nada de aquél otro. 

Cons. ¿Del Conquistador? 

Trin. No; del otro, del catalán, el que me preten- 

dió este verano. Esto es hereditario. No tiene 
otra explicación. Desde mi tatarabuela acá, 
todas, absolutamente todas las de la familia, 
nos hemos pirrado por los Jaimes. Tú lo sa- 
bes. ¡Y es que todos los que hemos conocido 



- 15 

han sido tan buenosl... ¡Qué amigos! ¡Ni uno 
malo! En cambio, ¿te acuerdas de aquél 
profesor de piano? Amadeo, el que preten- 
dió a mi hermana Teresa .. 

Cons. Ah, sí; ya me acuerdo. 

Trin. Pues no quieras saber la que nos jugó. ¡Un 

Judas! 

Cons. Si parecía un santo. 

Trin. Y todas lo creíamos. Por eso fué más nues- 

tra extrañeza. ¡Qué raro — decíamos -que 
este Amadeo nos haya salido falso! ¡Es el 
primerol 

Cons. Ya lo puede usted decir. 

Trin. El primero que nos ha engañado. Porque 

yo soy de las que ven a una persona, y me 
basta mirarla una sola vez para saber en 
seguida de qué pie cojea. Por eso... (siguen 

hablando.) 

Evar. No, señor. También hacía mucho tiempo 

que no tenía el gusto de pisar estos salones. 
Estoy abrumadísimo de trabajo. 

Ram. ¿Otra obra? 

Evar. La misma. ¡Pero estoy sosteniendo una de 

luchas que... ríase usté de Raku! 

Ram. ¿Por qué? 

Evar. Porque... Verá usted. El segundo acto, lo 

desarropaba yo en un café cantante; había 
que pintar decorado y ¡ay! esto a la empresa 
no le gustó ni mucho ni poco. 

Ram. ¿Se negó? 

Evar. Rotundamente. ¿Y a qué dirá usted que me 

ha obligado? 

R\m. ¡Qué sé yo! 

Evar. ¡Asómbrese! ¡A trasladar la acción a un ce- 

menterio, para aprovechar el decorado del 
quinto acto del Tenorio. 

Ram. ¡Qué atrocidad! 

Evar . Y así estoy. Como el estreno est \ anunciado 

para la próxima semana y he tenido que 
hacer nuevo el segundo acto, me he pasado 
escribiendo cuatro noches, y he de estar de 
pie y aun así me quedo dormido. 

-RuM. Eso ya es peor. 

Evar. ¡Quiá! Lo peor no es que me duermo, sino 

que ronco y sueño en voz alta. No exagero, 
no. Usted no sabe cómo está un autor en 
vísperas de estreno. 

Ram. ¿Y tienes confianza de que guste? 



- 16 — 

Evar. Mucho más. Estoy convencido, tengo la 

evidencia de que gustará extraordinaria- 
mente. 

Ram. ¡Caramba, Evaristillo!... 

Evar. ¡Como se lo digo! 

Ram. No digo yo que la pateen o guste poco, por- 

que tú escribes bien, conoces el teatro a.., 

Evar. (Apuradísimo.) ¡Píseme un pie! 

Ram. ¿Cómo? 

Evar. ¡¡Píseme un pie!! ¡Pronto! Por lo que usted: 

más quiera, don Ramón, píseme un pie. 

Ram. ¡Pero, chiquillo!... 

Evar. ¡Que me duermo, don Ramón, que me 

duermo! 

Ram. Te soplaré a los ojos que es muy probado, (y 

don Ramón le sopla a los ojos.) 

Evar. ¡Ayl Gracias, no podía más. 

Ram. ¿Pero, tan falto estás? 

Evar. Cuatro noches sin dormir; cuatro días asis- 

tiendo a los ensayos de mi obra, que ese sí 
que es martirio, ¡escuchar lo que uno a es- 
critol 

Ram. Quedamos en que algún defectillo tendrá. 

Evar. ¿Mi obra? Sí, señor; uno sólo. 

Ram. ¡Vamos! Ya confesamos... 

Evar. Que mi comedia sólo tiene un defecto: mi 

nombre. Si en lugar de leerse en el progra- 
ma «de Evaristo Martín de los Ríos» se le- 
yera «de don Manuel Linares Rivas, don 
Jacinto Benavente o Quintero», mi obra al- 
canzaría un éxito ruidoso 

Ram. Celebro que fea ese el defecto, porque eso 

me dice que tu comedia vale. 

Evar. ¡Píseme un pie! 

Ram. ¡Otra vezl 

Evar. ¡Sópleme, don Ramón, sópleme! 

Ram. Pero, escucha, ¿me has tomado por un 

fuelle? (Le sopla otra vex a los ojos.) 

Trin. Ahora creo haber encontrado el medio para 

que se me declare. 

Cons. ¿Cómo? 

Trin. Una mujer que tiene una virtud verdadera- 

mente milagrosa para hacer casamientos. 
Vive en Chamberí. E!n echando las cartas 
por un hombre, ese hombre concibe una pa- 
sión tan grande que en seguida empieza a 
perder las ganas de comer, al juego, y a 
adelgazar exageradamente. 



- 17 — 

Cons. ¡Compadezco a don Jaimel 

Trin. Compadécele, porque con él voy a emplear 

este recurso. Piden veinte duros. 
Cons. Por un marido me parece barato. ¡Más de 

mil dieran algunas! 
Trin. ¿Y si no se me declara? 

Cons. Entonces, es caro. 

Trin. No; entonces es que las cartas engañan. 

Cons, O la maga. (Bien.) 

(Por el foro entra don J IME. Este don Jaimo, que es 
de la misma quinta de doña Trinidad, es un infeliz 
rematado, muy fino, la amabilidad personificada. Luce 
en su cabeza una reluciente calva y, como todos, viste 
de frac.) 

Jaime ¡Hola, hola! Reina el buen humor, ¿eh? 

CONS. (A doña Trini >ad, que ha palidecido horriblemente.) 

(¿Podra ser?.) Ahí lo tiene usted. 

RaM. (Que cansado de soplarle los ojos a Evaristillo ha de- 

jado que este se duerma.) Mi querido don Jaime. 

Jaime ¡Cómo: El señor de Villamiel... (saluda.) Doña 

Consuelo, doña Trinidad. 

Trin. ¡Mío caro signorel 

Jaime (¡Malo!) ¡Caramba! La encuentro muy bien; 

pero muy bien, doña Trinidad. ¡Qué co- 
lores! 

Trin. Eso es el corsé, que me aprieta una atro- 

cidad. 

JAIME (Por Evaristo, que continúa en el limbo.) ¿Y este 

joven? ¡Carambo, si es nuestro dramaturgo! 

¿Cómo estamos? 
Ram. Creo que dormido. 

Cons. ¡Cómo! 

Trin. ¡Será posible! 

JAIME (Pasándole la mano suavemente por la espalda ) ¡Eva- 

ristillo! 

EVAR. (Despertando sobresaltado.) ¿El tercer acto? Bue- 

no, sí, dónde usted quiera. (Todos ríen.) 
Jaime ¿Qué le ocurre al tercer acto? 

Evar. ¡Ah, don Jaime! .. Perdone, perdonen... Don 

Ramón sabe la causa. 
Jaime Ya, ya sé que en la próxima semana es el 

estreno, pero me parece demasiado pronto 

para delirar. 
Trin. (a consuelo.) ¿Cómo me las compondría yo 

para sacarle un retrato? 
Cons. ¿A quién? 

Trin. Ño seas cruel. ¡ A él! Necesito su retrato para 

llevárselo a esa mujer. 

2 



- 13 - 

Cons. Pídaselo. 

Trin. Eso pregunto yo. ¿Cómo? 

Cons. Pues..., pidiéndoselo. 

JAIME (Aproximándose al grupo que forman Consuelo y Tri- 

nidad.) ¿Y Presentación? ¿Y Estrella? 

Cons. Presentación, en el salón; Estrella, acabán- 

dose de arreglar. 

Jaime Por Pedro es inútil preguntar. ¡Sabe Dios 

por dónde andará esa bala perdida! 

Cons. Usted lo ha dicho: cábelo Dios. 

Ram. Seguramente en donde no debiera frecuen- 

tar mucho ni poco. 

Pres. (Que sale.) ¿Todavía sin salir Estrella? (saluda 

a todos, menos a Evaristo, que de nuevo se ha dor- 
mido.) 

Cons. Sí, le cuesta. 

Pres. ¡Oh! Aquí está ya. (sale estrella por p imera 

derecha.) 

Est. jSeñoresl 

Trin. ¡Qué elegante! ¡Qué monísima estás! 

Est. ¿Cómo esto}'? 

Jaime ¡Encantadora! 

TrIN. (Que ésto le vuelca el corazón, suspira ruidosamente.) 

llAyll 

Est. Hola, tiíto. ¿Te gusto, mamá? 

Cons. Mucho. 

Pres. En el salón se quejan de vuestra ausencia. 

Cons. Pues, vernos. 

Trin. ¿Quién te lo ha hecho? 

Est. «Antoán» 

Trin. ¡Precioso! 

Fres El próximo viernes verá el mío. 

Trin. ¿Otro? 

Pres. Pero qué lindo, qué chic. 

(Vuelve a salir JERÓNIMO, por donde hizo mutis, y 
entrega un papel a Ramón.) 

Jer. Este es el total. 

Ram. Lléveme a casa el detalle. 

CoNS. (Que no pierde de vista a su hermano.) ¿Te V3S? 

Ram. No; iré al salón con vosotros. 

Cons. (General.) ¿Vamos? 

Est. Si, vamos. 

Trin. (Aparte, a don Jaime.) ¿Me permite usted un 

momento? 

Jaime Con muchísimo gusto. 

Pres. ¿Se quedan? 

TrIN. En Seguida vamo^. (Hacen mutis todos menos 

doña Trinidad, don Jaime y Evaristo, que continúa en 



— 19 — 

el país del sueño.) Don Jaime... ¿A qué vamos 
a andar con rocieos? No soy partidaria de 
ellos ni mi espíritu de niña me lo permiten. 

Jaime ¿Ha dicho de niña? 

Trin. Sí; de niña... 

Jaime (¡De setenta años!) 

Trin. De niña, sí; porque así pienso y así es mi 

corazón. 

Jaime No sé quién, pero creo recordar que alguien 

dijo que eso, es lo único que no envejece. 

Trin. Así, pue?, con mi infantiiidacl propia de 

mis años y sin que le demos a ello otra 
importancia que el de una niñada, voy a 
pedirle .. 

Jaime Supongo que no serán relaciones. 

Trin. No; eso es de su incumbencia, y usted ya 

tiene edad para saber lo que hace. 

Jaime (|Por eso no se las pediré!) 

Trin. Lo que voy a pedirle, mi «atortelante» ami- 

go, es un favor. 

Jaime Si está en mi mano .. 

Trin. No, en su mano no está; lo debe tener en su 

casa, y, de no ser así, un fotógrafo se encar- 
gará de hacerlo. 

Jaime No sé si la tendré en mi colección. ¿Es al- 

guna postal de la Cibeles o de la Estación 
del Norte lo que usted quiere? 

Trin. Ninguna de esas dos; pero sí una digna de 

coleccionarse. 

Jaime No comprendo... 

Trin. Usted no comprende muchas cosas. 

Jaime ¡Doña Trinidad! 

Trin. Soy una niña, un bebé, no me haga caso. 

Continúo. 

Eva* , (Que sueña.) ¡No por DiosI 

Trin. ¿Eh? 

Jaime ¿Cómo? 

Evar. (soñando.) ¡No se me corta! [Antes la cabeza 

que esa escenal 

Jaime ¡Pobrecillo! Sueña que le destrozan su 

drama. 

Trin. Pero... 

Jaime Continúe. 

Trin. Según tengo yo entendido pasa usted todos 

los días por la calle de San Joaquín, ¿no es 
verdad? 

Jaime Sí, señora. Por cierto que no voy a volver 

más, porque iba allí a tomar mi vasito de 



- 2ü - 

lecbe todos los días y hace bastantes que no 
sé qué demonio les pasa que se les corta. 
Evar. (soñando.) ¡No se corta! 

JAIME Pues a^-í me lo dicen. (Dándose cuenta de que 

sueña. ) ¡Ah, ya! 

Trik. Pues en esa calle, habitando un cuarto piso 

con entresuelo y principal... 

Jaime En las nubes, vamos. 

Trin. Vive una muchacha... qué digo muchacha, 

una niña casi... 

Evar. (soñando.) ¡Que te crees tú eso! 

Trin. Una niña casi, que está muertecita, pero 

que muertecita por usted. 

Evar. (soñando.) ¡Por mí! 

Jaime ¿Por quién? 

Trin. Por usted. 

Evar. (soñando.) ¡Por mí pueden cortarle a don Ja- 

cin o cuanto quieran, pero a mí no me cor- 
tan ustedes nada! 

Trin. Yo despertaría a este muchacho; debe su- 

frir horriblemente. ¿Qué le querrán cortar? 

Jaime Su comedia. No le haga caso. Dígame, doña 

Trinidad: y esa muchacha, esa niña... 

Trin. Quiere su retrato de usted; le quiere con lo- 

cura y rabia por poseerlo. 

Jaime Y... es bonita, ¿en? Es... 

Trin. Es... ¡una mujer! ¿Qué le importa a usted lo 

demás? 

Jaime Bien, sí; pero usted convendrá conmigo en 

que hay mujeres... y mujeres. 

Trin. Lo esencial es que ella le quiera y de eso 

respondo yo. 

Jaime ¡Doña Trinidad... no solo de pan vive el 

hombre! (Entusiasmándose gradualmente.) A 11)1 

me haría feliz eso que usted ha dicho, una 
mujer que, sin ser niña, no pasaee de los 
veinie. Queriéndome mucho, con carnes, 
pero sin llegar a la exageración De ser po- 
sible, rubia, de almendrados ojos color de 
caramelo... ¡Qué dulces deben ser! 

Trin. ¡No, no! Ese no es su ideal. U&ted me en- 

caña. 

Jaime Doña Trinidad... ¡que yo no miento nuncal 

En eso que he dicho de la rubiez y de los 
ojos almendrados acaramelados, dije el 
Evangelio. 

Trin. ¿Y no sería usted feliz si en vez de acara- 

melados ios tuviera agarrapiñados? 



Jaime ¡A almendra salgo! Me es igual que sea aga- 

rrapiñada. Pero joven, ¿en?, joven. 
Trin. Yo no soy ninguna vieja. 

JAIME (Después de mirarla fijamente.) ¡Más joveill 

Trin. Por Dios, don Jaime; vuélvame a mirar de- 

tenidamente. 

Jaime (Dios mío, qué sospecha. Si será ella la... 

¡Pero no, es imposible! 

Trin. ¿De manera que cuándo me va usted a ha- 

cer la caridad de darme su retrato? 

Jaime Esta misma noche. Y dígala usted de mi 

parte que .. 

Tkin. Hay tiempo Cuando usted sepa quién es, 

ya se lo dirá directamente y mucho se lo 
ha de agradecer. 

J ime ¿Y cómo podrá saber ella? 

Tkin. Venga usted todos los días a mi casa. 

Jaime ¡Me hace usted el más feliz de los hombres! 

A usted le deberé .. 

Trin. ¡Chist! Cállese usted ahora. Vamos al salón; 

seguramente habrán notado ya nuestra falta 
y si nos vieran aquí solos... sospecharían... 

Jaime Sí, vamos. 

Trin. Sospecharían quién sabe qué cosa. Y, sobre 

todo, que no está bien que yo, una señorita, 
una niña casi, quede sola en ninguna parte. 

Jaime ¡Por Dios, doña Trinidad! 

Trin. Y a usted le temo. Mira usted de un modo... 

¡Ay! ¡Y yo soy frágil! 

Jaime (¡Si fuera frágil ya la habría yo dado una 

patada que la hubiera hecho añico>!) 

Trin. ¿Pero qué van a decir si entramos los dos 

solos en el salón? 

Jaime Pues... (¡que yo he perdido la cabeza!) 

Trin. ¡Se me ocurre una cosa, (pandóle goipecitos a 

Evaristo para que despierte.) ¡Evaristo!... ¡Eva- 
risto!. . Soy yo. 

EVAR. (Despertando.) ¿Usted? 

Trin. Sí, yo. 

Evar. ¡Pues si lo llego a saber no abro los ojosl) 

Trin. ¿Roñaba usted? 

Evar. He visto visiones. 

Jaime (¿Será alusión?) 

Trin. Vamos, que nos esperan 

Evar. (Haciendo mutis.) Vomos; pero el tercer acto no 
lo cambio. Primero retiro la obra. (Ríen doña 

Trinidad y don Jaime, que hacen mutis tras él por el 
foro derecha.) 



— 22 — 

(Por foro izquierda entran MARÍA TERESA y JERÓ- 
NIMO. María Teresa es una mujer de uuos treinta 
años; hermosísima, muy viva, algo romántica, muy 
libre al hablar, y más aún en lo que nos callamos. 
Viste un elegantísimo traje de calle.) 

M. Ter. Hágame usted el favor, Jerónimo, de de- 
cirla que aquí la espero. 

JER. Con mucho gUStO. (Y hace mutis por foro de- 

recha.) 

(Pequeña pausa antes de salir CONSUELO, que apro- 
vechará María Teresa para curiosear el saloncito.) 

CONS. (Saliendo y yendo a besar a María Teresa.) María 

Teresa. ¡Gracias a Dios que vinistel 
M. Ter. Tengo que contarte muchas cosas. 

CONS. (Por el traje.) ¿Cómo así? 

M. Ter. Sí; solo he venido a disculparme; tengo 

mucho que hacer. 
Cons. ¡Cuánto lo siento! 

M. Ter . Más lo siento yo; pero tú sabes que mi vida 

es el amor, y habiéndole puesto alas, sería 

una ofensa para él si yo no volase. 
Coks. Qué bien te encuentro. 

M. Ter. Qué quieres, hija; la felicidad lo da todo, 

hasta los buenos clores. 
Cons. La verdad es que de esto último sí puedes 

presumir. |Qué colores! 
M. Ter . Se me fué la mano. Aunque yo siempre he 

opinado que es mejor pecar de más que de 

menos. 
Cons. ¡Ya, ya! ¿Y tu marido? 

M Ter . No me lo recuerdes. Tan grosero e insopí r- 

table como siempre. ¿Sabes que rompí con 

Rodrigo? 
Cons. (En tono de reproche.) ¡María Teresa! 

M. Ter. Sí, hija, sí; me engañé. 
Cons. Confiesa que te engañas casi siempre. 

M. Ter. rorque siempre creo que se trata de una 

pasión. (Fijándose en los ojos de Consuelo.) ¡TÚ 

has llorado! 

CONS. (Vivamente.) No. 

M. Tee . ¡Mientes! No hay más que mirarte a los ojos. 
¿Te ha ocurrido algo? 

C ns. Nada en absoluto. 

M. Ter. ¿for qué has llorado entonces? 

Cons. Te lo parece a ti. Te aseguro que... 

M. Ter. ¡Ves! Si a mí no puedes engañarme. Es- 
tás llorando otra vez. Cuenta: ¿qué te ocu- 
rrió? 



22 ~ 

Cons. Que son mis hijos, María Teresa; que son 

ellos quienes se han propuesto matarme. 

M. Ter. ¿Otra calaverada de Pedro? 

Cons. ¡Qué sé yo! Que nos hemos quedado en la 

miseria. Tú eres mi amiga de la infancia y 
a ti puedo decírtelo todo. Por milésima vez 
nos salva del escándalo mi hermano Ramón, 
que, para evitar que mis hijos le arruinen, 
ha decidido marcharse de Madrid. /*cabo de 
hablar con mi hija Estrella, que casándose 
ahora con el hijo de los condes de Veracruz, 
solucionaba nuestra situación, y me dice 
que nunca, que sus relaciones con ese hom- 
bre han sido únicamenteun pasatiempo, que 
ella nunca le ha querido. 

M. Ter. ¡Pobre amiga mía! 

Cons. ¿Comprendes ahora mis lágrimas? Y son 

ellos, ellos, los que han traído esta situación. 
Yo no he sabido oponerme a sus caprichos, 
y las fiestas, cuentas de modista y locuras de 
Pedro, han traído lo que debían traer: la 
ruina a esta casa. 

M. Ter. Hazla ver que es preciso que se case; ¡oblí- 
gala! 

Cons. ¿Y cómo la voy a obligar yo, María Teresa? 

Si no le quiere, cómo le voy a decir yo: 
«pues a la fuerza». Comprende que es un 
pedazo de mi carne, que es mi hija y que no 
debo obligarla. 

M. Ter. Sí debes. No casándose es la ruina, destruir 
el porvenir de Pedro y de Presentación. 
¡Oblígala! 

Cons. No puedo, no puedo. 

M. Ter. Pues ya sabes lo que te aguarda. 

Cons. ¡Eso nunca! La miseria, no; por ellos, por 

mis hijos, por Madrid entero. ¿Qué dirían 
si esto ocurriera? Que por su madre, que no 
supo serlo, estaban en la miseria. Aconsé- 
jame. Desde luego con mi hermano Ramón 
no hay que contar. Yo he pensado en casar- 
me. Pero, ¿con quién? He rechazado a cuan- 
tos me pretendieron y ahora no puedo es- 
perar. 

M. Ter . ¿Sabes quién está locamente enamorado de 
ti? Me lo ha dicho millones de veces y yo 
creo habértelo dicho muchas a ti. 

Cons. No recuerdo 

M. Ter. ¿Será posible? ¡Gómez Vaquer! 



— 24 — 

Cons. ¡El banquero! 

M. Ter. El mismo. Bastaría una leve insinuación 

mía para que fuera tuyo. 
Cons. Pero ese es casado. 

M. Ter. ¡Qué importa! 
Cons. (ofendida.) ¡María Teresa! ¿Crees que soy 

como tú? 

(A María Teresa esto le llega al alma y baja la cabeza 
para disimular las lagrimas que saltan de sus ojos. 
Breve pausa.) 

M. Ter. Me has ofendido. Yo no te oculto lo que soy 
y lo que te he dicho fué por tu bien. 

Coks. Perdóname. Pero cómo voy yo... 

M. Ter . Si se porta bien... ¿no es preferible a casarse 
con un hombre como el mío? Tiene encima 
todos los defectos que pueda tener un mal 
marido. Por tenerlos todos... ¡ni siquiera es 
celoso ese estúpido' ¿Qué decides? Esto es 
cuanto yo puedo hacer por ti; si tuviera mi- 
llones, millones te hubiera ofrecido y dado, 
pero como no los tengo, te he propuesto lo 
que creo que es hoy tu salvación. 

Cons. Gracias, gracias... Pero es horrible pensar 

que pude haberme casado y que por mis 
hijos no lo hice, que llegue ahora por ello3 
a... ¡Dios mío, qué espantoso es esto! 

M. Tes Puedes estar segura que Gómez Vaquer es 
un hombre para cualquier secreto. De su 
boca no saldrá una palabra. Ya ves tú, fué 
amante de la iSalazar mucho tiempo y ni 
a su íntimo Rodrigo dijo nada. Es un pozo. 

Cons. ¿Qué Salazar es esa? 

M. Ter . La de Acevedo. 

Coxs. Pero si pasa por una persona formal. 

M. Ter. Pues a,'í verás. I asar... pasan. ¡Tantas hay!... 
¿Qué decides? 

Cons. No puedo hacerme el ánimo. ¡Es tan gran- 

de lo que me propones!. . 

M. Ter. Lo que te propongo, no; tu salvación, la de 
tus hijos. 

Cons. Déjame pensar. 

M. Ter. Lo que quieras. (Levantándose.) Y me voy; no 
vine más que a darte una explicación y ya 
estoy aquí mucho tiempo. Me esperan; ya 
volveré mañana. 

Cons. No me dejes así; espera un poco más. 

Est. (saliendo.) ¡Hola, María Teresa! 

M. Ter, Estrellita! v se besan.) 



— 26 — 

Est. Que se nota tu ausencia, mamá. Pero qué 

es eso, ¿todavía llorando? 
Cons. Y tú eres la causa. 

Est. ¿Yo, mamá? 

Cons. ¡Sí; tú y tus hermanos. ¿Decididamente no 

te casas con ese hombre? 
Est. Decididamente. 

Cons. Está bien. 

Est (Brandóle.) Si no le quiero, mamá. 

Cons. (a María Teresa.) Cuando quieras ya lo sabes, 

María Teresa. 
M. Ter. ¿Te decides? 
Cons. ¡Me deciden! 

M. Ter. Adiós entonces. (Mutis.) 
Est. ¿A qué, mamá? 

Cons. Tú no puedes comprenderlo. 

EST. (Con mucho mimo y besándo'a.) TÚ no puedes 

comprenderlo, tú no puedes comprenderlo... 
Pero comprendo que eres tú muy buena y 
por eso te quiero mucho, muchísimo. 

CoNS. (Desfallecida déjase caer encima de una silla, y con la 

voz velada por el llanto, dícese:) ¡Madrazal ¡Ma- 
draza! (Telón.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 






ACTO SEGUNDO 



Gabinete muy elegante. Puerta al foro, que se supone es la del dor- 
mitorio de Consuelo, otra, lateral izquierda, para las habitaciones 
interiores; y otra, en el dé la derecha, por la que se viene de la 
calle. Convenientemente distribuidos los muebles de rigor. 



(En escena PRESENTACIÓN y ESTRELLA, qu3 col- 
man de atenciones a DON JAIME por unos papeles de 
música que les ha traído, y PEDRO, que, en un rincón 
y sentado, lee. Han pasado quince días desde el actc- 
anterior y es de noche. (iQuizá llueva!) 

Pres. ¿Por qué se ha molestado? 

Est. ¿Cómo agradecerle?... 

Jaime Nada, nada, ninguna molestia; ni me lo tie- 

nen que agradecer de ninguna manera. 

Est. ¡Siempre tan buenol 

Pres. ¿Y de quién es? 

Jaime Anónima. 

Pres. ¡Qué raro! Porque siendo como usted dice 

una preciosidad... 

Jaime ¡Una maravilla! La oí tocar ayer en casa del 

maestro Rodríguez, de quien saben ustedes 
soy gran amigo, y me la recomendó. Como 
yo p ir desgracia no toco otro piano que el 
de manilla, y aun este bastante mal, pensé 
en ustedes, y al venir hacia aquí esta noche 
la he comprado. 

Est. Un millón de gracias. ¿Vamos a tocarla, Pre- 

sentación? 

Pres . ¿Y tampoco sabe el maestro Rodríguez de 

quién es? 

Jaime También lo ignora. Entre poner un nombre 



— 28 



Pres. 
Jaime 
Pres. 
Jaime 



Est. 
Jaime 
Est. 
Jaime 



Pedro 
Jaime 
Pedro 
Est. 

Pedro 
Jaime 



Est. 
Pres, 



Est. 
Pres. 

Jaime 



Pres. 



que no ha de conocer nadie y han de des- 
preciar, vale más valerse del anónimo, por- 
que al menos así intrigan. En esto opino 
como nuestro dramaturgo amigo Marmota. 
Y quién es ese, don Jaime? 
Evaristo. [Nuestro gran Evaristo! 
Cómo ha dicho usted: ¿Marmota. .? 
Porque siempre está durmiendo. El otro día 
asistí a un ensayo de su obra y nuestro hom- 
bre, que estaba sentado al lado de la con- 
cha, se durmió y cayó desde el escenario al 
sitio destinado a la orquesta. Un atril aplas- 
tó, que tuvo que pagar. 
¿Gustó su obra? 
Si no se ha estrenado todavía. 
¿Pues no era para la semana pasada? 
Así estaba anunciado, pero como ha tenido 
que reformar todos los actos, aún no ha po- 
dido estrenarse, 
¿anana se estrena. 
¿M anana? 
Aquí lo dice. 

¡Qué raro siendo así que no haya venido a 
invitarnos! 

Aún puede que venga. 
¡Quién sabe! Como ha tenido que luchar 
tanto esta vez y anda el pobre como aloca- 
do... a lo mejor se le olvida. 
No se lo perdonaba, 
El vendrá si quiere. ¿Vamos al piano a 

tocar esto? (Desenvolviendo el paquete.) ¿Cómo Se 
titula? (Leyendo.) «Una noche». 
No dice nada el título. 

Para mí, mucho. ¡Pueden ocurrir tantas co- 
sas en una noche! 

Tú lo lias dicho. En una noche puede Pedro 
ganar una fortuna; en una noche puede 
perderla; en una noche... — como la que 
Presentación tiene entre sus manos— un 
músico hasta hoy desconocido se hace cé- 
lebre* Y para terminar, en una noche, se 
pueden ver las estrellas como me las hicie 
ron ver a mí, en la que, equivocadamente, 
me dieron con un palo en la cabeza. Así es 
que ya ven ustedes cómo en una noche pue- 
den pasar muchas cosas. 
Pues vamos a ver si en esta es cierto lo de la 
celebridad. ¿Vienes, Pedro? 



23 — 



Pedro 
Jaime 

Est. 
Jaime 

Fres 
Jaime 



Pres. 

EVAR. 



Est. 

EVAR. 

Est. 

EVAR. 

Est, 
Pres. 

EVAR, 

Pres . 

Evar , 

Pres. 

Est. 

Pres. 

Evar. 



Jaime 
Evar. 
Jaime 
Evar. 
Jaime 
Evar. 

Jaime 
Evar. 



(Sin soltar el periódico.) BlieilO. 

Yo, sintiéndolo mucho, no puedo acompa- 
ñarlas. 

¡Cómo! ¿Se va usted? 

He venido exclusivamente a traerles esos 
papeles y me voy. 
¿Sin ver a matuá? 

Póngame a sus pies. No puedo detenerme 
más. Me esperan a las diez, (oyese la voz de 

Evaristo que habla dentro.) ¡Cara^bo, el dra- 

maturgol 

Pues ahora se fastidia y se espera a ver lo 
que dice. 

(Desde la puerta de la derecha.) ¿Sé puede? (Da la 
mano a iodos.) Con seguridad que ya me ha- 
brán puesto ustedes mala fama. Me ha sido 
imposible abandonar los ensayos. Si estando 
yo presente me han desfigurado los diez mil 
arreglos que he hecho, si no estoy allí no 
conozco mi obra el día del entreno. 
Ahora mismito hablábamos de usted. 
¿Bien o mal? 

Bien. En esta casa no se habla mal de 
nadie.., si está presente. 
¡Natural! Y me gu-ta la franqueza. 
A qué le vamos a engañar. 
Pero a usted, por esta vez, ha sido levísimo 
el corte- 
Menos mal. 

Decíamos que nos extrañaba el que usted no 
hubiera venido a invitarnos para el estreno. 
No lo volverán a decir. Porque aquí estoy 
yo y aquí el palco para mañana. (Lo da.) 
Muchísimas gracias. 
Le aplaudiremos. 
Y pediremos que salga. 
Ahora es a mí a quien corresponde dar las 
gracias. Pero tengo un miedo... ¡La obra 
gustará! 
¡Sntonces!... 

Ahora mi miedo es a la prensa. 
¿A la prensa? 

¡Ay, don Jaime! ¡La prensa hace mucho! 
Que digan lo que quieran. 
No; que digan que es buena; que fué un: 
éxito grande. 
Si lo es lo dirán. 
Así sea. 



— 30 — 



Trik. 

Pres. 

Est. 

Jaime 

Evar . 
Trin. 
Jaime 
Evar. 

Trin. 

Evar. 
Pres. 
Evar. 

Jaime 



Evar. 

Trin. 
Est. 
Pres . 



CüNS 



Trin. 
Pres. 



CONS. 

Trin. 

CONS. 

Trin. 

CONS. 

Trin. 



CONS. 

Trin. 



(Entra DOÑA TRINIDAD.) 

Buenas noches a todos. 
¡Doña Trinidad! 
¡Hola, doña Trinidadl (se besan.) 
(a Evaristo.) Me iba cuando usted entró. Así 
es que... 

Me voy con usted. 

¿Ahora que yo vengo se van ustedes? 
(;Por lo mismo!) 

Yo tengo que visitar a muchos amigos. 
Como mañana es el estreno... 
Que sea un éxito, 
G racias. 

Lo mismo decimos. 

Gracias, muchas gracias. ¿Vamos, don 
Jaime? 

Vamos, (a ios que quedan.) Hasta mañana que 
nos veremos en el teatro, (a doña Trinidad.) 
Tengo que hablar con usted. (Doña Trinidad 

al oir esto está para desmayarse.) Cuando Usted 

quiera, Evaristillo. 

(Que habla con Pedro.) Gracias, chico. 
(Mutis Evaristo y don Jaime.) 

¿Y vuestra mamá? 
Por ahí dentro andaba. 
Hablando con Jerónimo quedó, (viéndola apa- 
recer por la puerta del foro acompañada de JERÓ- 
NIMO.) Ahí la tiene. 

(a Jerónimo.) Cuando venga me avisas. (Hace 
mutis derecha Jerónimo.) Mi buena doña Trini- 
dad. 

Hay novedades; ahora te contaré. 
Nosotras vamos a tocar esto al piano. Tira 
ya ese periódico, Pedro. (Hacen mutis ios tres 

por la izquierda.) 

(ai quedarse solas.) ¿Qué novedades son esas? 
Dame la enhorabuena. 
Con mucho gusto. Pero, ¿por qué? 
¡El milagro! ¡Ya empieza el milagro! Fui a 
casa de aquella mujer, la de Chamberí. 
¿Qué mujer? 

La de Chamberí... la maga. La llevé mi re- 
trato y el de don Jaime. Ya ha empezado a 
meterle las agujas en el corazón. 
¿Qué agujas? 

¡Ay, es verdad, que tú no lo sabes! Pues, esa 
mujer, esa santa, hace un corazón de cera, 
lo pega al retrato del hombre que una quie- 



81 - 

re, y durante una semana clava a media no- 
che una aguja bendita con un preparado 
que ella tiene y reza. 

Cons . ¿Y la dio usted dinero? 

Trin. Veinte duros. 

Cons. ;Doña Trinidad! 

Trin. ¡No me digas nada! Tú te reirás o dirás lo 

que quieras, pero desde que ha empezado 
esa mujer a meterle las agujas al corazón de 
don Jaime, este es otro. En estos últimos 
ocho días ha venido a verme ocho veces, 
¡ocho veces! 

Cons. ¡Claro! Le dijo usted que sabía de una mu- 

chacha que estaba perdidamente enamorada 
de él, y va detrás de usted para que le diga 
quién es. 

Trin. ¡Ob, no! El sabe que esa muchacha soy yo; 

lo sabe, sí, lo sabe. Estaba aquí cuando en- 
tré y, al marcharse, se me acercó y me dijo: 
«Tengo que hablar con usted». ¿Qué dices a 
esto? ¡El milagro, el mi! agro i De aquí a unos 
días se me declara. ¡¡Ayll ¡Permítelo, Virgen 
del Perpetuo Socorro! 

Cons. Pero, doña Trinidad, ¿tan enamorada está 

usted de es< j hombre? 

Trin. ¡Un horror! Ese hombre me vuelve loca. 

¡Tengo cada sueño!... ¡Hasta estoy en pecado 
mortall ¡Y qué sudor!... Me mudo de ropa 
interior siete veces al día ¿No me encuen- 
tras más delgada? 

Cons. No. 

Trin. Pues lo estoy, hija, lo estoy. ¡Ay, y qué luna 

de miel vamos a pasar! 

Cons. ¡Doña Trinidad! 

Trin. Porque ese hombre se casa conmigo. ¡Don 

Jaime me da a mí su apellido .. o se lo robo! 
Ya lo creo que se lo robo. Y ahora me voy. 

Cons. ¿Ya? 

Trin. No he venido más que a darte estas noti- 

cias. Perdóname, hija, pero no puedo dete- 
nerme. Me voy a ver a la maga, a mi diosa. 

Cons. Pero no la de más dinero. 

Trin. ¡Todo el que me pida! 

Ccns. ¡Doña Trinidad! 

Trin. ¡Todo el que me pida! ¿No es justo, ya que 

a ella deberé mi felicidad? Es decir, a ella y 
a don Jaime. La calva de ese hombre, lo 
confieso, me trastorna. 



— 82 - 

Cons. Pues... que él sea con usted. 

Trin. ¡La Virgen del Perpetuo Socorro lo querrá! 

¡La tengo dos velas encendidas día y nochel 
¡¡DcsII Y si consigo lo que deseo, con toda 
mi alma, le encenderé cuatro, veinte o cua- 
renta mil. Por velas no ha de quedar. (Besán- 
dola.) Adiós, adiós, Consuelo. Ya te traeré 
noticias. Adiós. 

(Mutis por la puerta de la derecha hasta donde la 
acompaña Consuelo. Al volverse se encuentra a PE- 
DRO, que ha entrado por la izquierda.) 

Coks. Qué sigilosamente has entrado. ¿Vas a salir? 

Pedro Sí. 

Cons. Ya me extrañaba que tú pasaras una noche 

en casa. 

Pedro Pero antes quería hablar contigo, y... 

Cons. Que no tienes dinero, ¿no es verdad? 

Pedro Acertaste. Pero no era por eso solo por lo 

que quería que habláramos. 

Cons. ¿No? 

Pedro No. 

Cons. ¿Qué es entonces? 

Pedro Mamá,.. Tú te has lamentarlo muchas ve- 

ces de que derrochábamos mucho; última- 
mente nos digiste que el tío Ramón había 
abandonado Madrid por temor a que nos- 
otros le arruináramos y que ya él había te- 
nido que hacer frente una porción de veces 
a nuestros acreedores, ¿no es verdad? 

Cons. Todo ello es muy cierto. 

Pedro Bien, yo, lo confieso, como nunca he sabido 

cómo andaba nuestra fortuna ni me he 
preocupado de ello, he llevado una vida 
mu} r poco recomendable por cierto. He gas- 
tado como un nabab, he tirado el dinero a 
manos llenas sin saber que podía acabarse 
ni d dónde salía. Yo no soy un golfo, ni un 
mal hijo, ni un mala cabeza, como algunos 
han creído por la vida que he llevado, no; 
3 7 o he llevado esa viua porque en ella entré 
sin saber cómo ni cuándo, y porque nadie 
— no lo tomes como reproche- me condujo 
a otra. Es decir, que igual que he llevado 
esa vida perniciosa, pude haberla llevado de 
santo, si en este ambiente me hubieran co- 
locado; no ha sido porque el vicio arraigase 
en mí. 

Cons. ¿Qué quieres decir, hijo? 



— 33 — 

Pedro Quiero decir, mamá, que todo esto que has- 

ta hoy no me ha preocupado, me está ator- 
mentando desde anoche espantosamente. 
Alguien, que no pude averiguar quien, dijo 
que una persona muy conocida en Madrid, 
entra en esta casa todos los días a la misma 
hora, para... ¡No puedo repetirlo, mamá! 
Cons. ¿Por qué, hijo? 

Pedro Porque... porque no es cierto, porque tú no 

puedes haber llegado a lo que aquél canalla 
dijo. 

Cons. r :Pero qué dijo? 

Pedro Que tú eras la... No puedo, mamá, no puedo 

repetirlo; la frase al llegar a mi boca traba 
mi lengua que se resiste a pronunciarla. 

Cons. ¡Dios mío! ¿Y tú te creíste semejante em- 

buste? Vamos, vamos, Pedro, desecha esa 
idea y no hagas caso de los que tal calumnia 
propalen. 

Pedro Es que aquél miserable, a quien he de ma- 

tar, lo afirmaba. 

Cons. Si aquél lo afirmaba, tu mamá lo desmien- 

te, y a quien tú debes creer es a mí. Despre- 
cíale. 

Pedro Te han ofendido, mamá; me han ofendido 

a mí, nos han ofendido a todos nosotros. 

Cons. ¿Y qué ofensa puedo yo sentir de los que 

tamaña calumnia me levanten? 

Pedro ¿Y qué derecho le asiste a nadie para jugar 

con la honra de una familia? Ninguno. 
Pues con el mismo derecho, a ese vil calum- 
niador, le he de arrancar la lengua para que 
nunca más lo repita. Han dudado de tu hon- 
radez, madre; te la quitan, te la roban a ti, 
que eres mi madre, que me diste la vida, 
que eres santa entre todas las santas, que 
no hay mujer como tú. ¡Si siendo verdad 
mataría a quien lo dijera porque no lo 
propalase, ¿cómo no quieres que arranque 
las entrañas a ese vil calumniador? 

Cons. ¡Hijol 

Pedro Dime que no es cierto, que mintió... 

Cons. Mintió, hijo, mintió. Y ahora, tranquilízate; 

nadie se salva del qué dirán. ¿Qué de parti- 
cular tiene lo que tú has oído? 

Pedro Es que el que duda de tu honradez, duda 

de la de su madre. 

Cons. ¡Hijol 



34 — 



Pedro 



€ons. 
Pedro 



Coks. 
Pedro 



Coks. 



Pedro 
Cons. 



Pero nadie más que yo es el culpable; sí, yo 
que al morir mi padre no supe ser el hom- 
bre que se necesita en toda casa y más en 
una casa como ésta, donde cegada la madre 
por el amor de sus hijos, deja que éstos la 
arruinen. Pero aún es tiempo. 

(Con gran desaliento.) |AÚn es tiempo!... 

Sí, sí, aún es tiempo. Si es cierto, como di- 
ces, que no hay dinero, yo lo buscaré. ¿Có- 
mo? |En el juego! ¡He ganado tantas ve- 
ces!... ¿Que así no? ¡Trabajaré! ¿Te crees 
que me asusta el trabajo? Trabajaré en lo 
que sea. Trabajan otros siendo débiles, de 
naturaleza enfermiza y no se mueren... 
(En tono de broma.) ¿Me voy a morir yo que 
tengo estos «bíceps», tócalos, (¡ojo, ios brazos!) 
y que no me parte un rayo, como suele 
decirse? 

¡Qué bueno eresl 

(con mimo.) ¿Qué no daría yo porque mi ma- 
maita no sufra ni nadie pueda decir nada 
de ella? Me habéis tenido por una bala per- 
dida y nada menos cierto. Si tú en vez de 
llorar y no hablar me hubieras dicho «esto 
pasa», ten la completa seguridad de que 
nunca hubiéramos llegado a esta situación. 
Pero el miedo, el temor a contrariarnos, ese 
pavor inexplicable a los hijos... No es repro- 
che, mamá; es hacerte comprender que 
nada tan absurdo como emplear el engaño 
con los hijos, cuando si alguien tiene dere- 
cho a saber la verdad, son ellos. 
¿Y qué verdad quieres saber ahora? Combi- 
naciones de negocios nos obligó a recurrir a 
vuestro tío Ramón; hoy nada nos hace fal- 
ta; tenemos cuanto necesitamos; ¿qué más 
voy a decirte? Lo único que añadiré es que 
me has dado una gran alegría al decirme 
que no eres como todos y yo misma creía- 
mos. Sólo me preocupa una cosa: que no es- 
téis casados; eso es lo que deseo con toda mi 
alma Cuando esa alegría me deis tú y tus 
hermanas, ese día será el más feliz de mi 
vida. 

Sí, eso es... 

Y no hagas caso de los que por ahí afirmen 
esto o lo otro de mí; valen tan poco que no 
merecen otra cosa que el desprecio. Pídele a 



- 35 

Jerónimo lo que necesites y vé dónde 
quieras. 

Pedro A jugar. 

Cons. Bien, sí; a dónde quieras. 

Pedro No me has comprendido; a jugar, pero, por 

última vez. Y aunque digas tú lo que digas, 
no creas que me has convencido. Sé que no 
tenemos una peseta. Tú, no sé de dónde, 
has reunido una cantidad que habrás de de- 
volver, y como gane esta noche ya verás lo 
que hacemos. 

Cons. ¿Qué haremos? 

Pedro Tú deja que yo gane, que... ya verás. 

(Entra JERÓNIMO, muy alarmado, por la derecha ) 

Jer. Señora. 

Con?. ¿Qué ocurre, Jerónimo? 

Jer. Que ahí está don Ramón. 

Cons. ¿Mi hermano? 

Jer. Sí, señora. 

Pedro ¿No abandonó Madrid? 

Jer. ¿Qué le digo? 

Cons. ¿Qué vas a decirle? Dale a Pedro lo que ne- 

cesite y dile a mi hermano que aquí le 
aguardo. 

JER. (Viendo aparecer a RAMÓN.) ¡Aquí está ya I 

PEDRO (Haciendo mutis tras Jerónimo por primera derecha.) 

¡Hola, tío! 

Cons. ¿Qué novedad es esa? ¿Cómo tú por aquí? 

Ram. Te sorprende, ¿no es verdad? 

Cons. Me extraña. 

Ram. Cuando sepas el porqué de esta visita, segu- 

ramente has de encontrarla muy natural. 

Coks. Antes de hablar. ¿Has venido por asuntos 

exclusivamente tuyos o unos? 

Ram. ¿Luego. sospechas a lo que vengo? 

Cons. Tú responde: ¿es por mí por quien tu vienes 

o porque tengas que hacer en Madrid? 

Ram. Por tí me fui de Madrid, y por tí vuelvo 

a él. 

Cons. Si no te hubieras marchado no hubieras te- 

nido necesidad de volver. Es todo cuanto» 
tengo que decirte. Si no deseas más... 

Ram. ¿Luego es verdad lo que me han dicho? 

Cons. ¿Y cómo voy a saber yo — pobre de mí — lo 

que hayan podido contarte? 

Ram. Que tú y Gómez Vaquer, el banquero... 

Cons. Es verdad. ¿Eso era todo lo que querías 

saber? 



— 33 — 

Ram, ¡Desgraciadal 

Cons. Mancha el apellido honrado que llevas, me 

dijiste al marcharte. No te importó que, des- 
graciadamente, ésto llegara a ser verdad al- 
j^ún día. Y te marchaste, me abandonaste, 
y ahora vuelves porque te han dicho que yo, 
tu hermana, para salvar la vida hecha de 
sus hijos, sacrificó su honradez. ¿Por eso 
vuelves? No cabe duda; ¡eres un gran her- 
mano! 

Ram. íno he vuelto más que por saber qué había 

de cierto en esa murmuración. 

Cons. Pues, 3 a lo sabes; cuanto te digan es verdad. 

Y lo que yo menos podía esperar era que tú, 
mi hermano, quien me precipitó a esta caí- 
da, que pudo evitar, venga hoy a pedirme 
cuentas. 

Ram. Pero, ¡desdichada!; ¿no te salvé de la ruina 

mil veces? ¿No te aconsejé tuvieras a raya 
a tus hijos? ¿De qué me culpas? 

Cons. ¿Y no te dije yo mil veces que eran mis hi- 

jos, que tenías razón en cuanto decías, pero 
que no tenía carácter para ello? Tu obliga- 
ción era, ya que yo no podía, haber impuesto 
tu autoridad Pero, era más cómodo, cuando 
yo te confesaba mi falta de energía y pedía 
que me salvaras, decir: «¡basta!, ¿cuánto?» 

Ram. Pero, eso fué cuando vi que no podía con- 

seguir nada. 

Cons. No quiero discutir este asunto. Acabo de 

tener una conversación con mi hijo, que ya 
ha llegado a sus oídos lo que a tí te han di- 
cho, y se lo he negado, le he dicho que es 
una calumnia. No mató a quien tal dijo por- 
que no pudo averiguar quién era. Como él 
llegara a tener una desgracia por esto, y de 
esto nadie tiene la culpa más que tú, que yo 
no te vea, no te presentes ante mi vista, que 
olvidaría que soy hermana tuya para... ¡De- 
tente lengua, detente! 

Ram. ¿Qué ibas a decir? Acaba, acaba de escupir 

lo que quedó en tu boca. 

Cons. Inconscientemente quizás, ya te lo he dicho, 

de mi desgracia sólo tú tienes la culpa. Por- 
que mis hijos son buenos, la que no ha sa- 
bido ser madre he sido yo; y siendo ellos 
buenos como lo son, como mi hijo acaba de 
demostrarme, con uno que los hubiera guia- 



_ ñ7 - 

do por buen camino nunca hubieran llega- 
do a esta situación. Pero, tú fuiste cobarde, 
cobarde, sí; porque si en vez de huir, que 
fué todo lo que se te ocurrió, hubieras prac- 
ticado lo que tan solo insinuaste, mis hijos 
hoy no tendrían que avergonzarse de su ma- 
dre. ¿A qué vuelves? Vete, ya no te necesi- 
to, ya encontré el hombre que esta casa ne- 
cesitaba. ¡Mi hijo! El jugador, el pendencie- 
ro, el borrachín, el juerguista, él va a salvar 
esta casa; ya no me haces falta, vete, vete, y 
como dijiste, no pongas los pies en Madrid 
mientras en él estemos nosotros, mis hijos 
y yo. ¡Vete! 

'Ram. Te encuentro desconocida. 

"Cons. Ya me cansé de llorar, de suplicar con los 

ojos llenos de lágrimas y con la voz ahoga- 
da por el llanto, que hacía que no fuera en- 
tendida. Ahora, hablaré para que me oigan 
todos, para que se enteren todos de lo que 
digo. He necesitado convertirme en una de 
tantas para poder chillar. ¡Ya ves qué con- 
trastel Ahora que debía hablar muy bajo, 
muy quedo, ahora es cuando me van a oir 
todos. Te lo repetiré: has sido un cobarde. 

31am. Basta. He tenido calma para escucharte 

hasta aquí, no sé si respetando que eres mi 
hermana o por inspirarme lástima por lo 
que eres. Debe ser por esto, porque como 
una de esas me estás hablando. 

Cons. ¿Qué dices? ¿Que hablo como una de esas? 

¿Yo? ¿Como una mujer sin pudor ni ver- 
güenza? ¿Pero, te figuras que por ser herma- 
no, y por ser verdad mi desgracia, voy a to- 
lerar que me lo digas en mi propia cara? 
¡Ah, no; eso no! Te hablo como se le debe 
hablar a un hermano como tú, como he de- 
bido hablarte siempre. Ya ves, siendo hoy 
lo que soy me avergüenzo de ser tu her- 
mana. 

TIam. ¡Miserablel (Se abalanza sobre ella con los puños 

cerrados y los brazos en alto, cuando ella, por el des- 
gaste de nervios, cae llorando a sus pies.) 

Cons. Perdóname, perdóname. Soy una degracia- 

da. Pero me ha? ofendido, me has dicho que 
era una cualquiera... 

Üam. ¡Desdichada! Hasta dónde te ha conducido 

tu amor por tus hijos... ¡Desdichada! 



- 88 — 

Ccns. Perdóname. Pero ¿qué no hubieras hecho- 

tú en mi lugar? Si en lo alto de una torre 
hubieras visto aun hijo tuyo que iba a arro- 
jarse en el espacio, ¿no te habrías tú puesto 
en su lugar para conservarle la vida? 

Kam. Pero es que aquí no se ha llegado a ese ex- 

tremo. 

Cons. Aquí era mucho peor. Y si con mi vida hu- 

biera podido evitarles esta vergüenza de 
hoy la vida me hubiera quitado, no lo dudes, 

Kam. ¡Madraza! 

Cons. Madraza, sí; robaría por mis hijos, mataría 

por mis hijos; todo por mis hijos, por ellos. 
Por un capricho, por una vanidad mía, nada. 
¿Merezco perdón? 

Ram. Eien castigada estás. Levanta. Fui cobarde- 

abandonándote, en esto tienes razón, pero 
cuando se tropieza con una madre cuya ido- 
latría por sus hijos llega hasta la temeridad, 
todo cuanto se diga y se haga resulta insu- 
ficiente. Tú posees la prueba. 

Cons. Ramón. . hermano mío... dime algo, justifí- 

came, perdóname. 

Ram. Mi perdón no te es necesario; mira a ver si 

logras el de tus hijos, ese es el que necesitas 
y dudo que lo consigas. Únicamente eso* 
traen los hijos, ingratitudes. ¡Pobre herma- 
na míal ¿Qué puedo ahora hacer yo por ti? 

Cons. Tienes razón; nada. 

( Por la izquierda entran PRESENTACIÓN y ES- 
TRELLA ) 

Pres* ¡Hola, tuto! 

Est. ¿Cuándo has venido? 

Pres. Qué poco nos quieres. Nos dijo la mamá... 

¿Lloras tú, mamaíta? 

Cons. Ño, hijita, no. 

Est. ¿Qué es eso? ¿Por qué lloras? 

Pres. Ya nos lo estás diciendo en seguida, que si 

es el tío quien te ha hecho llorar, le pe- 
gamos. 

Est . ¿Ha sido él? 

Cons. No, tontita; vuestro tío y yo hemos estado 

recordando tiempos pasados, y sin poderlo 
evitai nos hemos entristecido un poco. 

Pres. Es que si era él... ¡le pegábamos! 

Est. f Besándola.) ¡Pobrecita, que ha llorado! ¡Pues 

toma, toma y toma; para que no vuelvas a. 
11c rar más! 



_ 39 

Pres. (Besándola también.) ¡Y toma, torna y toma; por 

llorar! 

OONS . (A Ramón.) ¿L.0 ves? 

Pres. ¿No nos habéis oído? Hemos estado tocando 

al piano lo que nos ha traído don Jaime, que 
no puede ser más precioso. 

(Por la derecha entra MARÍA TERESA.) 

M. Ter. ¿Se puede? 

Cons. ¡Oh, María Teresa! 

M. Ter. Hola, niñas. Don Ramón... (se sienta ai lado de 

Consuelo, y Presentación y Estrella forman grupo con 
Ramón.) 

Cgns . ¿Cómo tú por aquí? 

M. Ter. ¿Sabes ya que mañana estrena Evaristo? 

Pres. Nos ha traído un palco. 

■Cons . No sabía nada 

M. Ter . ¿Qué te contaré? ¡Estoy radiante! 

Cons. ¿Otro amor? 

P«es . No seas malo, tiíto. Y no te vas, y vienes 

con nosotros mañana a ver el estreno. 
Ram. ¡Imposible! ¡Tengo que marcharme! 

Est. ¡Pues no te marchas! Quién manda aquí, 

¿tú o nosotras? 

RaM. (Muy convencido.) Vosotras. 

M. Ter. Esta vez es cosa seria. Es... mira; e3 alto, mo- 
reno, con ojos de un color pardo... ¡En Rosa- 
les le conocí e-te domingo'. Es artista, ¿sabes"? 

•Cons. ¿Algún poeta? 

M. Ter. No, en serio; es pintor. 

•Cons. Pero mujer... ¿Será posible que teniendo 

marido hagas tú eso? 

M. Ter. ¡Teniendo marido!... ¡A cualquier cosa lla- 
mas tú marido! 

EST. (a Ramón, que se ha levantado.) ¿Te vas ya? 

Ram, Sí; no puedo entretenerme más. 

Pres. ¿Pero volverás? 

Ram. No sé. Consuelo... 

•Cons. ¿Cuándo volverás? 

Ram. Mañana si puedo. 

Cons. Que te espero, ¿eh? 

Ram. María Teresa... 

-Cons. Espera; que te acompañe Jerónimo. 

Ram. No hace falta. Buenas noches. (Mutis por la 

derecha.) 

M. Ter . ¿Vive fuera? 
Cons. ¡áf... 

Pres . María Teresa, ya que has venido, vas a oir 

lo más hermoso que se ha escrito. 



— 40 — 

M. Ter. ¿Algo nuevo? 

Pres. Nuevo del todo. 

Est. ¿Vienes tú también, mamá*? 

Cons. Después; id vosotras. 

M. Ter. Bueno; voy a oir esa preciosidad. (Esto a c©r> 

suelo.) 
PrES . (Haciendo mutis tras María Teresa y Estrella.) ¡Y lo* 

es! No vayas a figurarte .. 

JER. (Que entró durante las últimas Irases, al quedar solo 

con Consuelo, lanza un suspiro de satisfacción.) ¡Un 

milagrol 

Cons. ¿Eh? 

Jer. Un milagro ha sido el que no se hayan en- 

contrado. 

Cons. ¿Vino ya? 

Jer. Cuando salía el hermano déla señora. ¡Un* 

milagro ha sido! 

Cons. ¡Pobre viejo mío! ¡Cómo sufres por mil 

Jer. ¿Y por quién voy a sufrir sino por la perso- 

na a quien se lo debo todo? 

Cons. ¡A lo que nos conducen los hijos! 

Jef. No desmaye. Ahora ya está hecho; a luchar, 

a no ser cobarde, a no dejarse atropellar. 
Ya sólo falta que ellos se casen para salir - 
victoriosa de su gran sacrificio. 

Cons. Tienes razón, sí; sí, Jerónimo, a luchar, a no 

dejarse vencer. 

Jer. Y que sea yo, yo, que he mirado a la seño- 

ra como a una hija quien la aliente a... ¡Pe- 
rra vida. 

Cons. ¡Pobre Jerónimo! Pero no hay tiempo que; 

perder, Únete a mis hijos y ya lo sabes.. 
También está con ellos María Teresa. Si' 
cuando se marche pregunta por mí... dile lo 
que quieras. Anda, vé, ve, vejete mío. 

Jer. Señora... 

CoNS. Anda. (Hace mutis Jerónimo por la izquierda y que- 

da sola en escena Consuelo. Una pausa. Se ve la gran> 
lucha que sostiene. Va a entrar en su habitación y re- 
trocede asqueada de lo que allí le espera. Apaga la. 
luz de la escena y sólo la que eutra a través de los 
cristales de su habitación será la que dará esa semios- 
curidad apetecida. Después de un gesto resuelto, Con- 
suelo se enjuga las lágrimas que brotan de sus ojos y 

se dispone a entrar ) A qué retroceder. Ahí den- 
tro está la salvación, la felicidad de mis hi- 
jos. ¡Por ellos! (Hace mutis p >r la puerta del cen- 
tro que volverá a dejar cerrada. De dentro llegan a. 



— 41 — 

nosotros las notas que arrancan al piano las niñas y 
que ya no cesarán hasta que caiga el telón Por un 
momento esto es lo único que distrae nuestra atención. 
Después la voz dt PEDRO, muy alegre, hasta que sale 
a escena por la pueira de la derecha.) 
PEDRO (Saliendo.) [Mamál ¡Mamá! (Mira por la puerta de 

la izquierda y llama.) ¡Mamá! (De sus bolsillos saca 
un puñado de billetes y entra muy decidido por la 
puerta del fondo.) ¡Mamál Mamá! (Dentro, Tiendo 

«lo que ya ha oído».) ¡Eh! ¡¡Madre!! 

(Tambaleándose, como un borracho, aparece en la 
puerta, los billetes que se le escapan de las manos caen 
esparcidos por la escena. El, con un llanto que no será 
exagerado, cae desfallecido encima de una butaquita. Y 
mientras cae el telón, muy lento, oyense los sollozos 
de Pedro y las notas, ahora ya muy pianísimo, de 
"Una noche».) 



FIN DE LA COMEDIA 



Larache y Tetuán, 1919. 



Obras ae 3 0? é Ciaría Qarrido 



Entre empresario y actriz, juguete cómico en un acto y 
en prosa, original. Teatro Romea. Valencia. 

i/Bocucha/í viaje cómico en un acto y en prosa, original. 
Teatro de las Cortes, San Fernando. 

Paces, paso de comedia, original. Teatro Olympia. Va- 
lencia. 

El plat del día, comedia valenciana en un acto y en 
prosa, original. Salón Novedades. Valencia. 

El trueno, casi saínete en un acto y en prosa, original. 
Teatro Municipal. Santa Cruz de Tenerife. (Segunda 
edición.) 

El gran Meloni, inocentada en un acto, original. Salón. 
Imperial. Algeciras. 

La, misma sangre, drama en tres actos y en prosa, origi - 
nal. Teatro Real. Gibraltar. 

El plato\del día, comedia en un acto y en prosa, original. 
Teatro España. Larache. 

Tormenta de amor, juguete cómico en un acto y en pro- 
sa. Salón Imperial. Algeciras. (1) 

¡Madraza! comedia en dos actos y en prosa, original. 
Teatro Principal. Cádiz. 

Mientras el alma llora... comedia dramática en tres actos 
y en prosa, original. Estrenada el 30 de Abril de 1920. 



(1) En colaboración con Mauricio Torras. 



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Precio: 2,60 pesetas