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Full text of "María del Carmen : comedia en tres actos, en prosa"

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MARÍA DEL CARMEN 



Esta obra ea propiedad de su autor, y nadie po- 
drá, sin su permiso reimprimirla ni representarla en 
España y sus posesiones de Ultramar, ni en los países 
con quienes haya celebrados, 6 se celebren en adelante, 
tratados internacionales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción y cuan- 
tos le corresponden por las leyes. 

Los comisionados de la Administración Líricc-dra- 
mática de D. EDUARDO HIDALGO, son los encar- 
gados exclusivamente de conceder ó negar el permiso 
de representación y del cobro de los derechos de pro- 
piedad. 

Queda hecho el depósito qu marca la ley. 





n 




COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA 



OKIGINAL DE 



JOSÉ FELIU Y CODINA 



Estrenada en el TEATRO ESPAÑOL, de Madrid, la noel, 
del 14 de Febrero de 1896 



TERCERA EDICIÓN 



MADRID 

R. Veliisco, imp , Marqués de Shn(a Ana, 20 
Teléfono nútaero jji 

18S6 



^e>bico coia c6za al 



en H:>linwnio Sel cczbinl caziño u alia con^ib^- 
zación auc le vzoíeroo. 



IZZl"^^ 



REPARTO 



PEBSONAJES 



ACTOSES 



MABÍADELCAEMEN(18años) Sra. n.3 María Guerrero. 

Concepción (50 id.) Hita Revilla. 

FoENSANTiCA (15 íd.) SrLi. Ramomi Vííldivia. 

Pencho (25 id.) Sr. I). Fern.cdo DíoZ de Mendoza. 

Javier (24 id.) Francisco Gircía Orloga. 

Domingo (48 id.) Donato Jimén-z. 

Don Fulgencio (56 id.) Alfredo firera. 

Pepuso (54 id.) FHipe Cari. 

Mígalo (48 id.:^ Manuel l)iaz. 

Antón (40 id.) Jí^vier Mendiguclii.i. 

Roque (22 id.) •'n:'» í^«blcs. 

Andeés (24 id.) José López Alón o. 

HuERTANAS Y HUERTANOS, Ac rices y actores de la Compíñia 



Dirección de escena de 0. Rafael María Liern 



Acción contemporánea en ia Huerta de Murcia. 



Derecha é izquierda, las del actor 



ACTO PRIMERO 



Plazoleta de nn eremitorio, en lo iulerior de la Huerta. A la dere- 
cha la ermita, y sobre su puerta un rótulo que dice: «Casa de la 
Virgen » A la izquierda de la ermita y pegada á ella una casita 
con ventanas y puerta practicable. El sitio está rodeado de verde 
y copiosa vegetación, hasta el pie de la sierra elevada y escabro- 
sa que ciñe el horizonte; campos de maíz, grupos de higueras 
chumbas, moreras, cipreses, palmeras, etc. Vense también las ca- 
sitas blancas y barracas de los huertanos, salpicando la verde ex- 
tensión. Dividen el suelo varias sendas, y lo recorren algunas 
acequias que se pasan por medio de pnentecillos de tabla» ó pie- 
dras. Junto á la puerta de la ermita, un poyo, y otro en primer 
término á la izquierda, debajo de un árbol. 



ESCENA PRIMERA 

ROQUE y varios mozos. Aparecen unos sentados en el banco de la 
ermita ó en el suelo en cuclillas, y otros de pie, arañando la tierra 
con sus bastones de cayado; forman distintos grupos. ANDRÉS sale 
por la izquierda seguido de otros mozos. Todos visten de día de fies- 
ta. La campana de la ermita está tocando á misa 

And. (Dirigiéndose al grupo de junto á la ermita.) A la 

par de Dios, cabayeros. ¿Es er primer toque? 
Roque Er segundo. ¿Ande te has dejao los oidos 

esta noche, que amaneces sordo? 
And. Es que, como rondamos dista que nos piyó 

la aurora. . 
RoQUK Está güeno eso. 
And. No hay que esconsolarse, que yegando á 

tiempo tóos oiremos la misma misa. 



Roque ¡Si es que ya hemos oído nosotros la pri 
mera! 

And. Eso está mejor. 

Roque Nosotros... ¡Pos como no rondamos! .. Por- 
que en este partió, de un lao está una gen- 
te, y de otro lao está otra gente... Y á unos 
se les deja que canten y relinchen, y que 
armen el tirritremo; tan y mientras que los 
otros han de tener colgás las guitarras y 
atragantas las coplas, y recibir los gorpes. 



ESCENA II 

DICHOS. ANTÓN con vara de ftlcalde, por Ja izquierda 

Ant. Adiós, hombres. Muchos os habéis quedao 

pa la segunda misa. 

Roque Al cebo de la reunión. Porque... lo que dijo 
er otro: ¿ande va Vicente? 

And. A regañar con la gente. 

Ant. Cuidao con eyo, y no buscarle las cosquiyas 

á mi autoridad, mociquics. 

Roque Nada de eso. ¡Y que no se ha puesto nublo, 
pa que se exponga uno á mojarse! Sinos que 
uno dice su sentir. 

Ant. ¿y qué sientes tú? Vamos á ver. 

Roque Yo... muchas cosas son las que siento... ¡Va- 
mos, 3^0 y tóos los del lao allá de la acequia... 
que semos bastantes. Pero como en usté, 
quien manda es er tío Maticas, que es er 
que le ha hecho arcalde, ya sabemos que 
nos toca conformarnos. 

Ant. Ar tío Maticas se le oye aquí como si fuera 

er gobierno de su majestá, y lo que él dice, 
aqueyo se hace, y los que le van en contra... 
pos ni chistar, ni mistar, y quietecicos en 
casa, y á regar cuando el agua sobre. 

And. Y aquí nadie tiene una queja del tío Antón. 

Roque Vosotros, ninguna. Como que, estando por 
el tío Maticas, ya no hay cosa que se os nie- 
gue, porque ahí tenéis er páere arcalde. 

Ant. Lo que hay, que estos no dan qué hacer. 



— 9 — 

RoQUK ¿Y nosotros? ¡Si nos quiere usté más abatios 

A NT. De esa moa es como habéis de veros, que 

olio es justicia. Y si os aguantáis ansina, no 
lo mostréis ahora por virtud, sinos decid 
que es por lo que ya sabemos tóos. 

And. Porque se os marchó el hijo der tío Pascualo. 

Ant. Ese; cr cabeza de motín y er que os metía á 

tóos en pendencias y campanas. Pero ¡an- 
daver, y echadle un podenco al hijo der tío 
Pascualo! Que fama dé valiente la tenía, 
pero de tener pies también la ha ganado 
desde que echó á correr un año hace, y no 
tomó resuello hasta dar el pique en Oran . 

KoQUK Como le acumunavon... 

Ant. Le acumunaron lo que era verdad. Y aquel 

de vosotros que sepa escribir, que le ponga 
cuatro renglones pa decirle que por acá, que 
no güerva. Porque anque la causa no sigue 
aelante por farta de quien diga en ella lo 
que sabe... pos en mitad del ruedo está en- 
toavía el toro, pa que baje á correrlo quien 
sea servido. Y como er muchacho se des- 
corgara por acá, y yo le echase la mano en- 
cima... ¡vamos! Esta no es cosa del tío Mati- 
cas solamente, ¿sabes? Porque las tierras 
que me quitó er mozo pa que las arrendaran 
á su páere... Ponerle un papelico, que n > 
güerva. 

Roque Ya sabe él que no ha de gorver, ó le echa- 
rían ustés á un presillo... cuando no fuera á 
í»tro sitio mís alto. 

Ant. Con que, muchachos, que haiga juicio y obe- 

diencia, (a Andrés y los que salierom con él.) \ 
acompañarme vosotros dista er camino de 
En-medio, que allí me esperan los ceviles pa 
no sé que mandao del servicio. 

And. ¿y si perdemos la misa? 

Ant. Andar, que también yo la he de oir, y pa 

too habrá tiempo. Hoy la misa se retrasa, 
pa que la oiga el médico de Maciascoque, 
que viene á pasarle una visura al capeyán, 
que está delicadico. ¡Vamos andando! 

And. Vamos, (van á marcharse por la derecha, cuando 

sale Pepuso por el sendero del fondo derecha.) 



— 40 



ESCENA III 

DICHOS, PEPUSO. Visleel traje característico de murciano delaHuer- 
la: zaragüelles, faja encarnada, chaleco claro, pañuelo de seda anu- 
dado á la cabeza, sombrero calañés de ala ancha y manta al hombro 

Pep, (Entre dientes y mascando un puro.) ¡Mardita Sea 

la simiente de la pÍ3^ería!... 

Ant. ¿Qué es eso, Pepuso? ¿Ya vienes rabiando? 

Pep. ^con desabrimiento,) ¿Cuando 110 es Pascua? 

Ant. y siempre con tus zaragüelles puestos. 

¿Cuando te los quitas, hombre? 

Pep. Eso no lo consignes tú, por más arcaldey 

más perráneo que seas. 

Ant. Si es que ya no se estilan 

Pep. Pos 3-0 los estilo, 3^ á mí no me desnuda na- 

die de la ropa que es mía. Con zaragüelles 
me parió mi máere, y con eyos me han de 
dar el santo óleo er día que me toque acos- 
tarme en la tierra, que entavía hay pa rato. 
Ostés podéis vestiros según os diere la gana, 
y er que quiera empaquetarse con toas esas 
fantesías de ahora, yame ar sastre, que le 
apretuje, y échese cotilla, 3" ande sajado por 
las costuras y las cinchas. Yo, conforme á 
mi gusto y mis pareceres. Este es er vestío 
del panocho, y panochos semos, y ansina 
nos cría la tierra y ansina me aguanto, con 
la pata al aire, y la falda holgadica, y la bo- 
tonadura güeña, y la manta al hombro hasta 
el Corpus, anque el sol me fría. Y toa esta 
pompa, y too este orgullo. Y tabaco de Al- 
gezares, de contrabando, anque no arda. Y 
ya lo sabes, y no tengo más que dicirte, y 
ahí va un huertano. 

Ant. ¡Cuidao que eres arisco! 

Pep. Pos no me cambias. 

Ant. Quédate con Dios. 

And. Y aliviarse. 

Pep. (Entre dientes.) Andar enhoramala. 



— II - 



ESCENA IV 



PEPUSO, ROQUE y MOZOS 

li'-QUK ¿Pos que es eso, tío Pepuso? ¿May algo? 

Pkí\ Lo que hay... que aquí no se puede ya vi- 

vir, y que aquí se condena un hombre de 
puro rabiar, y que ¡ojahí, y Dios mandara 
una nube de langostas, ó anque fuera de ali- 
fantes, que nos hiciera á tóos cisco, á mí er 
primero, y ar tío Maticas er segundo, y en 
seguida á tóos los demás! 

RoQiE ¡Qué razón que tiene usté! 

Pfp. y hay, que entavía, trrs de tanto castigo, 

vienen los mozos preguntándole á uno, que 
si hay algo... ¡Mardito sea! Como si hubie- 
rais comido pepitas de chirigaita. 

KoQüE Pimentón molido es lo que comemos. 

Pep. No es mucho lo que os pica. 

Roque ¿Qué, no rascamos? 

Pep. Os rascáis de incónito. 

Roque ¡Si no hay mes remedio! 

Pep. ¿No lo ha de haber?... Sinos que no me se 

guís. Yo... ya sabéis ande estuve. Pos como 
si entavía soplase, echando los bofes por mi 
corneta, allá arriba, en la Cresta del Gallo, 
á las órdenes de Antonete. Kr mesmo soy, 
y si por mi ley habían de ir las cosas... pos 
una noche ardería aquí una casa, y otra no- 
che otra casn, y á la noche siguiente un 
maizal... Y arrasaba la provincia. 

Roque Eso no se puede bacer, tío Pepuso. 

Pep. Porque no me seguís. 

Roque Porque no se puede. 

Pep. Aquí er único que os sacaba chispas á fuer- 

za de eslabón, era er chico Pascualo; pero 
dinde que se marchó, parecéis un rebaño 
que güele al lobo. 

Roque Tamién eso es verdad. 

Pep. Ya supieron por qué se le sacudían. Pero, 

anda, que si el muchacho tiene sangre... 

Roque ¡Digo, si la tiene! 



— 12 - 

Pííp. Pos si la tiene, él gorverá muy pronto. Le 

puse yo una carta... Porque nos escrebimos. 

Roque Si, ya sabemos. 

Pep. y le digo en el papel lo que ba de incen- 

diarle el alma. Porque le digo... dice: «Aquí 
tienes oprimios y sacrificaos á tóos tus ami- 
gos. Y á tu páere, lo saquean, y tu bermano 
está en las minas. Y además de la bacienda, 
te quitan la novia, que ya es de otro...» Con- 
que, me paece que si no le trae por acá esta 
carretilla... 

Roque Güeno; pero eso de la novia está mal dicbo. 
A Pencho no le olvida María el Calmen. 

Pep. ¡Cómo que no le olvida, la muy falsa, si boy 

está, como la flor de la corona, toa güerta de 
cara al sol, que es er cbico der tío Maticas!... 

Roque Eso... no es ella; es que se ban ladeao sus 
páeres... 

Pep. Es ella. ¡Si no ba salió de en ca esa gente, 

asistiendo al mucbacbo con too el cuido, en 
los diez meses que ba tardao en reponerse 
dinde que recibió la beridal 

Roque Porque quiso la probociquia tenerlos ataos, 
3' que no bicieran nada en daño de Pencbo. 

Pep. ¿y tú te creesque una mujer da de sí too eso? 

Roque ¡Si se quedó la criatura muertecica de pavor 
por su enamorao! 

Pep. ¿Tú qué sabes, babieca? A mí nunca me la 

ha pegao ninguna mujer. 

Roque Habrá usté querido á mucbas. 

Pep. A ninguna. Ya ves tú si las tendré conocías. 

Y esa chica der tío Mígalo... ¡Pos, hombre! 
¡ni más declarao!... ¿A qué andaría ella boy 
como acabo de verla?... ¡Que la be visto yo!... 
¿A qué andaría pidiendo pa una misa de sa- 
lud que tiene ofrecida por el cbico Maticas? 

Roque Es que anhelaba la cura de Javier, pa que 
se arreglaran las cosas, y gorviera Pencbo, y 
pudieran casarse. 

Pep. Tú verás como hay boda, sin que el de Oran 

sea aquí mester pa mardita la falta ¡Y me 
alegraré! Porque de esa moa vendrá él coii 
mayor coraje, y habrá aquí el estropicio que 
le estoy pidiendo á Dios. 



— «a — 

ESCENA V 

DICHO?, DON FULGKNCIO que sale de la cafea contigua á la ermilu 

Ful ¡Jesús, Avemaria, la, que nos aguarda! 

Ptp. Güenos días, don Fulgencio. 

Ful. ¿y á qué hora lia de empezar ese cataclismo? 

Que yo me ponga en seguro. 

Pfp. Tiene usté tiempo. 

Ful. ¡Que habéis de estar continuamente echan- 

do culebrinas! ¿No os mueve á la amistad lo 
reposado y hermoso de este paraíso? 

Ptp. Ya sabe usté ande estuve. 

Fll. Sí, hombre, si; en la Cresta del Gallo. Pero 

no vuelvas á subirte. 

Pei'. y aquí no hay otra moa que la mía, de ma- 

tar mosquitos. 

Ful. Bueno, bueno, haya paz entre los huertanos. 

Hoy os he retardado la misa. 

Roque ¿Sale usté de ver al cura? 

Ful. Sí; me ha llamado. A verle iba; pero está en 

el confesonario, y aguardaré á que despache. 
Parece que no anda bien. 

Plp. Pos ahora lo apaña. 

Ful. (Festivo.) ¿Llamándome á mí? Tienes mucha 

razón. 

Pep. La enfermedad, y encima cr médico... No 

me pillará á mí ninguno. 

Fui . Lo creo; porque no darás tiempo. Tú te mue- 

res de un estallido. 

Roque Pues á mí, si no fuera tan caro, no me había 
de matar otro que don Fulgencio. 

Fll. Gracias, muchacho. Dispon, cuando gustes. 

Roque ¡Si ya se sabe! En .siendo caso apurao, el 
médico de Maciascoque. 

Fl L. En este partido, vosotros sois los que matáis 

al médico; nunca estáis malos. 

Roque Un enfermo hay ahora... y de posibles... ({ue 
dista que usté no le eche una mano de re- 
miendo... 

Pep. y aunque se la eche. 

Ful. ¿De quién habláis? 



— 14 — 

Roque De Javier, el hijo del tío Maticas. 

Ful.. Ese ya está bueno. 

Roque I.o dicen, poique á fuerza de voluntad ha 
dejao la cama y corre por el mundo; mafc 
yo me pienso que sigue maliquio. 

Pep. Ese no levanta cabeza. 

Ful. ¡Que ha sanado, hombres, gracias á DiosI 

Conque, acabo de toparme con su novia, que 
va pidiendo ya para Ja misa de salud... 

Pep. Pos no lia}^ más que lo que er deseo pinta. 

Roque Y esa no es su novia 

Ful. ¿Que no es su novia María del Carmen, la 

chica del tío Mígalo? 

Roque No, señor; no hay tal. 

Ful. ¡Vamos, hombre! ¡cosa más manifiesta! A 

pedir para una misa de salud, ya nadie sale, 
si no es moviéndole el impulso de un cariño 
mu}^ grande. Eso no lo emprende más que 
una madre, ó una hija... ó una enamorada, 
también, pero mu}^ derretida. 

Pkp. (a Kcque.) ¿O^'es lo que dicen los sabios? 

Ful. ¡No es bochorno el que hay que pasar, ni 

vía-cruds la que ha}' que recorrer!... Pordio- 
seando de puerta en puerta... que no ha- 
ciéndolo asi, no se cumple el voto... y aguan- 
tando rabotadas y atrevimientos de todo el 
mundo. ¡Vamos, hombre! Que esa mucha- 
cha, no solamente es novia de Javier, sino 
que... yo lo añado., le quiere mucho. 

Pep. y al que se marchó, si te vide no me 

acuerdo. 

Ful. ¿y quién es el que se marchó? 

Roque Feúcho, el del tío Pascualo. 

Ful. Verdad, que con mi tocayo era con quien la 

niña... Pues, hijo mío; lo que acaba de decir 
Pepuso. 

Pkp. y lo que recalco. 

Ful. Por otra parte, la muchacha... ¡pues ya se 

ve!... Como Pencho hizo lo que hizo... 

Pep. Eso es lo que no se sabe. 

Ful. El l)ien tomó el falucho en Torrcvieja y 

buscó tierra en Oran. 

Pep. Porque se le iban á echar encima. Pero sa- 

berse... En la causa, al fin y ala prepnrtía 



— 15 — 

no se ha descubierto una razón. Javier de- 
clara que no conoce ar qüe le dio (*i* gorpe; 
y como estuvieron solos... ¡eche usté por 
Churra, que es camino ancho! 

Kgque Además, que si ello fué... 

Pep. Es que no hay que decir que ello fué. 

Roque ¡Si no lo digo!... Lo que yo digo es, que si 
ello fué, en riña fué, con lo cual too anduvo 
á erechas. Que la herida no la sacó Javier 
'en la espalda, que la sacó en mitad der 
pecho. 

Pep. ¡y güeña!... De mano dura. 

Ful. En fin, olvidad esas desdichas y disponed 

vuestra limosna, pues por allá se acercan 
María del Carmen y la zagaHca que la acom- 
paña. 

Pep. (En actitud de irse.) Yo ni verla... 

Ful. ¿Te duele el chaviquio? 

Pep. Lo que me duele á mi... (Quedándose.) Va usté 

á saberlo. 



ESCENA VI 

DICHOS. MARÍ.A. DEL CARMEN y FÜENSANTICA. Salen ambas por 
la derecha, primer término, delante de la ermita. Visten traje de 
fiesta, de hucrtanas, y traen puesta mantilla con g<ílón de terciopelo. 
María del Carmen saca en la mano un pañuelo de encaje, sujeto por 
las cuatro puntas, que contiene en su fondo algunas monedas 

Fuen. (a María del Carmen, al aparecer en el fondo.) ¡A los 

que aguardan la misal 

María (Deteniéndose temerosa.) ¡Ay, DioS mío!... ¡PoS 

no están aquí pocos! 
Fuen. Son del partió; no te dé vergüenza. 

Roque María el Calmen, muy güenos días. Y tú 

tamién, Fuensantica. 
Ful. ¡Frutos de bendición que cría la Huerta! 

María (Avanzando y presentando el pañuelo.) ¡Ulia limos- 

na por amor de Dios, para una misa de 
salud!... 

Fuen. (a ios del gmpo.) ¡Andar! que viene muy fatiga 

la pobretica. Al amanecer ya estábamos en 
Murcia y hemos recorrido todo er })arrio der 



~ 16 ~ 

Carmen, y er de San Aiitolín. Denle la li- 
mosna, que se siente y descanse un ratico. 

r UL. (a María del Carmen que está presentándole el pa- 

ñuelo.) Yo he soltado ya mi óbolo. 

M.ARÍA (Avergonzada.) ¡Ay, es Verdad! 

FuFN. Dé usté dos veces, que pa eso es rico. 

Fui,. ¡Rico un médico agrícola, y motejado de 

sabio por añadidura! (a María del carmen.; Per- 
dona por Dios, hija mía. 

^I.ARÍA (Dirigiéndose á los otros ) Para Una misa de sa- 
lud... Una limosnica... 

Pep. ¡Quítate allá! Si fuera pa el réquien .. 

Fu EN. Ansina le despidan á usté la tarde der jui- 

cio. 

R< QUE (Echaníio una moneda en el pañuelo.) PoS yO SÍ (pie 

echo mi perrica. Porque yo veo de ande .^ale 
esa misa y á lo que entra. 

María Dios te lo pague, Roque, (a otro mozo queda 

limosna.) Y á tí tamiéu. 

Ful. Ya irá creciendo ese dinerillo. 

María ¡A}^, qué despacio, señor doctor! En la ciu - 
dad casi nadie tiende la mano, porqtie no 
se fían. Y aquí, en la Huerta... ¡como cada 
cual nesecita su centimico!... 

Pi:p. Eso, er que lo tiene. 

Fi;kn. Si no se lo dejaran muchos en er vento- 

rriyo... 

Ful. ¡Eh, zagala!... ¡Esta también atiza! 

María ¡Ojalá y valiera echar de un gorpe toa la 

añadidura! Mas no f-e puede meter ni tan 
siquía un chavo partió. 

Ful. Así, cuanto más penosa, tiene la obra ma- 

yor mérito. Y mejor palma verá en ella, 
quien de ella es causa y motivo; que ya 
estamos por acá enterados de cómo y por 
qué, y de toda la cosa. 

María ¿Y yo lo disimulo? 

Pep. (a Roque.) Oído al clarín. 

Ful. Bien se suspiraba, ¿verdad?... por esa salud 

que hoy reílorece. 

AIaría Sí, señor, sí; con toas las ansias de la vida. 

se fie: 
árbol.) 

Fui . (a Fueusantica.) Está triste. 



— 17 — 

Fuen. No es tristeza, sinos fatiga. Cerca de un año 

yeva, sin nn día de quietud. Pos asina han 
de ser las cosas, tíiire usté. Este es er querer 
verdadero. 

Ful. ¡Oigan, oigan al arrapiezo! ¿Tú que sabes? 

Pep. Más doctora es, que usté. Nacen enseñáas. 

Roque Ya tiene la zagala su sentío. 

Fuen. ¡Mira! Y mi novio. 

Ful. ¿Ya tienes novio tú? 

Pep. y tendrá dos cuarsiquier día. Pa eso estudia 

con la otra, (señalando á María del Carmen.) 

Fuen. Anque fueran dos; ¿no me los merezco? 

Ful. y te merecieras veinticinco, que eres muy 

donosa. Muéstrame al afortunado. ¿Es al- 
guno de estos? 

Fuen. Estos tienen tóos el humor consumió. Yo 

soy alegre, y mi novio es Jusepico. ¿No le 
conoce usté? 

Ful. Muy señor mío... 

Fuen. ¡Quiá! no croa usté... ¡es otro arrapiezo! Mas 

yo le quiero porque se ríe. 

Ful. ¡No ha de reír, si tú le quieres! 

Fuen. Pues, oyasté, y mire si es lástima: C[ue ta- 

mién tenemos nuestros pesares. 

Ful. ¿Fatiguitas también? 

Fuen. Jusepico, al cabo, no tendrá más remedio 

que robarme. 

Ful. ¿Sería capaz el hergantuelo? 

Fuen. No; si es que él no quiere. Yo soy la que se 

lo digo: ¡será mester! porque como él sirve 
en cá el Pascualo, y yo estoy en cá el Mati- 
cas... ya sabemos la enemiga que hay de un 
lao ar otro de la acequia por mor deí dicho- 
so riego. 

Ful. Calma; ten calma, que no te corre el tiempo. 

Fuen. ¡Ay! Sí, que me corre; que he de poner las 

hojiquias frescas en los zarzos. 

Ful. ¿Tienes al gusano sin desayunarse? ¡Anda, 

que se va á perder la seda! 

MakÍa (Que se ha levantado.) Sí, VamOS. 

Fuen. ¿Con este retestín de sol y estás muerteci- 

ca?... ¿No ves que hay que dar ac[uí la güer- 
ta, pa cuando sargan de la misa? 

María Güeno, te esperaré. 

2 



— 48 - 

Fuen. Dame er pañuelo, pa aplancharle un poqui- 

co y meter esta limosna en er cacharro. Tú 
aquí te quedas?, pichona, al cobijo de esta 
enramada. Quítate la mantellina, que te 
acalora y sufren los claveles. (Quítale la manti- 
lla.) ¡Y también sufren mis azahares! (Quitase 

la suya, descubrieudo las flores de azahar que lleva 
prendidas, así como María del Carmen ha descubierto 
sus claveles. Dobla las dos mantillas y las deja sobre 

el asiento.) Aquí las guardas pa gorver al por- 
dioseo; y con Dios, bonica. (La besa.) Con 
Dios, don Fulgencio; con Dios, vosotros, (va- 

se por la izquierda con el pañuelo de la limosna.) 



ESCENA VII 



DICHOS, menos FUENSANTICA 
Ful. (Dirigiéndcso á la casa de junto á la ermita.) ¡Eh, 

ya se habrá desocupado el padre! 
Roque De moo, que antes que den el repique... 
Ful. Sí, tenéis tiempo para ir vosotros á repicar 

al ventorrillo. 
Pep. ¡Vamos, entonces! 

Ful. Que os vaya bien. (Entra en la casa.) 

María (a Pepuso, deteniéndole.) No se marche usté, tío 
Pepuso, que le tengo que hablar. 

Pep. (Parándose.) Mira, que yo tamién tengo gana 

de plática contigo. 

María Pos más al caso... 

Pep. (a los otros, que le aguardaban al fondo.) Pasar 

aelante. 

Roque Dista después. (Vase con Ics demás mozos por el 

fondo derecha.) 



ESCENA VIII 

MARÍA DEL CARMEN y PEPÜSO 



María (Cou voz contenida, dirigiéndost; anhelosa á Pepuso.) 

¿Qué sabe usté de Pencho, tío Pepuso?... ¿Ha 
escrito? 



— 19 — 



Pep. 



¿Pa qué quieres tú saber de ese hombre in 
grata, desconocía? "u'ore, in. 

AlARu ¡Válgame Dios cómo me está usté hablan- 

do!... ¿Que he hecho yo? 

ñ°A^^ ^'^"l'"- "^'''' "ociqí'i'i, V te has apar- 
Imata? ''^""" '''' ^'''^^''' «I"" ^^^"- 
María .Jesüsl Esa es una falsedad muy grande 

P^P. No tengas dos caras; que de tu obl gación 

has renegao, y el cariño que era de Pencho 
se lo diste a otro y la inominia mayores 

''^"'^ ¿■cor/'--^^"'^"'^h^^-i-^-t^ 

P^P- ¿Qné más decir, que estarlas viendo yo y too 

er mundo? Pos, ¿qué lástima le tienes n° 
que miramientos al probé que anda amena 
.ado y huido por aquellos climas del TS 
|EI, que fue tu compañerico enamorao y que 
se marcho con tu nombre puesto donde se 
, pone el escapulario! ®® 

MARiA ¡Si es que usté no sabe lo que se dice! 

Lo que estos ven, hija mia!... (sef.a,á„.„se á ios 
OJO..) Pero, deja que si me pedias informes 
yo puedo dártelos. Y la ultima noticiare 

iTotro dla."'''''°' ''■■■ ^"^ >'° '^ 1^« '^<^^<^ 
Mari\ ¿Le escribió usté? 
Pep. Sí; que se venga. 

María ¡Jesús divino! 

ni'vf I' l^i "''' ""'"•;• ^" ^"^ ^^ ofreciste... 
de\ocion... Y te busqué er nionaguivo 
Maiua Es imposible. ¿No ^e usted que^si'pencho 
llegase a venir estaba perdido? 

María x?''^ ^'^' "^"f """."^"^ ^^"^^'^ ^«^^^^ truena. 

María ¡Madre santa de la Luz! No permitirás tn 

csa^desventura. Pero, ¿usté calc'ula'quéTuo 

Peí'- ^ Si no se le ha achicado er genio 

Mari.. -Qaé le ha escrito usté, entonces? 

:^T' '"^ debido. Que están hurtándole tu 
amor, y que tú te ablandas. 



— so -" 

María ¡Oh, habiéndole escrito tal cosa, Pencho se 

viene!... ¡Quién duda que vienel ¡Viene sin 
que la Providencia nos valga! 

Pep. El que se precia de digno y de valiente, eso 

es lo que hace; acudir aonde le quitan la 
suyo. 

María Si es que está usté soñando desatinos. Yo 
no le niego mi amor, ni se lo hurtan, ni hay 
quien lo lograra. ¡Le quiero como á la luz 
que ven mis ojos y al aire que entra en mi 
pecho! Porque me han visto que acompañé 
á Javier, y allí, clavadita junto al lecho, le 
asistí pa ganar poder en la casa á fuerza de 
anhelo y dulzura, ¡ya se han creído que al 
de allá, á mi desterrao, yo le vendía! ¡Si too 
ha sido por él, tío Pepuso!.. A usté se lo digo. 
¡Por él... que también le traigo yo aquí, no 
aonde el escapulario, sinos más aentro! ¿No 
ve usté que si .Javier se curaba, callábanse los. 
suyos y la causa no gorvía á abrirse, y de esta 
moa era como á Pencho le era posible regre- 
sar el día de mañana y vivir en la Huerta 
sin sobresalto? La salud del herido.. ¡3"a se ve 
que por ella he luchado!... ¡Ion too el esfuer- 
zo y con toa la angustia! Y según el enfer- 
mo se recobraba unas veces y otras veces 
se abatía, le pasaba á mi corazón igual que 
si fuera er gusano nuestro de Ja seda, que 
con el sol se esponja y con el frío se encor- 
villa. ¡Lo que ha rezao mi boca! Y estas ma- 
nos, ¡lo que se han levantao al cielo así cru- 
zadasl Y las piedras de esta ermita tamiéii 
he venido á besarlas muchismas veces. La 
Virgen me ha oído ar cabo. ¡Bendita sea! 

(Llora conmovida.) 
Pep. (Algo turbado; después de una pausa.) GüeilO... 

Porque ya estás tú ahora mismo con los ojos 
llenos de lágrimas. . y á mí que me den 
hombres y tigres, pero no plañideras. Re- 
maniente á tu voluntad, ella no se habrá 
mudao. Pero lo que hay, es que er chico 
Maticas, con la frecuencia de verte y el mé- 
lis con que le asististe, se prendó de tí, 3^ 
está encendido y quiere casarse, y tus páe- 



María 



Pep. 
María 

Pep. 

María 

Pep. 

María 

Pep. 

María 

Pep. 



María 
Pep. 
María 
Pep. 



Marí.- 



Pep. 



res te inclinan á su querencia por la codicia 
del mayorajo, y te lievanín á la iglesia, ¡y 
de Javier serás, tan cierto y tan fijo, como 
éste es suelo de la Huerta infortunada! (oaudo 

en tierra con el pié ) 

Eso SÍ que es tal como usté dice. ¿Ve usté? 
No se lo oculto. Lo de Javier... Y lo de mis 
páeres. ¡Y esta es mi tribulación! Pero no 
hay que temer; mi alma es de Pencho; de 
Javier, nunca, ni de nadie más. Usté díga- 
selo; yo no tengo quien me ponga una car- 
ta. Que le guardo mi fe y que él es mi ama- 
do. ¡Pero que no venga, por el amor que me 
tiene! Escríbaselo; que no venga, porque se 
pierde. 

Si á la postre habrá de venir; porque te re- 
ducirán. 

Nunca en la vida. ¿Quiere usté que se lo 
jure? Como si se lo jurase ar propio Pen- 
cho. Mire usté; por estas cruces. ¿Le va usté 
á escribir? 

(Yendo á marcharse de golpe ) Lo que hagO yO 

es no seguir escuchándote... 

(Deteniéndole.) Venga usté acá. Prométame lo 

que le pido. 

(Queriendo escapar.) Mujer... 

¡Si va usté á consentir!... 
¡Claro, como estás llorando!... 
¡Vamos, que ya le tengo á usté mío! 
(Despiié.s de vacilar.) Te advierto que vas á ser 
tú Ja primera mujer de quien me haiga 
fiado. 

Se puede usté fiar. 
Es que vas á engañarme. 
¿Y lo que ho jurao? 

Además, eso de decirle ahora; párate y haz- 
te á zaga... Estos no son los sermones que 
yo predico. Porque desciendo de la Cresta 
del Crallo. 

Mas le tiene usté ley á nuestro Pencho, y 
anhela su salvación, y usté no quiere traér- 
selo como un cordero, atao de pies y manos, 
pa que lo sacrifiquen. 
Por supuesto que no. 



— 22 — 



María 
Pep. 

María 
Pep. 



María 
Pep 



María 
Pep. 

María 
Pep. 



Entonces... 

Entonces... ¡güeno!... 5^0 le voy á escribir; 
pero tú has de soltar prenda. 
¿Y cuál? 

La prenda que tú sueltas, es que yo des- 
cuelgo hoy mi trompeta y principio á salir- 
me por ahí echando pregones de que tú no 
te casas con Javier, ni le quieres, ni tal niño 
muerto. 

Sí; pregónelo usted. 

Y tú coges y te vas por tu lao á publicar la 
Bula, diciendo que lo que yo digo es la san- 
tísima verdad, como si la predicasen á coro 
los cuatro evangelistas. 
¡Si nunca dije cosa en contrario! 

(Mirando á la izquierda.) PoS por allí vicneu loS 

que han de oír el primer evangelio. 
Mis páeres. 

Ellos. Porque los primeros desengañaos han 
de ser el marrullero de tu páere y la ava- 
rienta de tu máere. Ahí están. 



ESCENA IX 



DíCHOS, CONCEPCIÓN y MÍGALO, por la izquierda; Concepción 

con mantilla galoneada, Mígalo con montera de felpa, zaragüelles y 

bastón 



Con. (Parándose indignada.) ¿No te he dicho, que la . 

veía charlando con PepusoV 

MlG. (Tranquilo, parándose detrás de su mujer.) DioS 

guarde. 

Con. i^Dirigiéndose a Pepuso con aire amenazador.) ¿Qné 

hablaban ustés con la chical' 
Pep. Lo que nos daba la gana. 

María Máere, por Dios, que no era ná malo. 

Con. Ya sé yo lo que sería. 

MiG. Ya lo sabe tu máere. 

Con. (a Pepuso.) Más valiera que se fuese usté á sus 

faenas. 
Pep. ¿No ve usté que hoy es fiesta? 

Con, y er favor que usté va á hacernos, es que 



— 23 — 



Pep. 

Con. 

MlG. 

Pep. 

MlG. 

Con. 



Pep. 

Con. 

MlG. 

Pep. 

María 
Pep. 



Con. 
María 



Con. 
Mío. 
María 



Con. 
María 



cuando se halle con la muchacha, no la dé 
ni tan siquiá los güenos días. 
¿Quién na ti rao ese bando? 
Lo tiro yo. Y tamién mi marío. 
Tamién. 

¡Valiente camastrón! 
jYo!... ¡Ca... ba... ye... rosl... 
A la chica no le importan las coplas que 
usté canta. Tiene ella otros pensamientos y 
otros compromisos, y la caso, mediante 
Dios, muy prontico, con quien la hará una 
infanta de las Españas, y á mí una reina 
máere, y á éste un rey páere. 
¡Pos no nos aguarda mal estrépito de mar- 
cha real! 

Y muy decidía que está. 

Y muy enamorada. 

Si atento de esta cuestión estábamos justa- 
mente conversando. 
Sí; de eso era. 

¿Está usté? (a iMigaio.) ¿Y estás tú?... Y lo 
que dicía la moza, era que aquí no ha de ha- 
ber tal matrimonio, ni hay tal compromiso, 
ni' eya quiere, ni ese es el viento. 

(volviéndose airada á María del Carmen.) ¿Que le 

dicías tú eso? 

(serena.) Sí, máere. Lo mismo que siempre 
he estáo dieiéndole á usté. Usté ya sabe que 
yo no soy libre, que tengo mi fé jurada á 
Pencho. Y ahora, lo que sá mester, es poner- 
lo too bien claro, porque las cosas van mos- 
trándose muy fatigosas y muy apuráas; y 
por fuerza hay que esengañar á too el que 
esté engañáo. 

(a Migaio.) ¿Has visto qué desvergüenza? 
¡Ca... ba... ye... ros!... 

Lo juráo es lo juráo; y ustés lo supieron y lo 
consintieron. Y lo que se tiene acá, máere... 
(ei corazón ) eso echa una raíz que no se 
arranca. 

¡Tú la arrancarás! 

Déjeme usté, máere. Que eso no puede ser. 
¡Por el árbol de la Cruz y por la Virgen de 
la Fuensanta! 



— 2i — 

Pep. (a Mígalo.) Apóyala tú y no dejes que persi- 

gan á tu hija. ¡Saca medio ardite de carác- 
ter, hombre, aunque sea! 

MiG. Carcácter, ya sabes tú que no me falta. Igual 

que á tí. Ya ves que no me he quitao los za- 
ragüelles, y soy de los pocos. 

Pep. Los zaragüelles, tú los yevas, porque no tie- 

nes en casa pantalones que ponerte; tu mu- 
jer los ha escondió. 

MiG. ¡Ca... ba... ye... rosl... 

Pep. Firme ese valor, María el Calmen. No pre- 

mitas que te desencaminen. 

Con. Vayasté enhoi-amala. 

Pep. y no empeñarse vosotros en yevarla al de- 

golladero, pues como yo vea que atormen- 
táis á la criatura, voy y la robo, pá llevárse- 
la á Peneho. ¡Y agur! 

María (a Pepuso.) Que escriba usté hoy mismo, 
¿verdad? ' 

Pep. (Deteniéndose y volviéndose.) Sí, señora; ho}' mis- 

mo. Que le conservas agarrao á las entre- 
telas. 

María ¡Y que se detenga, por María Santísima! (va- 

se Pepuso por la derecha.) 
Con. (Dirigiéndose á su hija, muy encolerizada.) Yo te 

diré si eres libre ó no eres libre. 

MlG. (Desde el fondo izquierda.) ¡Chist!... Qus vieue 

Javier en la compañía de su páere. 
Con. (cambiando de tono.) ¡Hija, por el amor de Dios! 

María -Deje que vengan. 



ESCENA X 

MARÍA DEL CARMEN, CONCEPCIÓN, MÍGALO. DOMINGO y JA- 
VIER, por el fondo izquierda. 

DOM. (Señalando á María del Carmen.) ¡Mírala, mírala! 

Aquí la tenemos. 
Con. (Muy afable.) Sí, señoi"; aquí está. 

MlG. (saludando á los recién llegados.) DioS guarde. 

Jav. (Disimulando la fatiga que trae y sonriendo á María 

del Carmen.) Donde uos han dicho. 
María ¿Sabían ustés.de mí? 



25 — 



Jav. 
María 
Con. 
Jav. 

DOM. 

Jav. . 
DoM. 

MlG. 

Jav. 



DOM. 

Jav. 



DoM. 
Jav. 



Con. 

MlG. 

DoM. 

MlG. 

Jav. 



María 
Jav. 

MlG. 

DoM. 

Jav. 

DoM. 



Por Fueiisantica. 

¡Y has venido, con este recliichero! 

|Ay, estos enamoraos! 

Ño importa la calor. Me tardaba el verte. 

(Mostrándole el poyo.) Siéntate y descansa. 

No estoy cansao. 

(Tratando de conducirle.) Siqíliá im momentO. 
(Cogiéndole dd otro brazo.). A la rica SOmbra. 
(Desasiéndose de los dos.) ¡No estoy CailSao, pác- 

re!... ¡Miichisma sed, es lo que tengo! ¡Me 

abraso! (Airándose, á su padre.) ¡Y USted, sin 

compasión, gozándose en verme sufrir! 
(Atribulado.) ¡Por el Cristo de la Sangre, hijo! 
En cada vivienda del camino, corgao de la 
parra el botijón, allí rezumándose el agua 
fresca... ¡y yo privao!... ¡ientaciones me da- 
ban de tirarme de bruces y beber en la co- 
rriente de la acequia!... ¡anque me matara 
usté!... Porque es mucha tiranía, (cansado por 

la vehemencia con que se ha expresado, busca maqui- 
nalmente el poyo de la izquierda y se deja caer en él.) 

(Acudiendo ) ¡Te cansas! 

jSí, es verdad! I-^stará usté contento; ya me 
he fatigao. Adviértamelo pa que no se me 
pase. 

(Bajo a Migaio.) Está frenético. 
¡Pa que le yeven la contraria! 
No te enfurezcas, hijo; que anque ya vas es- 
tando güeno... 
A Dios gracias. 

(Con dolor reconcentrado.) ¡Güeno!... ¡Si CStoy 5^0 

muy güeno!. . ¡Las telarañas que tienen us- 
tés en los ojos!... ¡Qué he de estar güeno yo! 

(a María del Carmen.) No pidaS más limOSna, 

nenica; tú te has precipitao. ¡Yo, qué he de 

estar güeno! 

(Ansiosa.) Pos, ¿qué ticues, Javier? 

Otra vez me ha entrao esta noche la fiebre . 

Esas son escurriduras que quedan. 

Ya las barrerá el facultativo que voy á bus - 

carte. 

¡Estoy harto de médicos y curanderos, y de 

brebajes! Lo que están es envenenándome. 

Pero don Fulorencio, el doct)r... 



— 26 — 



Jav. 

DOM. 
MlG. 

Jav. 

María 
DoM. 



Con. 

MlG. 

Jav. 

Con. 
DoM. 

Con. 
DoM. 

MlG. 

DoM. 

Con. 

María 

Con. 

Jav. 



DOM. 



María 

DOM. 



(Con expresión.) ¿El de Maciascoque? 

Ya ves. 

La primera eminencia de la Huerta, 

Ese es un hombre muy sabio. 

A ver al cura se entró. 

Allá voy á buscarle. (Toca la campana de la er- 
mita y acuden de todos lados hombres, mujeres y niños 
que van entrando en la iglesia, entre ellos Andrés y 
los mozos que le acompañaron.) 

El Último toque. 
Vamos á cumplir. 

(Que ha seguido meditando.) Esc doctor me en- 
tenderá. 

Hasta luego, Domingo. 
(Bajo á Concepción y á Mígalo.) ¿Oué dice esta in- 
dina? 

Muy rebelde está. 
Ella ha de ablandarse. 
Si Dios quiere. 

Dejármela á mí. Vamos á hablar, María el 
Calmen. 

(a su hija.) ¿Oiste misa en Murcia? 
En San Antolín. 

Pues ahí te quedas. (Entra en la ermita seguida de 
Mígalo.) 

(a Domingo.) Pei'O por más que me entienda, 

no ha de poder curarme. (Mirando con expresión 
amarga á María del Carmen.) ¡Si mi mal nO eS de 

médico, páere! 

Ya sé yo lo que es. Y á too miraremos. Aho- 
ra voy por el doctor. Luego... No te separes 
de aquí, María el Calmen. 
No me separo, no. 

Espera á que salga. (Entra en la casa de junto á 
la ermita ) 



ESCENA XI 



MARÍA DEL CARMEN y JAVIER 



AIarÍa (Llegándose á Javier que la mira tristemente, sentado 

á la izquierda.) Eso uo valc nada, Javier. Tu 
mal ya va de vencía.- 



- 27 — 



Mapía 
Jav. 



María 
Jav. 



Jav. (Cogiéndole una mano.) Mi mal... ¿TÚ crees de 

veras que va de vencía'? ¿No sabes María el 
Calmen, en lo que está mi mal?... 

María (Apnrtándole suavemente la mano.) ¡Javicr... deje- 

mos eso! 

Jav. (Levantándose.) Mi mal -es lo que te quiero, 

nenica, y que estoy pidiéndote indulto y no 
te adoleces de mí. 

María (Atribulada.) ¡Y tú, de mí, tampocol 

Jav. Yo no sé qué hechicería y qué esclavitud 

son estas en que me tienes, que me abraso er 
pensamiento, 3^ aniquilo mi vida triste, y no 
hay para mi alma otro pan -de gracia que 
verte y oirte y codiciarte, (con excitación febril.) 
¡Eres tan bonica, que tú iluminas la tierra; y 
allí donde no estás, el mundo se pone negro! 
¡Oh, no sigas, no sigas! 

(Decayendo, llorando.) Sí, ya sé que mis amorcs 

te enojan. Condenao me ves, 3^ de tí no logro 

caridad ni misericordia. 

Sí, que te la tengo. Y de mí tamién. 

Pos si me la tienes, ¿por qué no me acorres 

con tu amor, que es mi sola esperanza? (con 

lernura, acercándose á ella.) Tu cariñO SÍ que me 

degorvería la salud 3^ el contento. Como qui- 
sieras ser mía, ¡verías entonces!... Me hace 
bien tan sólo el imaginarlo. Tú, mía; los dos 
en nuestra vivienda pequeñica y blanca; tú, 
dándome cordiales, yo prendiéndote clave- 
les; cuidando tú mi salud, 3^0 tu hermosura. 
A la calor de tus brazos, derretido este hielo 
que traigo aquí, señal de muerte; 3^ el respiro 
ahogado que me acongoja, abriéndose y re- 
creándose con el oreo de nuestra arca, per- 
fuma con manzanicas. . . aquella arca nuestra 
donde tendríamos mezclada tu repica y la 
mía; tu zagalejo bordado y mi manta aljeza- 
reña. 

María Tú sí que no me tienes lástima. 

Jav. Eso me respondes siempre. ¿Yo, lástima de 

tí? ¿por qué? ¿Es mía la culpa de lo que 
nos pasa? ¿Por qué viniste tú á cuidarme? 
¿Por qué te hallé delante de mis miradas 
dinde que abrí los ojos, gorviendo de la 



_ 58 — 

agonía, y por qué has seguido á mi lado, 
que yo te viese á toas horas, y gastara tu 
esmero tan afanoso y tan dulce? Venías á 
hacer por nii sakid, para quitármela en se- 
guida. ¡Lo que debiste, fué dejarme morir 
de la puñalá que me pegó tu Pencho! 

María ¡Por que acudí, me preguntas! Voy á decír- 

telo, pues ya es forzoso. Bien pudiste adivi- 
narlo, y yo así lo esperaba, que noble tienes 
la sangre y no te se ocultan los güenos pen- 
samientos. A ganar tu amistad y la de los 
tuyos: á eso fui, ¿lo distingues ahora? A que 
el paso de mis angustias te penetrara, lle- 
gándote al corazón. Fui á ver si ojeaba de 
estos lugares los rencores y los castigos. A 
que viendo mi devoción y mis anhelos, Í3 
sintieses agradeció y me dijeses un día: 
María .el Calmen, dile á Pencho, que güerva, 
que ya nada tiene (|ue temer, que le perdo- 
no. ¿Has visto ahora la intención con que 
acudía? Yo á lo que iba, á alcanzar el per- 
dón, la palabra de paz, la lumbre del sol 
que se ha oscurecido pa tóos nosotros. 

Jav. ¡Cómo lloras por ese hombre, cómo le am- 

paras! 

María ¡Di esa palabra, Javier! ¡Perdona á Pencho! 

Jav. ¡No le perdono, no! Sentenciado le tengo, y 

á tus brazos no yegará. 

María ¿Le quieres perder? /Vuda, vé y delátale. 

Jav. No le delato. En la causa me callé, y sigo 

tan mudo. No temas, que no le entrego á la 
justicia; le guardo para mí. Y también ese 
es camino... mira tú... de que m.e recobre 
pronto. Porque dinde que me tendió aquella 
noche junto á la acequia, dejándome por 
muerto, le tengo jurado que he de ir á su 
encuentro para pagarle, y con las usuras, 
toda la cuenta que con él tengo. 

María Eso, Dios no lo permitirá. Y yo podré evitar- 

lo, porque no cesaré de rogarte... (Acercándose 

á Javier.) 

Jav. Aparta, que no escucho ya más ternezas 

para engañarme. Yo no quiero de tí más 
que una merced: la de que seas mía. 



— 2iJ — 

María Esa no. 

Jav. Pop, nada más; ¡ni tu compañía, ni tu amis- 

tad, ni la gloria del cielo! 
María ¡Desdichada de mil 

Jav. :No tienes entrañas! 



ESCENA XII 



DICHOS. DOMINGO, que sale de la casa contigua á la ermita. Desde 
el fondo tiende Domingo una mirada á la escenn; comprende lo quj 
acaba de pasar entre los dos jóvenes; hace un movimiento de reso- 
lución y se adelanta 



DOM. 

Jav. 

DüM. 



Jav. 

DOM. 

Jav. 
María 



(a Javier.) Ya está empezá la misa. 

Bien, voy. 

Allá te he mandao guardar un ladico en el 

banco. Anda, que ya hablé al doctor, y esta 

tarde quiere. verte. 

Mi medicina no la puede él recetar. 

Hemos de hallarla. 

(Acercándose contrito á María del Carmen.) María. 

el Calmen., ¡no me guardes rencor! 

No te le guardo. (Javier entra cu la ermita.) 



ESCENA XIII 



MARÍA DEL CARMEN v DOMINGO 



María 
DoM. 



María 
DoM. 



María 
DoM. 



¿Le visitará don Fulgencio? 
Sí. Le he ofrecido por la cura del chico, toa. 
mi hacienda. Mas ¿sabes lo que me ha dicho 
el doctor? 
¿Qué ha dicho? 

Lo propio que acabas de oiiie al enfermo. 
Como le he hablado al médico, igual que si 
fuera al confesor... Pos dice, que para esa 
cura, lo primero que hace falta es una dro- 
ga que no la venden en la botica. 
(Ya temerosa.') ¿Y cuál quería decir? 
Yo no soy médico; pero como soy páere... la 
ley de páere enseña mucho... y mis parece- 
res están conformes con los del doctor: que 



-so- 
para que sane el muchacho, hay que quitar- 
le la pasión de ánimo que le devasta el ser. 
Por eso te dije que necesitaba hablar con- 
tigo. 

María Y aquí estaba yo aguardándole. 

DoM. Pos vamos á lo debido. 

María Diga usté. 

DoM Este hijo es la niña de mi ojo derecho, y le 

quiero más que á la sangre que me corre 
por las venas, y tanto como al sitio que ha- 
ya de tocarme en la gloria. ¿Lo sabes tú? 

María ¡Oh, si señor! Ya lo creo. 

DüM. Pos este hijo se me muere. 

María ¡Virgen santa! No diga usté eso. 

DoxM. Digo que se me muere, si antes de too no se 

le limpia de la carcoma que le corroe la 
existencia. Te quiere, y tú te has de casar 
con él. 

María ;Domin';o!... esa por:tia hay que abandonarla. 

DoAi. Espérate v ojéeme; que 3^0 no vengo á su- 

plicarle, zagala, ni á rezarte oraciones con 
las rodillas hincas en tierra como el pobre 
alucinao de mi hijo. 

María Usté ya sabe lo que hay... 

DoM. ¿Qué es lo que hay? ¿Que quieres al de 

Oran? Cuanto más le quieras, mejor. Yo no 
tengo celos, y antes me regala el oirlo. 
Porque si le quieres tanto... a un sacrificio 
por él tú no te niegas. 

María Por él me tienen ustés clavada en cruz, y lo 

resisto. ¿Qué no he de sufrir yo por él? 

DoM. Eso está muy güeno. Lo mismo que 3^0 por 

mi hijo. Pos el sacrificio que tú debes hacer 
3^ que Pencho nesecita de tí, es que te cases 
con mi heredero. 

María ¿Y por qué le es á él necesario que 3^0 rompa 

mis promesas? 

DoM. ¿No te acuerdas de la causa? 

María En la causa, ninguno acusa á Pencho. 

DoM. Hasta ahora. 

María Javier nada declaró. 

DoM. Jüs muy cierto. 

María Ni declarará. Acaba de ofrecérmelo. 

DoM. Mas puedo declarar yo; y como yo lo haga, 



— 31 - 

le echo encima la cadena para toa su vida. 
Y si mi chico se muriese á la postre... 3^0 no 
sé, pero en ese caso, mal le habría de oler á 
Poncho la cabeza, porque le llevaría al palo. 

María ¡Usté puede declararl 

DoM. Haciendo en la causa más luz que el mu- 

chacho. El muchacho, ¿qué puede decir? 
«Este fué el que me dio el gorpe...» Muy 
fuerte acusación es esta, pero se queda en un 
dicho. Yo puedo probarlo. 

María ¡Oh, Dios de los cielos!... ¡Calle usté! 

DüM. Acércate; vas á oir. Yo puedo probarlo... 

Porque la noche aquella del lance... Yo ya 
sabía lo que pasaba... Las querellas por la 
tanda del riego venían enconas .. muy sañu- 
das... Nos habíamos traído del lado de acá 
toa el agua, y los otros no regaban hacía 
ocho días. La gente moza iba ganosa de re- 
ñir, y andábanse á la husma desde que ano- 
cliecía, los dos partidos; el chico del Pascua- 
lo á la cabeza de los unos, y el chico mío 
al frente de los otros. Yo rondaba solo, vigi- 
lando, siguiendo de cerca al grupo de Ja- 
vier... Pero la noche del encuentro, no sé 
por dónde me llevó mi paso, que me desvié, 
y me fui muy distante... Las provocaciones, 
los insultos, los reniegos... después las ca- 
rreras de la fuga... too eso, lo oí mientras me 
acercaba corriendo. Cuando llegué, allí j^a 
no quedaba más que el cuerpo de mi hijo, 
ensangrentado y agonizante... Miento, no 
digo bien, que ahí quedaba algo más. Que- 
daba el arma con que á mi hijo le habían 
r.travesado los pulmones; ensangrentá ta- 
mién, y arma conocida. El arma de Pencho, 
porque estaba señalada. ¿Nunca lució tu no- 
vio su faca delante de tí'? Estaba marcada: 
tiene en la hoja una leyenda, que se la 
aprendieron en la Huerta tóos los mozos y 
la cantan en sus coplas. Esa arma, yo la re- 
cogí; la tengo en el fondo de mi arca. Ya 
consideras ahora que el día que vaya y la 
ponga sobre la mesa del juez, tu Pencho está 
sentenciado. 



— 32 



María 

DOM. 



María 
DoM. 



María 



DoM. 
María 
DoM. 
María 



DOM. 



;.Y cómo creerá el juez?... 
En la riña saltó del mango una de las ca- 
chas, y esa la halló la justicia. Por su labra- 
do y por el ajuste, se verá que de donde 
saltó fué del arma que 3^0 presente. ' 
(Aterrada.) ¡Oh, piedad, Domingo!... Usté no 
hará eso; usté no quiere hacerlo, porque 
también se calló. 

Yo me callé porque me lo mandó mi hijo. 
Porque en cuanto que le decía _yo de cantar, 
se ponía furioso y se le enconaba la calen- 
tura, 3^ 3'0 era mu3^ cobarde delante de él, 
que podía morirse. Pero lo que es ahora... 
aunque me lo mande. Asi como así, tamién 
se ha de marchar... ¡Por qué no habrá espe- 
ranza!... ¡cómo si 03^era los dobles!... De 
suerte que... te lo juro, como me llamo Do- 
mingo y como me llaman Maticas: si tú no 
te casas con Javier, que será salvarle y de- 
golvérmelo, yo descubro el arma de tu Pen- 
cho, que será perderle y condenarle, 
i Qué acción tan negra, Dios mío!... ¡Y qué 
crueldad 3^ qué infamia!... ¡sí! ¡qué infamia, 
amenazarme con ella!... ¿Por qué me piden 
ustés que 5^0 cometa una traición? ¡Si es 
imposible! A su hijo de usté se lo decía aho- 
ra; á usté se lo repito. De Pencho, en vida; 
de Pencho, en muerte, 3^ á la madre de Dios 
me confío; que ella me abrigue, que ella 
nos salve. 

¿Es, entonces, que no accedes? 
¡No accedo, no!... y sea lo que Dios disponga. 
Alábate, pues, de que pierdes á ese hombre. 
¿Que le pierdo?... No es verdad. ¿Ve usté? 
Ahora doy en ello. No; no le pierdo. Porque 
él está lejos 3'- está en salvo. Aunque le de- 
laten y le sentencien, allá, donde está, no le 
echa mano la justicia. No puede usté ha- 
cernos ese daño; estamos seguros. 
El allá, fugitivo y errante; tú aquí sola y 
aborrecida. Y sin una confianza de ir á re- 
unirte con él, porque esta boda que despre- 
cias la habíamos gobernado con tus páere.s, 
y*ellos te tendrán sujeta 3^ vigilada. 



— 33 - 

María Aquí viviré cautiva, pero fiel á mis amores. 

í{ • ¿^^' ^^ doblegas al fin? 

María Ya lo 03-6 usté. 

í>OM. Pos entonces... ipobreticos de tóosl. ¡El 

rio ha de crecer con el llanto que en la 

Huerta tóos derramemos. 
María Alabado sea el Señor. 

í)oM. El nos ayude. 



ESCENA XIV 

DICHOS y FüENSANTICA por la derecha 

Fuen. (saiieudo apresurada y jadeante.) ¡María el Cal- 

men!... Oye... ¿No sabes?... Vengo de aquel 
iao porque di la vuelta... pa menesteres. 
y alh está... adivínalo. ¡Tu novio, el chico 
rascualo! 

María jPencho! 

DoM. ¿Has visto tú á Pencho? 

Fuen. ¡Tan guapo! 

María (Aterrada) ¡No es posible! 

Fuen. ¡Tóos tan asombraos! Acaba de yegar. 

María ¡Virgen divina, madre mía!... eso no será 
cierto. 

DoM. ¿Le has visto tú? 

Mar/a Está soñando esta criatura. 

J^üEN. ¡Qué he de soñar, tontica, si acabo de es- 

tamparle dos besos, uno en cada mejilla!.. 

|Ay!... perdona... (volviéndose á Domingo) Y 

liste también... Pero se los he dao sin ma- 
licia. 
DoM. Entonces, ese hombre está aquí. 

María (Atribulada.) ¡El cielo nos asista! (Mira despavo- 

rida por todos los lados de la escena; ve salir á Pepuso 
y corre hacia él.) 



— 34 



ESCENA XV 

DICHOS y PEPUSO por la derecha del fondo. Sale mostrando tam- 
bién gran tribulación y mirando á lodos lados 

María (a Pepuso.) ¿Ha llegao?... ¿Está en la Huer- 
ta?... 

Pep. Ya no hay por qué escribirle. Aquí le tene- 

mos. 

María (Abrumada.) ¡Triste de mí!... 

Pep. (Dándose en la cabeza.) ¡YvO le he traído! .. . 

¡Le metí en la boca del lobo!... Allí se que- 
da; en el ventorrillo. 

María ¡Esta es nuestra perdición! 

Pep. ¡El saber yo escribir! ¡Marditas mis letras!... 

María (Bajo á Pepuso ) ¡Que se güerva, que huya oira 
vez! . . . 

Pep. Ni huir ni esconderse. Me lo quise yo ye- 

var... ¡qué!. . Viene hecho un toro. 

DoM. (a Pepuso.) De suerte que llegó ese mozo. 

Pep. (irguiéndose y con aire de reto ) Más aleiltao que 

nunca; desafiando á too el reino. 

DoM. (a Jlaria del Carmen.) McUOS distante está que 

tú le creías. 
María ¡Gracia, Domingo! ¡Piedad! 
DoM. En tu mano la tienes. Sé de mi hijo. 

María ¡Si es que esto fuera una iniquidad! 

DoM. Pos ese hombre está en mi poder. 

Makía ¡Oh, qué atropello! 



ESCENA XVI 

DICHOS y ANTÓN, seguido de dos huertanos, por la derecha del 
fondo 



AnT. (Precipitado, fatigoso, dirigiéndose á Domingo.) Ven- 

go á decirte lo que pasa. 

DoM. Que se ha presentado el Pencho. 

Ant. ¿Qné hacemos con él?... Habrá que pren. 

derle. 

María ¡Jesús!... 



— 35 — 

DOM. (Frío.) ¡Aguarda!... (volviéndose á María del Car- 

men, la coge de una mano y la lleva aparte.) ¿Qué 

hacemos con él? 

María (sobreponiéndose á su dolor y turbación, llena de es- 

pauto, se seca las lágrimas, alza la cabeza y contesta 

resuelta.) Que ande libre por la Huerta, libre 

y sano. 
DoM. ¿Así lo decides? 

María Así. 

DoM. ¿Te casas con Javier? 

María Como usté lo manda. 

J-'OM. (Después de mirarla un instante le alarga la mano.) 

¡Palabra, María el Calmen! 

María (Estrechándole la mano.) Palabra. 

DoM. (volviéndose á Antón.) Pero ¿hay mandato con- 

tra ese hombre? 

Ant. No le hay. 

DoM. Pos entonces, ¡á qué preguntas!... Dejarle 

tranquilo. 



ESCENA XVII 

DICHOS. CONCEPCIÓN, mígalo, ANDRÉS, JAVIER, DON FULGEN- 
CIO, huertanos y huertanas de todas edades. Salen todos los expre- 
sados de la ermita; los huertanos y huertanas se dispersan, repar- 
tiéndose por todos lados y desapareciendo por las varias sendas que 
parten de la plazoleta 

Con. (Llegando con Mígalo á donde está María del Carmen.) 

V^ámonos, hija. 

Fuen. ¿Qué, no pedimos? (cogiendo las mantillas que 

coi^ tinuaban dobladas sobre el poyo, y ofreciendo á María 
del Carmen el pañuelo de encaje, que ésta no toma.) 

DoM. (a Concepción y Mígalo ) Irse por allá esta tar- 

de. Ya está la chica conforme. Tenemos 
matrimonio. 

Mig. ¿Ha dicho que sí? 

Con. (Abrazando y besando á su hija.) ¡Bendita Sea esa 

boquica! 
DoM. Tomaremos allí unas frioleras, pa remojarlo, 

y dispondremos el navego de la boda, y el 
día que han de echarles las cruces, que debe 
ser muy pronto. 



— 36 — 
MiG. Muy pronto. 

JaV- (Que habiendo salido de los últimos de la ermita, lle- 

ga en este momento al grupo principal.) ¿Es verdad 
eso? ¡Gracias, nenica! (Tomándole a María del Car- 
men las dos manos.) ¡Qué felicidad más grandel 
¡Me güervo loco! 

JfüL. (Que ha salido detrás de Javier, observándole, le da 

ahora en la espalda.) ¡Eh! alerta coii esos arre- 
batos, (a Domingo.) ¿Estc es el doliente? 

DoM. Si, señor doctor. 

Jav. ¡Usted me curará, don Fulgencio! (cogiéndola 

una mano.) Quiero cstar güeno. Usté es muy 
sabio. ¡Póngame usté muy güeno! (Le besa i& 

mano, casi postrándose ante él.) 
And. (Que se ha quedado en grupo aparte con algunos mo- 

zos, y mira por la derecha del fondo.) ^íEstá en la 

Huerta Pencho Pascualo, que por allí viene? 
María (poseída de espanto.1 ¡El! ¡Vámonos, llévenme^ 

que no me vea! 
Jav. Sí, vamos. 

María ¡Qué vergüenza y qué dolor! 

DoM. Andando, mociquios; los novios delante. 

(Vanse los dos jóvenes por la izquierda; Mígalo y Con- 
cepción van detrás.) 

DoM. (a Antón y demás.) Llegai'os por allá también 

vosotros. Habrá merienda y danza. 
Ant. Iremos. Mas te acompañamos ahora, (vase 

Domingo por la izquierda con Antón, Andrés y les 
otros mozos.) 



ESCENA XVIII 

rüENSANTICA, PEPÜSO, PENCHO, ROQUE y algunos mozos por 
el fondo derecha. Pencho aparece delante de los demás, y avanza ha- 
cia la plazoleta con paso decidido y seguro, alta la cabeza, sonriendo 
arrogantemente y mirando al lado por donde se han ido María del 
Carmen y demás, á los cuales ha podido aún ver al salir él por el 
fondo 



PeP. v^Deteniendo á Fuensantica que iba á marcharse co- 

rriendo.) ¿Que al fin hay boda de María el 
Calmen con Javier? 

Fuen. Asina lo han dicho. ¡Voy á queme cuen- 



i 



— 37 — 

ten!... (Desasiéndose de Pepuso, vase corriendo par 
la izquierda.) 

Pep. ¡y el otro se acerca por allá embistiendo al 

viento! Vamos á tenerla... ¡güeña! (En este mo- 
mento llegA Pencbo al centro de la plazoleta, y tuerce 
hacia la izquierda, acompañando con la vista y siem- 
pre con su sonrisa amenazadora á los que se han ido 
por dicho lado. Roque y los otros forman grupo de- 
trás de él.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEGUNDO 



Exterior de uno vivienda en la Hiieita. Los términos primero y se- 
gundo de la derecha están ocupados por la fachada, enlucida, con 
puerta algo espaciosa y una ventana sobre la puerta con cnelgaa 
de dátiles Desde la puerta, y á todo lo ancho de la fachada, avanza 
un emparrado que ocupa una tercera parte de la escena. A la iz- 
quierda, camino que corre por el pie de la parro, y se divide en 
sendas p-.r los diversos términos del mismo lado y por el fondo. 
A la izquierda, tercer término, un cercado por el que asoman ro- 
sales, clavellinas y otras plantas. Unido á la fachada un poyo co- 
rrido, de mampostería, y esparcidas debnjo de la parra algunas si- 
llas de morera con asiento de soga, todas muy bajas; en medio una 
mesita de pino en blanco. De una de las estacas de la parra cuelga 
un gaucho de palo y de éste un botijón. Al fondo, y colocados en 
Tarios sentidos más allá del emparrado, unos cuantos zarzos que 
figuran contener gusanos de seda, sostenidos cada uno de ellos en 
alto, entre dos sillas, y cubiertos con paüos rojos y de otros colores^ 
vivos, en forma de tartana por medio de arcos de caña que los 
levantan. Por todas partes plantaciones y arbolado propios de la 
Huerta murciana. 



ESCENA PRIMERA 

DOMINGO, ANTÓN y FÜENSAl^TICA. (Los des primeros sentados- 
bajo la parra, jugando al truque en la mesita, en la cual ponen la 
baraja y echan las bazas y algunas pesetas que atraviesan. Fuen- 
santica, al fondo, echando hojas de morera en los zarzos de la seda.) 

Fuen. Ya corre por toa la Huerta la voz de la no- 

veá. ¿ Y será muv pronto, muy pronto, la 
boda? 



— oij — 
DOM. (sin atenderla, echando una carta y robando otra.) Un 

cinco. 
Ant. (lo mismo.) Un caballo. 

DoM. Este as. 

Ant. Este triunfo Tienes mala mano. 

Fuen. ¡Miren que dejar ahora María el Calmen á 

su novio de antes!... 
DoM. Palo. 

Ant. El arcalde. 

DoAf. El rey. 

Ant. (Echando la carta con fuerza.) ¡El tÍO MaticasI 

DoM. Ese soy 3^0. 

Ant. ¡Pos boca abajo! (Recogiendo y contando sus ba- 

zas.) 

Fuen. Yo no hubiera hecho eso. ¡Ná, ni cosa! ¡Va- 

ya, UD buen mozo se queda desempleaol Pe- 
ro, ¿no se acaba ese traque? 

DoM. (Volviéndose.) ¡Amuelo!... ¿Quieres cerrar de 

una vez el pico? 

Fuen. Pos si hoy no es el día de charlar... 

DoM. ¡Vete á tus zarzos! 

Fuen. ¿Y no se sabe lo que va á hacer Pencho? 

DoM. Callarse, como tú ahora. 

Fuen. (volviendo á los zarzos.) Nadie me cuenta ná. 

¡Paece que no hago aquí fegura! 

DoM. (Levantiindose, á Antón.) jjejémoslo ahí. 

Ant. Como siempre; en cuanti que yo gano. (Le- 

vantándose y siguiendo á Domingo después de recoger 
el dinero.) Pos, señor... atento de ese mozo que 
ha caido del cielo... yo creo que farto, Do- 
mingo. 

DoM. ¿A qué f artas tú? 

Ani. Le farto á mi vara y á la catigoría de mi 

posición. 

DoM. Déjate .. 

Ant. Yo soy, como quien dice, el apoyo que aquí 

tiene la sociedad, y ese es un menisterio. 

DoM. ¡Y que te creas tú menistro! 

Ant. En fin, que tú me mandaste dejar suelto al 

chico Pascualo; pero esta insinia me manda 

prenderle. (Alzando la vara de alcalde.) 

DoM. Lo que tú eres, un tío cutimañas. Tienes un 

agravio recibido de ese muchacho, porque 
te quitó el arriendo de unas tahullas, y es- 



— 40 — 

tas son las insinias que á tí te mandan. 
Pos... pa entendernos... le tiras del freno á 
tu rencor y á tu catigoría, y ese hombre pre- 
manece libre y salvo, cjue no hay causa pa 
que se le coja, ó vas á ver qué de prisa te 
caes del menisterio. 

Ant. Premanecerá suelto. 

DoM. Y no güervas á sacarme los pies de las al- 

forjas. 



ESCENA II 

DICHOS y DON FULGENCIO por la izquierda 

Pul. Dios sea en la casa del tío Maticas. 

DoM. Con usté venga, don Fulgencio. ¿Gusta usté 

de pasar aentro? 

Ful, Quedémonos aquí, á la fresca. El emparra- 

do es el salón del huertano. 

Fuen. Güeñas tardes, doctor. 

Ful. 1 ¡Hola, Fuensantica! ¿Estás cuidando losgu- 
sanicos? 

Fuen. Sirviéndoles el cebo. 

Ful. ¿f en eso entiendes tú, con tus manitas 

blandas? 

Fuen. El gusano quiere el cuido de la mujer, lo 

mismo que las criaturicas. Aquí los tengo, 
que les consuele el sol. 

Ful. ¿Echaron ya sus cuatro dormidas? 

Fuen. ¡Ay, qué pronto!... Están recordando de las 

tres. 

Ful. ¿y qué tal recuerdan? 

Fuen. ¡Si viera usté qué despabilaos y qué ale- 

gres!... 

Ant. Este año hilarán tóos. 

DoM. Si Dios quiere. 

Ful. Habrá buena cosecha. 

Fuen. (saltando.) ¿Ve usté qué gusto? 

Ful. ¡Quién te vistiera luego, mu}^ maja, con toda 

esa seda que saldrá de ahí! 

Fuen. No presumo yo pa tanto. A mí me basta el 

regalo que siento muchas vecees con lo que 
discurro mientras apaño al animalillo; y es 



— 41 — 

que á lo mejor me se ocurre pensar en lo 
que se 3'evan lejos estos ca})illos, y allí los la- 
bran y los pintan... y digo yo entonces para 
misóla: — ¡t^osanda! que cuando las seño- 
ras ricas arrastren sus colas tan largas por 
los suelos de las casas grandes, poco sospe- 
charán que too aquel boato lo deben al 
amor y esmero de una zagalica que se ha 
quedao en la Huerta. 
Ful. ¡Vamos, que es un cascabel esta chiquilla! 

(sentándose: á Domingo.) ¿Y el muchacho, nO le 

encuentro aquí? 

DoM. Le encomendé que no tardase... 

Fuen. ¡Salió tan animao! 

DoM. No para hoy en casa. Con el regocijo que le 

bulle en el alma, quiso irse con los de su 
partida, y se los llevó pa convidarles, y por 
ahí andará con ellos de festejo. 

Ful. ¡Ta, ta, ta!... Alerta con eso y mucho juicio, 

que tu hijo no está para tales trotes... Santo 
y bueno, que le procures la alegría y que 
mire sus anhelos satisfechos. Eso le reposa- 
rá el ánimo, y tenemos administrada la me- 
dicina moral, que debe preceder al trata- 
miento físico. Pero nada de demasías im- 
prudentes. 

DoM. Sí, que he de hacerle andar muy contiento. 

Ful. Su misma satisfacción de ahora, debe sabo- 

rearla muy en paz; amores sosegados y apa- 
cibles, y veremos si podemos ir acercándo- 
nos al casamiento. Yo te lo diré. 

DoM. Ya me hago cuenta 

Ful. He estado observándole esta mañana, du- 

rante la misa, y después en el camino, y fi- 
nalmente aquí, pues para estudiarle vine 
acompañándoos. 

DoM. (oon afán.) ¿Y qué me dice ustedV 

Ful. No está bueno. Nada aseguro todavía; pero 

me temo que tienes á tu hijo muy delicado. 

DoM. Ya sabe usté que toa mi hacienda es para 

pagar su cura. Usté me lo curará. 

Ful. Ni mis auxilios te han de costar la hacien- 

da, ni puedo responderte de la curación. 
Hasta ahora no me guío más que por con- 



— 4í2 — 

jeturas y datos incompletos. He de auscul- 
tar al chico, he de examinarle. A eso venía. 

DoM. Voy por Javier. 

Ful. Déjale que venga. 

DoM. E? que si se entretiene... Luego han de ve- 

nir la novia, y sus páeres y la otra gente, 
pa sentar el compromiso y darse los chicos 
las palabras... 

Ful. Pudierais dejar eso para otro día. 

DoM. No sabemos cuándo se podrá ir á la iglesia, 

y por si acaso hay que dejar ese negocio 
muy en seguro, doctor; muy atao y muy en- 
caden ao. Voy por Javier. 

Ful. Anda y tráelo. 

DoM. (a Antón.) Hazle tú la visita á don Fulgencio. 

Ant. Conmigo se queda. 

DoM. (Va á marcharse y retrocede.) Y á mí, SCñor doC- 

tor... A mí me dirá usté la verdad. 
Ful. Por de contado; monda y llana. 

DoM. No le asaste á usté el decírmela. 

Ful. Te la diré. 

DoM. Voy por el chico. (Vase por el fondo derecha.) 



ESCENA III 

DICHOS, menos DOMINGO 
Fuen. (Yendo á marcharse.) Yo, COn SU prcmiso... 

Ful. Oye, ven acá. Dame conversación, mujer, 

mientras aguardo. A mí y al señor alcalde 

pedáneo. 
Fuen. ¿Yo, de qué he de hablarles? 

Ful. Cuéntanos tus amores, (a Antón, riéndose.) Soy 

su conñdente. (a Fuensamica.) ¿Cómo van? 

¿Has visto hoy á Jusepico? 
Fuen. Dos veces, y ahora, de aquí á muy poquito, 

tres. 
Ful. ¿y cuándo te roba? 

Fuen. Eso... allá ha de verse. 

Ful. (a Anión, festivo.) Se le ha puesto, que han de 

robarla. 
Ant. Aquí, en la Huerta, son bastantes las que se 

van con el novio. 



— 43 - 

Ful. Costumbre muy fea. 

Ant. Líi autoría no pué evitarlo. 

Ful. y violencia excusada, por añadidura. Huyen 

de su casa, se esconden en la del lado, y al 
día siguiente se van cá la iglesia. 

Fuen. Y las cruces del cura too lo borran. 

Ful. ¡Ah, cabecitas de yesca! Pero Jusepico no 

dará en tal desaguisado. Vigile usté sobre 
ellos, tío Antón. 

Ant. Como no avisan... 

Ful. Porque ello habrá de ser pronto, ¿verdad?... 

¿Cuándo es la fuga*? 

Fuen. Pudiera ser cuanti antes, ¿sabe usté?... Pero 

á usté no se lo diría. 

Ful. Paciencia, chiquilla, paciencia... 

Ant. To-^s tienen prisa. 

Fuen. ¿Por casarme? Sí, que es verdad, que la ten- 

go. Pa salir de desazones y riñas, y de ver 
gentes mal encaras; y pa reírme too el día, 
lo que ahora no puedo, que paece pecado 
mortal en esta casa de mi padrino; y pa que 
me yeven de paseo, y á la feria, y á las pro- 
cesiones, luciendo mi pañolico con flores, y 
mi moño con flores, y mi cara con flores; y 
pa que también conmigo se haga buena, 
aqueya copla de acá, que todas las mociquias 
sabemos: 

«El día que me case, 
seré la novia. 
Tomaré chocolate 
como señora,» 

Ful. ¡Viva, viva la novia!... Parece una carretilla 

dando traques. Ya se le pasará el humor. 

Ant. (Moviendo la mano.) En digcríendo el choco 

late. 

Ful. (Riendo.) Eso es; tiene usté razón. 



— 44 ~ 



ESCENA IV 

DICHOS, CONCEPCIÓN, MARÍA. DEL CARMEN y MÍGALO, por el 
fondo izquierda. María del Carmen vestida como ea el primer acto, 
con la mantilla plegada al brazo; Concepción con la mantilla pues- 
ta; Migalo con capa 



Con. 

Ant. 
Ful. 

MlG. 

Con. 
Ful. 

MlG. 

Ful. 

María 

Con. 

MlG. 

Ful. 

María 

Ful. 

María 

Ful. 

Fuen. 



María 

Fuen. 

María 
Fuen. 
María 
Fuen. 
María 



Fuen. 
Ful. 

MlG. 



Güeñas tardes nos dé Dios á los güenos cris- 
tianos. 
Salud. 

¡Oh! que ya están aquí los personajes de la 
función: la novia y los suegros. 
Tóos los tres. 
Muy puntuales. 
Y de pontifical 
Era del caso. 

María del Carmen, para bien sea todo, hija. 
Gracias. 
Muchas gracias. 
Para bien de todos. 

¿Con que inauguramos hoy los festejos? La 
de hoy es la primera celebración. 
Sí, señor. 

Iso permitas que baile el novio. 
No bailaremos, no. 
Guárdale mucho. 

(Llegándose á Maiía del Carmen y besándola.) ¡Her- 
mosa!... Ven, y ayúdame á entrar los zarzos, 
¿quieres?... 
Sí, que te ayudo. 

(Echándola un brazo al cuello.) VamOS. (Se dirigen 

á los zarzos.) ¡Qué Contenta estarás! 

jY que me lo preguntes! 

Tengo muchas cosas que contarte. 

¿De Jusepico? 

Que ya está muy cerca el gorpe. 

No seas loquilla. (van entrando los zarzos, soste- 
niéndolos entre las dos, por el paso entre el jardín y 
la casa; luego Fuensantica se lleva las sillas.) 

Ven, ven y sabrás. 

¿Y qué se cuenta, señor Migalo? 

(Bufando.) i Mucho calor! 



— 45 — 

Ful. No es para menos. Con esa capa á cuestas... 

Con. Ya se sabe. 

Ful. «Cuando los de la Huerta— sacan la capa...» 

MiG. «Bautizo, matrimonio...» 

Ant. «Entierro... ó trampa.» 

Ful. o tabardillo, si la estación ya aprieta. 

MiG. De las cuatro cosas que reza el cantar, hoy 

la capa desina una. 

Con. Matrimonie. 

Ant. y su miajica de trampa... Porque si se vie- 

ne á tratar de la dote... 

Con. De la dote, ¿pa qué?... Nosotros... ya le costa 

á Domingo... no podemos dar nada á la chica. 

MiG. Estamos muy malos. 

Ant. Vaya, que coger, ya cogéis por San Juan 

vuestras ti einta fanegas. 

MiG. ¡Dice que treinta! 

Con. Gracias á esta hija, que nos traerá el re- 

medio. 

Fur.. Muy guapa es. 

Ant. Pero, lo que decimos: «El moño 3^ el cantar, 

no entran en el ajuar.» 

Con. Eso, Domingo... Él, que ha querido el ma- 

trimonio con tanto empeño... 

MiG. Él es quien ha de hacerlo, que él tiene de 

onde salga. 

Ful. y se viene á apuntalar el trato. 

MiG. Importa dejar bien sembrada la tierra; pos 

si Javier llegase á morirse, como es de es- 
perar... 

Con. Di, como es de temer, y habla conforme. 

Ant. Buen par de camándulas estáis. 

Con. ¡Camándulas!... 

MiG. jCa... ba... ye... ros!... 

ESCENA V 

DON FULGENCIO, ANTÓN, CONCEPCIÓN, MÍGALO. DOMINGO por 
el fondo izquierda. Luego MARÍA del CARMEN por la puerta de J;v 

casa 

Ful. (viendo llegar á Domingo.) El amo de la casa. 

Con. Ya estamos aquí nosotros. 

DoM. ¿Y María el Calmen? 



— 46 - 

María (saliendo.) Mu}^ güeñas tardes. 

DoM. Adiós, nenica. ¿Estás animáa? (Aeiia, en voz 

baja.) 

María Ya ve usté que aquí me encuentra. 

DoxM. Muy güeno. Así se hace, (volviéndose, á don 

Fulgencio.) PoS 110 do}'' COU el chicO. 

An T. Yo te lo mando pa acá. Voy á echar un ojo 

alredor del partió, que es tai de de fiesta... 

FüL. El alcalde no duerme. Nos iremos juntos. 

DoM. ¿Usté se va? 

Ful. He de hacer por ahí una infinidad de vi- 

sitas. 

DoM. Hay mucha confianza puesta en usté. 

Ful. Dios la haga buena. Por esa razón pernocto 

hoy en el partido; me alberga el cura. Vol- 
veré, pues, á la anochecida, cuando se haya 
acabado aquí la zambra. Aguántame al mu- 
chacho quieto, y esta vez, que me espere. 
Vamonos, tío Antón. 

Ant, GüervO pa el convite. (Vanse don Fulgencio y 



ESCENA VI 

DICHOS, menos DON FULGENCIO y ANTÓN 

DoM. Sentarse. 

Con. (sin hacerlo.) Pos coii este nos habernos ade- 

lantao... 

MiG. Por si le paece á usté que echemos un pa- 

rrafico. 

DoM. (Expresivo.) ¡Sí, vamos á echarlo, sí!... Ostés 

queréis acomodar el punto de los iniereses. 

Con. Pa no dejarle que hacer al demonio malo. 

DoM. Pos eso, en un Jesús. 

Con. (volviéndose á su hija.) Hija, ¿por qué no te vas 

aentro con la Fuensantica? 

Do.M. Mejor será que paseemos nosotros el asunto. 

MiG. Eso está bien. 

DoM, Yo tengo que yegarrae á ca el Pinturero, 

que le he mandao á Murcia pa cierta com- 
pra... (Volviéndose á María del Carmen.) VamOS, 
una fineza para la novia. 



MlG. 

Con. 

DOM. 

Con. 
DoM. 

María 



_^ 47 -- 

La sortija. 

¿Qué sabes tú?... Puede que sea algo más. 
Pronto lia de verse. Vamos y hablaremos. 
(a su hija.) Te quedas con la zagala. 
Damos la güerta en seguía. 

Vayan con Dios. (Vanse Domingo, Concepcióu y 
iJigalo, por el fondo dereclia.) 



ESCENA VII 



MARÍA DEL CARMIÍN y FÜENSANTICA. Esta última se ha asoma- 
do por el lado del cornil, y ha oído las últimas palabras de la es- 
cena precedente; deja que se marchen los tres personajes, y baja co- 
rriendo á la escena 



Fuen. 

María 
Fuen. 

María 

Fuen. 

María 
Fuen. 



(Brincando.) ¡Y yo también doy la güerta en 
seguía!... 
¿A dónde vay? 

A hablar con Jusepico. ¿No te he dicho lo 
que hay? 

¡Que no te dejo hacer locuras! 
De aquí á luego. Tamién han de casarse las 
demás. ¿No estás tú muy comenta? 
¡Mu}^ contenta! 

Pues eso quiero yo; estar tan contenta como 
tú, y por igual motivo: por meterme en ca- 
sorio. Adiós, y no me descubras, (vase brin- 
cando por el lado del corral.) 



Marl 



ESCENA VIII 

MARÍA DEL CARMEN. A poco PENCHO 

¡Muy contenta!... ¡Muy contenta, y aquí me 
traen como aquel que yevan al suplicio, con 
las manillas puestas y el grillete... y en el 
rostro la vergüenza de la mala acción... y en 
el corazón el miedo y la agonía!... ¡Muy con- 
tenta! y en medio de este sol que resplpnde- 
ce en toa la Huerta, yo no veo la luz, y con 
este resistero que abrasa los campos, me 
siento arrecía de frío, igual que si ya estu- 



- 48 — 

viese en la sepultura. ¡Y qué luz he de ver, 
y qué calor he de sentir, si pierdo á aquel 
querer mío, zagal amante de mis pupilas y 
rey poderoso de mi voluntad!... Llora, María 
el Calmen; aquí escondida, en este rincón 
de tu cárcel, ni te oyen ni te ven tus carce- 
leros. ¡Aprovecha este instante; que es corto 
el tiempo que te dejan, 3^ tienes muchas lá- 
grimas que derramar! (Cniila en una silla, junio 
á la casa, llora y solloza desconsoladamente. Por el 
fondo izquierda aparece Pencho.) 

Pen. (Llegando h1 emparrado.) María el Calmen. 

María «Se vuelve rápidamente, le ve, y en un movimiento 

espontáneo corre hacia él.) ¡Pcucho! (Se detiene, re- 
prime su arrebato, muda de tono.) GÜCnaS tardes, 

Pencho... ¿Conque, tú por aqui? 

Pen. Ya ves. En tu busca vengo. 

María ¿Y qué quieres? 

Pen. ¡Miral Pos que hablemos un rato de lo que 

por ahí se suena. 

María ^'o puede ser, Pencho. No puedo hablar 
contigo. 

Pen. Pos has de hacer un poder, nenica. Porque 

lo que por ahí se suena, es una cosa que me 
trae el entendimiento turbao, y arrebatáa la 
sangre, y en er corazón la espada que me lo 
va atravesando. 

María (¡Jesús, Dior, mío, no me desampares!) 

Pen. ¿Puede ser eso de que me hayas dejado para 

rendirte á otro? ¿Qué evento tan triste es 
este que dicen que ha sucedió? 

María Veo que ya lo sabes. 

Pen. Me lo escribieron primeramente; y al leerlo, 

¿sabes lo que dije yo? Pos lo que dije, fué: 
Eso no es verdad. 

María (con apresuramiento.) Entonces ¡no!... No lo 
era. 

Pen. Pero díjeme también: Algo pasa. Y me vine 

á verlo. Y en yegando que yegué á la Huer- 
ta, otra vez me lo afirmaron las malas vo- 
ces; mas aun asina yo continué diciendo: 
Eso no es verdad. Y de seguida te vide... 
¡te vide, María el Calmen!... allá, enfrente á 
la iglesia... que huías conforme yo me iba 



— 49 

acercando y que te marchabas juritita al 
que dicen que es el que te me ha quitao; y 
allí me aguanté fijo en la mía, diciéndome: 
¡No lo creo! Mentira es lo que oigo, y men- 
tira lo que veo, y miente el sol que lo ilu- 
mina, ¡y esto no es verdad! 

María ¡No pudiste creerlo, Pencho! 

Pen. Ni lo creo ahora; mira. Ni lo creo ahora. 

Porque anque tú me lo asegures, y me lo 
pruebes asín, oyéndome con esa pavor, es- 
quivando mis miradas, poniendo entre los 
dos frío y distancia... ¡lo que antes ni el filo 
del aire nos separaba!... yo entavía estoy 
diciendo que esto no es verdad; y no lo es, 
nenica, ni lo será, ni puede serlo, si para al- 
canzarlo se juntan tóos los rigores de la tie- 
rra y tóos los del cielo. ¿Oyes lo que te digo? 
No será verdad. ¡Qué ha de ser! Pos pa eso 
he venío yo aquí; pa que no lo sea. 

María No desafíes á la suerte; ella dispone las co- 

sas, y puede más que nosotros. ¿Qué idea 
tienes? 

Pen. Mi idea no ha sido más que una; hablarte, 

hasta ahora que lo consigo. Yegué á estos 
lugares, y me lancé tras de tí para verte á 
solas, porque lo primero había de ser escu- 
char tú mis palabras, y yo las tuyas. 

María Bien; pos las oistes ya... 

Pen. Aun no he puesto el pie en mi casa, ni he 

visto á mi pácre, ni me he acordao de nada 
mío. Te aceché too el día, mas como es tan- 
to lo que te guardan, no he podido hasta 
ahora yegarme á tí. 

María ¿Y qué quieres? ¡81 para todo es tarde! 

Pen. Tú vas á ver que aun es tiempo. ¿Quién va 

á resistirme? Yo vengo á dictar mi ley. ¡A 
ver quién se opone al empuje de este pecho! 
Porque huí, vosotros dijisteis: este es un co- 
barde. Bien dicho; no debí huir. Pero güer- 
vo vahente. He pasao la mar, queriendo tra- 
garme las olas; y no bien desembarqué del 
jabeque y me fui ayegando,ya vino á embra- 
vecerme la olor de los azahares que me traía 
el viento, y díjeme: ¡ya estoy en mi tierra! 



- 50 — 

aquí donde me dejé mis derechos, mis amo- 
res, las esperanzas y la vida. Too eso vengo 
á recoger. ¡Si alguno ha puesto en ello ma- 
no, que me lo degüerva, porque si no, con 
el alma y con su gloria eterna se lo he de 
arrrncar! 

María ¡No, Pencho! Óyeme; oye, por misericordia, 

lo que te digo. No te pongas en nuevas lu- 
chas; entra en tu casa, estáte al lao de tu 
páere, tranquilo y sin odios. Considera que 
tienes aquí muchos enemigos, muchos, y 
tus bravuras te costarán la vida. ¡Tu vida, 
Pencho! ¡Que lo que expones es tu vida! 

Pen. Mi vida. Pero ¿es cierto que tú quieres ca- 

sarte con Javier? 

María Sí, con él me caso. 

Pen. Entonces, ¿qué me importa á mí la vida? 

¿Pl qué me hablas de ella? ¡Maldita la hora 
en que me la dieron, y maldita la hora en 
que te la consagré! 

María ¡Oh, calla, por la Virgen pura, no digas eso! 

Pen. ¿Por qué me he de callar? 

>1aría ¡Porque me estás traspasando! 

Pen. ¿Ni aun oirme quieres, mujer? ¿Qué ha sido 

eso, que te han güerto tan enemiga mía, y 
tan despiadada y tan fiera, que no me per- 
mites ni la cólera ni el dolor? ¿Así me abo- 
rreces? 

María ¡No, Pencho, no! ¡Si no te aborrezco! ¡No!... 

Pen. ¡Ay, gloria mía! ¡Que ha sido tu alma la que 

eso ha gritao! (cogiéndole una mano, ciñéndol.i 

el talle.) ¿Me quieres entonces"? 

María (vencida, arrebatada, con voz contenida, intima.) ¡Sí, 

te quiero, sí!... como siempre... ¿lo estás 
oyendo ahora?... ¡Más que nunca! ¡Qué he 
de hacer, afligía de mí, sino decírtelo! Mi- 
rándote y oyéndote, no hay valentía. Mi 
amado eres tú; de tu pensamiento vivo y 
quiero morir por tí. ¡Aborrecerte yo! ¿Qué es 
lo que has dicho?... Adorarte hasta el último 
aliento. ¿No lo sabes? ¿No recuerdas que te 
lo tengo jurao? 

Pen. ¡Mi María el Calmen! 

Mabia ¡Pencho mío! 



Pen. 
María 
Pen. 
María 



Pen. 

Marta 

Pen. 



María 

Pen. 

María 



Pen. 

María 



Pen. 
María 



Pen. 

María 
Pen. 



M 



aria 



— 51 ~ 

Ven conmigo ahora. 

(volviendo en sí, asustada.) [Aónde!... 

Sígneme; tú eres mía. 

Eso es iQiposible. Tú, vete: déjame y anda cá 
tu sabor por la Huerta, libre y sano. ;Sabes 
ya que no es mi amor el que te farta? Pos 
¿que mas quieres saber y qué meior alivio 
puedo darle á tu duelo?... Por caridad dé- 
jame ahora; abandóname. Este es el sitió de 
mi esclavitud; yo no puedo seguirte. 
¿Que te deje para que seas de Javier? 
Eso sin remedio. He dado mi palabra. 
¡Jis que SI me amas como dices, y has pro- 
metido ser de él, eres entavía más infame! 
Porque no eres tú sola la que te le vendes. 
Me vendes también á mí 
¡No me vendo yo!... í Virgen santa! 
¿Por qué razón, entonces, vas á ser suya^ 
(Resuelta) Tamién la sabrás. Escucha. Yo no 
puedo sufrir que me condenes... Y además 
es el solo consuelo que le valdrá, el día de 
mañana, a mi existencia sacrificada: el pen- 
sar que tú lo sabes. ^ 
Habla. ¿Qué misterio es ese? 
El amo de esta casa puede perderte sin re- 
misión, llene allá deiitro, oculto en su arca 
el ijierro con que heriste á su hijo. 
¡Te han amedrentao, pobretica! 
El arma tuya, señalada, conocida, que no 
puedes negarla. La recogió en el paraje de la 
nna, aquella misma noche, al lado de tu ad- 
versario agonizante. Y Domingo es un hom- 
bre sin piedad. Su hijo le dice que se morirá 
ele tristeza, si yo no le pertenezco, y me obh- 
ga al matrimonio. He pactado con él: vo le 
salvo el hijo, él te sídva á tí;vovovála 
Iglesia, el no descubre el arma"! Este" es el 

MítC LO , 

Ptónjpelo. Yo no lo acepto. 

Estarías perdido. 

Yo sabré defenderme. Ven conmigo, huva- 

mos, y la amenaza es baldía. 

¿Piensas tú que pudieras salir francamente, 

como entraste? Y.i tienes tus pases atajados 



- 5-2 - 



Pen. 



María 

Pen. 

María 

Pen. 

María 



Pen. 

María 

Pen. 



y no llegarás al término del partió, sin que 
te detengan. 

Eso es verdad. Más nada importa. Que me 
prendan, que me encadenen, que me ahor- 
quen; pero que ese hombre no sea tu dueño. 
Rompe ese pacto. 
¡Ah, no! Yo to salvo, Pencho mío. 
Güeno; le romperé yo. ¿Ande está esa gente? 
No la provoques, por Dios. Vete, ¡que van á 
llegar! 
Eso es lo que quiero. 

(Después de mirar á todos lados, azorada, señalando 

al fondo derecha.) ¡Jesús, Padre mío piadoso!... 

Que es Javier el que se acerca por allí. 

Mejor. Le espero. 

Que le pondrá ciego el hallarte. 

¿Y qué?... ¿Crees que le tiemblo? Ya le he 

tendido una vez; le tenderé otra. Déjale que 

venga. (Aparece Javier por el fondo derecha, ve á 
Pencho y se para súbitamente en mitad de la escena; 
Pencho le espera arrogante, plantado A la izquierda; 
María del Carmen, ya sin poder para evitar el en« 
cuentro, mira aterrada al uno y al otro de los dos 
rivales.) 



ESCENA IX 



MARÍA DEL CARMEN, PENCHO y JAVIER 



Jav. (Encendido de pronto en cólera, á María del Carmen.) 

¿Qué quiere este hombre? 

MaRIA (corriendo hacia él atribulada.) Nada... PaSaba... 

se detuvo un instante. 

Jav. (Encarándose con Pencho.) ¿A qué viuiste tÚ 

aquí? 
Pen. ¿No lo supones? A quitarte esta mujer. A 

efto he venío. 
María (a Pencho.) ¡Ohl calla! No le enfurezcas. ¡Vete! 

Jav. (Cogiéndola á ella de una mano.) A CSta mUJer la 

dejas tú quieta. ¡Y ni hablarla, ni mirarla, 
ni acordarte de que está en el mundo! 
Pen Tarde lo dispones. 



— 53 



Jav. 

Pen. 

Jav. 



María 
Jav. 



Pen. 



María 
Pen. 



María 
Jav' 

Pen. 



Jav. 
J^en. 



Jav. 
Pen. 



Jav. 



¿Qué tienes que ver con ella? Esta mujer es 

mía. 

¡Miente tu boca!... 

¡Me dices á mí que mientoí... (va á lanzarse 

sobro Pencho, vacila y se apoya ea un puntal del em- 
parrado.) 

(Acudiendo para sostenerle.) ¡Javier!... 
(Apartándola.) No... Deja .. (irguiéndose con un es- 
fuerzo para iQOstrar.«:e sereno y fuerte.) ¡Sí; eS mía!... 

(a ella.) Dile si eres mía ó no. Que te oiga. 
Dile cual es el que miente. 
Gáyate, María el Calmen; no despliegues los 
labios. ¿Qué vale lo que la hagas decir? ¡Si 
me la habéis aterrado lo mismo que á una 
pajarilla! 

¡Oh, sí! Me aterráis todos. 
Porque la tienes sujeta, ¿ya crees que es tu- 
ya? Ábrele al pajarillo la jaula, verás aonde 
vuela 

(Para sí.) ¡No aoude querría él! ¡Allá no 
güerve! 

Si te han dao razón de lo que pasa, ¿no sa- 
bes que me rindió su voluntad, que tengo 
su promesa, que irá conmigo al altar? 
¿Y eso qué le hace? Anque fueseis á la igle- 
sia.. ¡Que yo te dejara!... ¿Qué llevarías 
allá? Su corazón no iría. Tienes su promesa; 
¿y quién tiene su amor? 
¡Yo! 

Tú no le tienes. Tú eres el pordiosero despe- 
dido, que á la postre hurtas el pan que men- 
digabas. Su amado soy yo, ¡anque al oiiio te 
condenes! Porque yo soy er que la enseñé 
amores, murmurándoselos al oído; y soy er 
que en su alma encendió la luz, y er que pe- 
né por la palabriquia dulce que da la vida. 
La que hoy te niega. 

Y soy er que rondó su puerta, y er que le 
cantó cantares, y er que lucí en mi guitarra 
er lazo rumboso, labrao por ella; y er que se 
prendió ar pecho los claveles de sus ma- 
cetas; y er que trasnochó á su reja, y bebió 
su aliento, y apretó su mano... 
(Exaltado, furioso.) ¡Oh, Calla, callal 



— 54 — 

Pen. y er que lleva aquí (señalando ai pecho.) la Vir- 

gen del Carmen, bordáa por ella, cubierta 
de besos de ella, y con señales de lágrimas 
que por mi ha derraman ella. 

Jav. (Desesperado.) ¡Calla, porque te arranco esa 

lengua que me acuchilla! 

Pen. ' Ven á arrancarla. 

Jav. ¡Sí! (Va á lanzarse^ vacila y déjase caer en una silla, 

jadeante y mirando á Pencho con ojos rencorosos.) 

María (Acudiendo.) ¿Qué tienes? 
Pen. (sereno ) Estás enfermo. 

Jav. (Tratando de sobreponerse á su descaecimiento.) No... 

Es el coraje que me ciega, (procurando erguirse.) 

Aun soy hombre para otro hombre. 
María (a Pencbo ) ¡Si llega su páere y le ve asi, no 
habrá poder divino que te salve! Déjale, 
Pencho; vete ya. 

Jav. (unos instantes de pie, apoyado en la silla, otros caí- 

do en esta, peio siempre con ardor febril.) No; nO 

te vayas. Me repongo. Quiero que me oigas. 
¿Fuiste su amado, dices? Enhorabuena; me- 
jor, porque así yo te despojo. ¡Venías tú á 
quitármela! Yo soy quien te la quito. En mi 
poder la has de ver; para tí está perdida. 

Pen. Yo me la ganaré otra vez. 

Jav. ¿Te pones entre ella y yo? También me ale- 

gro. Tenío que buscarte; tú me lo excusas. 

Pen. ¿Buscarme tú á mí? 

Jav. Para matarte. 

Pen. Pos aquí me tienes. 

Jav, Tu sentencia aquí la escribiste, aquí, en mi 

carne. Y esta mano irá firme y cierta, no 
torpe como la tu3^a, que me dejó vivo. 

Pen. Pruébalo á ver. 

Jav. Muy pronto. 

Pen. ¡Ojalá y pudieras! 

Jav. ¿Quieres ahora mismo? (Yendo á arrojarse.) 

María (interponiéndose.) ¡Jesús! ¡Ccsad, por compa- 
sión! ¡Me estáis destrozando!... No puedo 
oiros más. ¡Basta, basta, por Dios! (corriendo 

á Pepuso que se asoma por el fondo izquierd.i,) ¡ Ah! 

¡Tío Pepuso!... Llévesele usté. Los dos están 
locos. 



— b5 — 



ESCENA X 



DICHOS y PEPUSO 



Pep. De registrar vengo too el partido, tras de este 

desbocao, ¡y cátale onde arremanece! 
María Sí; aquí estaba por desdicha nuestra. 
Pep. ¡Por supuesto!... «¿Ande estás, Juana? Ande 

más peco.» (Llegándose despacio hasta el límite del 
emparrado.) 

María (Yendo á Javier que quedó sentado, respirando fati- 

gosamente.) ¿Te has puesto malo? 

Jav. Me quemo. Dame una sed de agua. (María va 

a descolgar el botijo que pende del gancho; al hacerlo 
dice á Pepuso:) 

María Arránquele de este sitio. 

Pep. (Mirándola con ira.) ¡Echate allá, que eres la 

primera mujer que me ha engañado! 

María (Dando el botijo á Javier.) Bebe. 

Jav. (Tomando el botijo.) ¡GraciaS, nenica!... (Bebe lar- 

ga y ansiosamente.) 

Pen. ¡La pobreciquia, cómo le asiste! A mí me lo 

debes. ¡No es para tí esa gloria! 

Pep. (Acercándose á Pencho.) Muchacho. 

Pen. ¿Qné quiere usté? 

Pep. ¿Echaste el seso á la mar, ahora desde el fa- 

lucho, ó cómo te se ocurre venir á meterte en 
la trampa lobera? 

Pen. No hay que cuidarse de mí. 

Pep. (cogiéndole de un brazo y alejándole del emparrado.) 

¡Salte de donde estás, desatinao!... Que este 
es er castillo der tío Maticas, peor que si nie- 
va de moros. 

María (Que va azorada de uno á otro.) ¿Lo CStás OyCIldo? 

Pen. ¿y habría pasao la mar, para esconderme en 

yegando? No es ese mi viaje. Muy achicao 
está usté. ¿Cómo me escribía entonces, he- 
cho una fiera, ar tanto de que me viniese? 

Pep. ¡Mal hnya quien me sacó pa eso, tan leío y 

tan escribió! 

Pen. ¿Qué miedo es ese? 

Pep. Ya sabes aonde estuve, y me reigo yo der 



- o6 



Pen. 



Pep. 

María 
Pen. 
Pep. 
Pen. 

María 
Pen. 



Pep. 
Pen. 
Jav. 
Pen. 



miedo; que soy un alarbe. Güérvete tú á 
marchar, y verás el estrago. 
Déjenme á mí, que yo me sobro; y er que 
tema, vaya y se acurruque en er fondo de 
su arca. 

(Volviéndose á María del Carmen.) ¡La verdad eS, 

que es mucho mozo! 

Mas, ¿qué intentas hacer? 

Tú verás lo que hago. 

No has visto aún á tu páere. Ven á verle. 

(a María del Carmen.) ¿No dejaS tU intención? 

Yo te tengo que salvar. 

(Con aplomo y habiendo tomado una resolución.) PoS 

no me salvas, (a Pepuso.) ¿Aonde está er po- 
bre agüelo? Que ha hablao usté en razón, 3' 
quiero verle. 
En tu casa, esperando. 

(a María del Carmen y Javier.) De aqUÍ á más ver. 
(Desde su silla, incorporándose.) ¡Iré á buSCarte! 

Antes sabrás de mí. (a Pepuso.) Vamos á ver 

á mi páere. (Vase por el fondo izquierda seguido de 
Pepuso.) 



ESCENA XI 



MARÍA DEL CARMEN y JAVIER 



Jav 



María 

Jav, 
María 



Jav. 
María 

Jav. 

María 

Jav. 



(Acercándose á ella, que pe ha quedado mirando al 

fondo.) ¿Qué miras?... Déjale marchar. (Lle- 
vándola hacia la casa.) ¡Tú, COIimigo! 
Yo, contigo, sí. Mas tú, apaciguado, humil- 
de á mi voz, que te pide olvido y reposo. 

(Mirándola embelesado.) Lo que tÚ quieraS... 

Ese hombro que se va es el desvalió, el cas- 

tigao... Ni dííbes hacerle mal, ni permitir 

que nadie se lo haga. 

Lo que tú quieras .. 

Y á concluir eso, Javier; á la iglesia cuanti 

antes. 

Sí, sí; de seguida. 

¿Tienes fiebre? .. ¿Estás postrao? 

¡Ya pasó! Tu calor me resucita. Estoy firme 



- 57 — 

otra vez. ¡Si es que estoy güeno!... No le ex- 
pliques á mi páere... 

María Nada hay que decirle. 

Jav. Me quieres, ¿no es verdad? 

María Voy á ser tuya. 

ESCENA XII 

DICHOS, ANTÓN y tres Huertanos con guitarra, bandurria y rio- 

Hn. ANDRÉS y mozos por el fondo izquierda. Hombres y mujeres, 

convidados, que acuden por diferentes lados 

Ant, ¡Vamos, que no va á ser función la de esta 

tarde! 

María (Muy solícita, fiugiendo alegría.) ¡Hola, el tío An- 

tón! ¿Ya da usté la güerta? 

Jav. ¡Salud, y á la compañía! 

Ant. La compañía es el gorpe de música que me 

traigo: guitarra, timple y violín. (presentando 

los músicos.) 

Jav. (invitándoles, así como á los demás que van entran- 

do) Vayan llegando. 

Ant. Ya los traigo instruidos, y saben que es día 

de arañar con gana. 

And. (saliendo con varios mozos.) DioS gUardc á la 

gente de bien. 
Jav. Pasen aelante. (se acomodan y reparten en grupos 

debajo del emparrado.) 

And. ¿y el tío M áticas? 

Ant. Al gran Maticas, dejarle; que allí le veo de- 

tenido en plática con los suegros contrarios, 
y será que estén arrematando er busilis de 
los dineros. 

And. Ya vienen. 

ESCENA XIII 

DICHOS, DOMINGO, CONCEPCIÓN y MÍGALO, por el fondo dere- 
cha; más tardo FÜENSANTICA por la puerta de la vivienda 

And. (saludándoles con todos los convidados.) Bien ve- 

nidos. 

Todos Güeñas tardes. 

DoM. Bien hallao too er mundo. 



— 58 — 

Ant. (Bajo á Mígalo.) ¿Qiié tal se ajustó ese trato? 

MiG. No he regateao ni un céntimo. 

Ant. ¿y qué le dais á la chica? 

MlG. Nada; él lo da too. (señalando á Doraiugo.) 

Ant. Pos estuviste rumboso. 

Con. (Abrazando á su hija.) ¡Qué dichosa te hacemos, 

hija! 

María ;Ay, máere! Dios les premie la intención. 

And. ¡Vaya una boda se arregla! 

DoM. No es para menos. Acomódense, cabayeros, 

y si no hay sillas bastantes, en er sofá del 
huertano, que es er santo suelo, (varios cir- 
cunstantes sacan más sillas de la casa, como las que 
han aparecido, y siéntanse unos en ellas, otros en el 
poyo y oiros, lo mismo hombres que mujeres, en el 
suelo, puestos en cuclillas; algunos siguen de pie.) 

Sin cumplimientos, que aquí no se gastan 
cerimonias. ¡Fuensantica!... ¿Aonde está esa? 

Fuen. (presentándose.) ¿Ande he de estar? ¿Habría 

festejo sin mí, que tengo la llave de la des- 
pensa? 

DoM. Pon la mesa y saca lo preparao. (Fuensantica 

entra en la casa, seguida de una ó dos mujeres de 
la concurrencia; vuelve á salir, cubre la mesita con un 
mantel limpio y bueno, guarnecido con pasamano de 
randa. Entre Fuensanlica y las mujeres sacan luego 
dos fuentes redondas y blancas con toques de colores 
vivos y reflejos metálicos, y en una de ellas algunas 
tazas del mismo orden, llenas de chocolate, y en la 
otra bollos y pasteles. Sacan, además, dos vasos con 
flores pintadas, una botella con agua, la calabaza del 
vino, pan y otras fuentes con abundante provisión de 
embuchados, de los que nombra Domiogo. Todo lo 
colocan convenientemente sobre la mesa.) Ahí Ca 

cual se remedie con lo que le apetezca. Cho- 
colate 5^ bollos hay pa los pulidos. El que 
quiera apretar er diente avecínese á lo ma- 
cizo, que tamién saldrán municiones de lon- 
ganiza y de blanco, con pan fresco y vino 
de Jumilla. Y tomen la güeña voluntad. 

MiG. Por muchos años. 

Ant. y pa en merendando, la orquesta que trai- 

go yo. 

DoM. Justo; que ha de haber baile de parrandas, 



— 59 — 

con sus güertas de retal y toa la cosa; pa 
que se le dé á la fiesta cuanto sea suyo 

^'ON. (Mirando á su hija y ¿ Javier.) Y ya sé yo Quién 

romperá la danza. ^ ^ 

No; por Javier no lo diga usté, que no baila 
esta tarde mi hiio. 

Iodos ¡Sí, sí!... 

J>^v. ¿Por qué no, páere?... Con María el Cal- 

men... ¡Si estoy muy fuertel... (con arrebato á 
su padre.) ¡Vamos, que bailaré! 

i^OM. No te fatigarás tú. 

María No bailamos, no. 

Jav. (sunaisD.) Bien; te obedezco. 

-büEN. (Poniéndose en medio en actitud de bailar.) ¡Yo SÍ 

que bailaré! Ya me traigo las postizas. (Ha- 

ciendo sonar unas castañuelas.) 

yoM. Allegarse, que espera la mesa. 

'JAV. (sentándose.) A mi lao, nenica. (María del Carmen 

se sienta al lado de Javier en la silla que este le ofre- 
n^» "'! ^ ^^ derecha de la mesita. en primer término.) 

J^OM. Aquí UStes y yo. (ofrece sillas á Concepción y Mi- 

, S^^^ a la izquierda de la mesa.) 

iiAlG. (Ofreciendo silla á Antón junto á ellos.) Y aqUÍ el 

gobierno, (siéntase Antón. Fuensantica reparte entre 
los circunstantes las tazas del chocolate que toman 
unos, mientras otros se pasan los embutidos y el pan 
cortando cada cual su porción con navajas que se sa- 
can algunos del bolsillo. Comen y beben del calaba- 
zón: alguno que otro bebe en los vasos. El director 
de escena debe cuidar la colocación y el movimiento 
de personajes y grupos. Fuensantica come también en 
en el último término.) 
ND. (Presentando á Domingo los embuchaáos.) Comien- 

ce usté er ataque. 
Y^^i- Andar, que eso es pa vosotros. 

AND. Anímate, Javier. 

Jav. No me convida. Muchisma sed es lo que ten- 

gO. (Se levanta.) 

María Toma este vaso de agua. 

Jav. No; la del botijón. Está más fría, (va ai botí 

jón, lo descuelga y bebe.) 
l^OM. ¡Bebe con tiento, hijo! (javier cuelga otra vez el 

botijón y vuelve á su silla. Breve pausa, durante la 
cual comen y beben los convidados.) 



— 60 — 

Ant. ¡Cuidao si está la tarde hermosa! 

Con. Tarde de Mayo. 

And. Asin las hace Dios pa nosotros. 

Jav. Too contribu3^e. Güen humor, güeña com- 

pañía... 

MiG. Y güeña merienda. 

María ¡Si los hombres supieran estimar estos be- 
neficios, en la Huerta no habría sino paz y 
amor y contento! 

Con. Este es suelo de bendición. 

Ant. Tierra ¿le flor. ¡Pos si te agachas y coges un 

puñao de ella y te la arrimas y güele! 

Mi(5 Pero hay que labrarla. 

Ant. Hincas tú en ella el garrote, dejando el es- 

torbo pa echar un trago á cañete, y alzas el 
calabazón, y á poco que te duermas, en lo 
que bebiste floreció el garrote. 

MlG. (cogiendo el calabazón.) A Ver si florcCC tu Vara. 

(Bebe.) 

Con. ¿Vas á echar la siesta? 

And. Que hay quien espera la vez. 

Ant. (Por la vara, al dejar Mígalo el calabazón.) Podía 

haber floreció. 

DoM. Pos señor, pasando á lo debido, que es er 

cómo y er por qué de esta reunión, (se estre- 
cha el círculo de los co»vidados en lomo de Domin- 
go.) Ya sabéis lo que hay. 

And. Sí; no es menester cansarse. 

DoM. Ahora se participa á ostés lo que no sabéis; 

y es que er negocio este ya lo tenemos del 
too concluío. 

Con. En güeña hora se diga. 

DoM. La palabra de casamiento, ahora mismo se 

la dan mi hijo y María del Calmen. 

Jav. Con el alma se la doy yo, y bendita sea mi 

fortuna. 

Con. Bendice también la tuya, hija mía. 

MiG. Anda y bendícela. 

DoM. (a María del Carmen.) ¿No daS la palabra tÚ? 

María ¿Por qué se ha de repetir lo que ya está di- 

cho? A Javier y á usté se la di, y de ustés 
la tengo. 

Ant Muy bien hablao. 

Jav. ¡Bendiga Dios esa boca! 



(il — 



DOM. 



And. 

Todos 

DoM. 



And. 

DOM. 



A NT. 

Mío. 

DOM, 



Jav. 



And. 

Ant. 

María 

DoM. 

María 

DoM. 

María 

DoM. 

And. 

DoM. 

Ant. 



And. 



En cnanti á intereses, como nacUi ha}^ que 
ocultar, lo convenio es esto: la chica trae su 
dote, que es su propia y rica presona, y á 
ver si ocurre más que pedirle, con esta flor 
de hermosura que le dio la divina gracia, ar 
tanto de que no le fuese mester otra ri- 
queza. 
¡Ahi está! 
¡Muy bien! 

El)a se viene á esta casa, y á lo que viene 
es á reinar y á que el caudal que tenemos 
se gaste en su regalo y satisfación. 
Too se lo merece. 

Y ar tío Migalo, yo agradeció le traspaso el 
arriendo de las tahullas que cultivo ahí, so- 
bre la acequia de Riacho, y le doy una pare- 
ja con que las labre, y si algo le conviene 
pa simiente y avíos, tainién que abra la 
boca, que no ha de faltarle. 

(a Mígalo.) De manera, que er que se casa 

eres tú. 

De él ha salido; yo no he regateado nada. 

(a Javier, dándole un estuche con una sortija.) Pon- 

le ahora á la novia esta tumbaga en el dedo. 

Y me alegraré que sea de su gusto. 

(colocando la sortija en el dedo á María del Carmen.) 
Dame la mano. (Todos se acercan á mirar la sor- 
tija.) ¡Cómo luce en su dedo.) (sosteniendo la 
mano de María del Carmen para mostrarla á los 
demás.) 

¡Vaya una alhaja! 
¡Cosa güeña! 

(a Domingo.) Otro presente espero yo. 
La... prenda que guardo en mi arca. 
Sí. 

Esa, cuando salgamos de la iglesia. 
Avívelo usté. 
Meteremos prisa. 

Y er baile, ¿no se comienza? 
¡A las parrandas! 

Abran espacio. (Se retiran todos dejando plaza para 
los bailadores.) AqUÍ loS mÚsicoS. (Los coloca al 

fondo.) Preparas las parejas. 
Aquí está una. 



— 62 — 

Fuen. (Haciendo sonar las c»staüuelas.) Y aqUÍ está otra. 

Todos ¡Viva, bien, vival (Andrés saca & una moza; otro 

mozo saca á Fuensantica. Salen otras parejas. Rompe la 
música á tocar entre la algazara de los presentes; las 
parejas se ponen á bailar, repicando las mozas las cas- 
tañuelas; á las dos ó tres Tueltas que han dado, pene- 
tra en el corro Penclio seguido de Pepuso, Roque y 
otros mozos.) 



ESCENA XIV 



Pen. 
Todos 

Jav. 

María 

Pep. 

Pen. 

María 
Pep. 
María 
Jav. 

Pen. 

Pep. 

DOM. 

Pen. 



Jav. 

María 

Pen. 



LOS MISMOS; PENCHO, REPUSO, ROQUE y MOZOS 

(Llegando al centro del corro,) GüenaS tardes, Ca- 

ba3'eros. 

¡Pencho! (Efecto de general asombro; para el baile 
y la música; los convidados se arremolinan dejando un 
espacio al rededor de Pencho y Pepuso.) 
(Yendo hacia Pencho, ciego de ira.) ¡TÚ aqUÍ Otl'a 

vez!... 

¡No me oyes, Virgen santa! 

(Para sí.) Aquí va á haber argo. 

No hay que atrepellarse. Y nstés perdonen 

que me presente á aguarles la fiesta. 

(Acercándose á Pepuso.) ¿Qué intento le trae? 

No sé cual; pero ninguno güeno. 
¡Vete, Pencho, vete de aquí!... 
¡O te se echa á estacazos, lo mismo que á un 
perro! 

Eso... despacio. No me se echa á mí tan 
fácil. 

Ni al acompañamiento. 
(Adbiantándose.) ¿Qué te sc perdió CU mi casa? 
Eso es lo que va usté á saber. Y nadie se 
menee, porque quiero que me oiga too el 
mundo. Aquí se estaba apañando una boda, 
y ese apaño tiene su misterio: que se ha de 
salvar un hombre. Pos ese hombre no quiere 
que le salven. 
¡Qué dice!... 

¡Oh, deténgale usté! (a Domingo.) 
La justicia busca al que malhirió á éste, (se- 
ñalando a Javier y dirigiéudose en seguida á Aatóu ) 



63 — 



Ant 
Pen. 
María 



Ant. 
Jav. 

DOM. 

Pen. 
Jav. 
DoM. 
Pen. 

Jav. 
Pen. 

Jav. 
Pen. 

Jav. 
Pen. 
Jav. 
Pen. 

María 

Jav. 

Pen. 



María 
Pen. 



Ant. 
Pen. 
Ant. 

DoM 
Pen. 



¡Sí! 

Yo soy el que le pegó la cuchillada. 

(Aterrada, bajo a Javier y Domingo.) jNegadlo!... 

Tuya seré; desmiéntele. Cúmplame su pro- 
mesa. 

(Después de un momento de asombro en todos los cir- 
cunstantes.) ¿Oís lo que está diciendo? 
Ebrio viene. 
O viene loco. 

¿No es verdad lo que declaro? 
¡No! 
¡No! 

(Encarándose con Javier.) ¿Yo nO fuí el qUB té 

tendió á sus pies?... 
No; no fuiste. 

;,Una noche de Julio, hace diez meses, vigi- 
lia de Santiago?... 
No fuiste. 

¿Al lao de la acequia del Junco, camino de 
los Gallegos?... 
No; dices mentira. 
¿Quién te hirió, entonces? 
El, no fué; lo declaro. 

¿Con juramento? (ínstame de vacilación en Ja- 
vier.) 
(Bajo á Javier, muy rápido.) ¡Júralo! 

Con juramento. 

¡Los Maticas sois caritativos!... Defendéis la 
presa, (a jívier.) Pero te dije que á arrancár- 
tela venía, :y por el nombre cristiano que 
tengo, que te la he de arrancar! 
Ya es imposible... 

(a ella.) ¡Contra la voluntad tuya, generosa y 
fuerte... y contra el orbe soberano que se 
plantara ante mí! (volviéndose á Antón.) Cum- 
pla usté su obligación. Esta gente está min- 
tiendo; engaña á la justicia. 
Ellos te contradicen. 
Y"o daré la prueba. 

(a Domingo.) Ya ves, que no hay más reme- 
dio... 

¿Qué pruebas tienes tú que presentar? 
La más cierta y segura: el arma con que di 
el gorpe. 



— 64 — 

DOM. (Tarbado.) (¡Oh, lo Sabía!...) (Da un paso en direc- 

ción á la puerta de la casa, con ademán confuso y pre- 
cipitado.) 

Pen. Que se detenga este hombre... (Antón hace á 

Domingo un gesto entre amisto.so y severo; Domingo 

se para.) Nadie Salga de aquí dista que yo me 
explique. Y no privarle á quien debe, que 
reciba mi declaración; ó al juez me voy din- 
de aquí derecho y le canto lo que haiga ocu- 
rrido. 

Ant. (a Domingo.) Los tcstigos son muchos... 

DoM. jNos acorrala! 

Pen. El arma con que di el gorpe, que allí la 

abandoné, al lao del moribundo. Aquella 
arma fué recogía, (a Domingo.) ¿No pregunta- 
ba usté lo que aquí me se había perdido? 
Pos eso; mi faca, (a todos.) Prenda bien cono- 
cía, porque tiene su historia, y ésta la sabe 
toa la gente moza del partió. En Murcia la 
compré; un jueves de mercao. (a Javier.) ¿Sa- 
bes en qué ocasión? Cuando esta mujer me 
hizo dueño de su cariño; entonces. Porque 
me privaba á mí er descanso la temor de 
perderla, tan hermosa y tan codiciada... y 
yo traía mi hierro aquí en la faja tscondío, 
acariciándolo á toas horas y diciéndole por 
lo bajo: — «Mientras tú estés aquí, 3^0 no la 
pierdo.» — Pero estaba hsa la hoja, y muchas 
veces, cuando la mostraba en corro, decían- 
me los muchachos: — No tiene mote.» — Y 
yo: — «Es verdad; eso le farta.» Er mote, ya 
se lo hallé. La noche de San Juan, en la ver- 
bena, en el cantar que cantaba un mozo, 
que me dijeron que era marinero de las na- 
ves de Cartagena... «Para mirarla, mis ojos, 
— para quererla, mi pecho, — para dormirla, 
mi arrullo, — para guardarla, mi hierro.. » 
¡Qué bien dicho! «¡Para guardarla, mi hie- 
rro!» Para eso era el mío; aquél fué mi mote. 
Y al cuchillero me fui, y le dije: — «Maestro, 
lo que me escribe usté aquí, es esta inserí - 
ción»; — y en teniéndola que la tuve escrita, 
ya vieron los muchachos quela hoja habla- 
ba, y dinde entonces, toa la Huerta sa))p 



— 65 — 

qué señales tiene la faca de Pencho Pascua- 
lo, y lo que pone, y lo que avisa, y lo que 
cumple. Pos esa arma, la tiene el amo de 
esta casa. En el arca la esconde... (a Antón.) 
Ahora le toca á usté. Yo ya he concluido. 

Ant. Entrégame tú el arma. 

DoM. Niego que la recogiera yo en el paraje que 

dice, y en la noche que dice. 

Pen. (vivamente.) ¿Pos cuándo?... Minutos antes 

del encuentro, yo la mostraba aún en mi 
poder; la vieron testigos. Aquella misma no- 
che escapé a Oran... Esto no tiene réplica. 

Ani . (a Domingo.) Hay que abrir el arca. 

DoM. ¿Me vas tú á registrar? 

Ant. Muchos son los que escuchan. 

DoM. ¡La llave no te la doy! 

Ant. ¡Es que te complicas, y ná adelantas! . 

DoM. [Mal fuego nos abrase á tóos! (Le da la iiave y 

Antón entra con ella en la casa, seguido de dos ó tres 
circunstantes.) 



ESCENA XV 



DICHOS, menos ANTÓN y los que con él entraron 
JaV. (Procurando atraer á María del Carmen.) Yo nO le 

he delatado... 

María ¡Mas él no se salva! (Yendo á Pencho, que per- 

manece sereno y arrogante, hacia la izquierda.) ¡No 

hay ya esperanza para tí! 
Pen. ¿Me quedaba alguna? 

JaV. (Acercándose y cogiendo de una mano á María del 

Carmen.) Ven á mi laO. Déjale. (La lleva contigo 
á la derecha.) 

María Mi cabeza se pierde... (Cae anonadada en una 

Billa.) 

Roque (a Pepuso.) Este chico es un león. 
Pep. Ruge y desgarra. ¿Y me lo han de cazar?... 

¡Mardito sea!... 



— 66 



ESCENA XVI 



DICHOS, ANTÓN y los que le siguieron, por la puerta de la casa 



Ant. 



Pen. 



María 



Jav. 

Con. 
Ma ^ia 

Jav. 
María 



Pen. 



Jav. 

DOM. 

Ant. 

María 

Con. 

Pep. 



Pen, 



(Trayendo la faca envuelta en un paño.) Todo era 

verdad. Aquí está el arma con la escrito rn 
que la da á conocer. 

¡Ah! ¿Quién me desmiente ahora? Ahí está 
la prueba. ¡La prueba, María el Calmen! 
Acusao estoy. Quisiste librarme; no me li- 
bras. Recoge tu palabra. Quedas desligada. 

Adiós, (volviéndose á Antón.) VamOS. 

(saliendo de su anonadamiento.) ¿Aonde?... ¿Aon- 

de vas?... ¡Pencho, Pencbo mío! ¿Aonde te 
llevan?... 
Detente... 
Hija... 

¡Dejadme!... ¿Qué quieren ya de mí?... Está 
])erdido. 
¡Rayo de Dios! 

El dice bien; soy libre. Suya soy; lo que 
siempre he sido. ¡Y le acompaño á la perdi- 
ción!... ¡Contigo, Pencho, contigo!... Acom- 
pañándote voy. ¡Aonde tú vayas! (corriendo a 

Pencho y echándole los brazos al cuello.) 
(conservándola á ella abrazada, mirando á Javier.) 

¿No decías que me la quitabas? Mírala col- 
gada de mi cuello. Me .sigue aonde yo vaya: 

á la prisión, al patíbulo. Reconoce que es 

mía. 

(Queriendo lanzarse.) ¡EsO, 110... CSO, Uo! 

(Deteniéndole.) ¡Hijo, Contente! 
Separarla y vamos ya. 
¡No, no!... 

(separándola de Pencho.) Obedece. 

(.Vvanzando con arranque.) Deja que le lleven, y 

no temas por él. Yo le rescato; porque ahora 
entro yo, er de la Cresta der Gallo. Cogisteis 
ar león; pero quedan cachorros, y con ellos 
tomo el atajo y te arrebato la presa, (a Amón, 

con aire de reto.) 

No me importa á mí ya. 



— 67 



Pep. Lo que le pedía yo ar devino Señor; hoy se 

arde la Huerta. (Vase por el fondo, apresurado, se- 
guido de Roque y demás.) 



ESCENA XVII 

DICHOS, menos PEPUSO y los expresados 

DoM. (A Antón.) Llévale, enciérrale, quítanoslo de 

en medio. 
Ant. Sí, es lo mejor. 

DoM. Pero te asaltan al paso y se apoderan de él 

si no traes fuerza... 
Ant. La pido por un mandao. 

DoM. A eso tú mismo. ¿De quién te fías? Yo te 

guardo' el preso. Seguro le tienes, (vase Antón 

apresurado por la senda del corral.) Despejar el 

sitio, cabayeros. Se acabó la fiesta. 
MiG. La chica... 

Do.M. Déjenmela á mí y esperen que yo avise. 

(Todos ae van por distintos lados.) 

ESCENA XVIII 

MARÍA DEL CARMEN, PENCHO, JAVIER y DOMINGO 

DOM. (Después de observar por todos lados á los que se 

alejan, va por María del Carmen y acércase con ella 

á Pencho.) Dile ahora que huya. 
María Sí, eso es; ponte en salvo. 
Pen. No huyo. 

María Te dejan libre. 
Pen. De esta gente, ni la libertad, ni la vida, ni 

las oraciones. 
DoM. Que volverán por tí. 

Pen. Bien; les espero. 

Jav. ¡No quiere huir, no! La libertad le estorba, 

Pen. ¿Qué dices? 

Jav. Digo que eres un cobarde. Te has delatado 

por salvarte de mí. 
Pen. ¡Javier! 



— 68 — 

Jav. De la justicia podías aún huir. De mi no 

huyeras; sabias que te mataba. 

Pen i Que te he tenido miedo! 

Jav.' ¡Si! Yo iba á buscarte; te lo he dicho. ¡Y te- 

refugias en la cárcel! 

Pen. ¡Ocúltame y verás! ¡Ocúltame y soy tuyo! 

Jav. Sí, te oculto. Entra aquí, (señalándole ia casa.) 

boM. Entra, sí. Eso es mejor. 

Jav. Saldremos esta noche. 

Pkn Cuando tú quieras. 

María (corrien'^o á la puerta.) Entra... ¡No le entre> 

guéis! 

DoM. Aún le salvaremos. 

Jav. ¡No le salváis!. . . ¡Es mío! ... ¡Y esta noche le 

mato! (Entra Pencho, Javier cierra la puerta y se 
guarda la llave.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 



A^i/\/S^^M^A/\^^^ 



Aposento de entrada en la vivienda de Domingo; pieza poco espacio- 
sa, de paredes blanqueadas. Al fondo, á la izquierda, tres grandes 
tinajas sostenidas sobre un tinglado de madera y pintadas de en- 
carnado, con paños de blanco lienzo, guarnecidos de puntillas, qne 
cubren las bocas de aquellas, asomando por debajo de las tapade- 
ras. Detrás de las tinajas varios lebrillos de fondo azul, verde y 
amarillo, colocados en alto y cubriendo los huecos que aquellos 
dejan entre sí; en el suelo, apoyados en ellas, otros lebrillos 
iguales á los indicados. Sobre las tinajas un listón horizontal, fijo 
en la pared, y en él, colgadas en hilera, seis ú ocho jarras pinta- 
das como los lebrillos; y por encima, corriendo perpendicularmen- 
te, dos vasares con platos y tazas, también de vistosos colores, y 
vasos y botellas en los que se ven flores y ramitos de albahaca y de 
pino. A la derecha, un gancho de hierro labrado del que cuelga 
una holgada toalla con guarnición de randa, y debajo la jofaina 
puesta en el zafero, que también es de hierro labrado. Al mismo fon- 
-do, hacia la derecha, una puerta alta, de dintel arqueado, adorna- 
da con cortinas blancas y guarnecidas de encajes, replegada cada 
una á un lado. Detrás de esta puerta se descubre una pequeña pie- 
za de paso, y en su fondo, de frente, el arca de madera , en blan- 
-co. Al lado izquierdo, primer término, ancha puerta de dos hojas 
•que se abren para adentro, macizas, con fuertes goznes y cerradu- 
ras. A la derecha, segundo término, una puertecita que sale al 
huerto. Algunas estampas de santos pegadas á las paredes. Sillas 
de morera y soga, y una mesita blanca á la derecha, junto á la 
puerta. Sobre la mesa un velón apagado. 



70 



ESCENA PRIMERA 

PENCHO, sentado junto á la mesa (Es de noche; la habitación está, 
sin luz y la puerta de la izquierda cerrada.) 

Mucho tarda en abrirse esa puerta. ¿Quién 
paecerá por ella?..- Si es er viejo, camina 
inútil. Al que yo aguardo es al mozo. Asín se 
tarde dista er día del juicio. Me ha llamaa 
cobarde, y esta palabra la siento que me es- 
cuece en el rostro como una gofetá. A la pos- 
tre, tiene él razón; hemos de reñir, y á ver de 
los dos cuál es el que se va del mundo, que- 
nos estorbamos. 



ESCENA II 

DICHO, FÜENSANTICA y MARÍA DEL CARMEN por la puertecilla. 
de la derecha 

Fuen. Entra sin cuidao. 

Pen. ¿Quién anda ahí? 

María Pencho... 

Pen. ¡María el Calmen!. . (ruensantica ha encendido eí 

velón.) 

Fuen. Güeñas noches nos dé Dios. 

Pen. (Abrazando á María del CErmen.) ¡TÚ aqUÍ Conmi- 

go!... ¿Qué gloria es esta? 

Fuen. Yo soy la que te la traigo. 

Pen. ¿Por ande entraste? 

Fuen. Pos por mi puerta. Cuando me cierran es- 

ta... ¡siempre muy temprano!... ¿por ande 
pelaríamos la pava con mi novio? Levanté 
el cañizo, y ahí está er paso. ¡Vamos, ha- 
blad!... Aquí la tienes. ¡Y que no me gusta á 
mí trapichear en cosas de amores, y servirle 
primero al uno, y aluego que sea el otro!... 
¡Pobreticos, si os queréis tanto!... Yo os pro- 
tejo. 

Pen. Gracias, zagalica. 

María Eres muy garbosa. 



— 71 - 

Fuen. jTonta, los requiebros á él! No pierdas er 

tiempo. Deciros muchas caricias, y coged 
larga la hebra, que tenéis espacio. 

Pen. ¿Tus amos, ande están? 

María A la ermita se fueron el padre y el hijo. 

Fuen. A ca el capeyán, ande se hospeda el médico 

de Maciascoque. Porque, como tú estabas 
aquí encerrao, y el doctor no se queda más 
que esta noche en el partió, allá le han bus 
cao pa la consulta. 

María Sal tú afuera y observa. 

Fuen . Yo te avisaré, si ocurre algo, por la puerta 

zaguera. 

María Muy bien. 

Fuen. Y ya sabes lo que te he dicho. Allí está la 

yegua ensilla y too. 

María Sí; muchas gracias. 

Pen. ¿Qué yegua? 

Fuen. Verás: la yegua de la casa, en que ha de lle- 

varme Jusepico el día que me robe. Porque 
como nos vamos á Monteagudo, á ca una pri- 
ma, que me tendrá dista er día de las cru- 
ces, sa mester rodear toa la Huerca, y pa 
andarlo á pié y con miedo cae muy largo. Y 
le hago á Jusepico que toas las noches deje 
la yegua apareja, pa cuando se determine... 
Conque ya sabéis, (a María del carmen.) ¿Estás 
contenta? (Besándola.) ¡Adiós, bonica. (Vase por 
la derecha.) 



ESCENA III 



MARÍA DEL CARMEN y PENCHO 

María ¿Pías oído, Pencho? 

Pen. ¿Qué, zagala mía? 

María Que podemos huir. Y vengo á eso. 

Pen. ¿A que huya? 

María A que huyamos. 

Pen. ¡También tú! 

María Ya ves. Tu libertad y tu existencia penden 

de un cabello. Javier te odia de muerte; el 
tío Antón también te aborrece y quiere en- 



Pen. 

María 



Pen. 

María 



Pen. 

María 



Pen. 



María 
Pen. 



tregarte. Domingo, que desea tu fuga, no 
podrá cubrirte con su amparo. Ahora mis- 
mo, allí se queda vigilando, que su hijo no 
venga á buscarte para la riña. Ansina y too, 
¿qué confianza podemos tener? ¿Ande estás 
tú? ¿Qué sitio es este en que te acoges?... La 
puerta cerra como en una cárcel; amenazao 
de morir, como en capilla... Pos, ¿aonde está 
tu salvación, Pencho, tesoro grande de mis 
cariños... aonde está sino en nuestra huida?... 
Bien; después. 

¡Después, dices!... ¡Ahora! Ahora ó nunca. 
De seguida, que el peligro te está cercando, 
que te acosa, y hasta los tuyos, tus amigos 
de la Huerta, corren por ahí azuzándolo con 
los alardes y los retos. 
¡Ah! eso me agrada. Dios se lo pague. 
Yo vengo dispuesta. Fui con Domingo y Ja- 
vier dista la vivienda del capellán. Ahí les 
he dejado, y en er santuario me entré, y le 
he hablado á la Virgen de hinojos sobre las 
gradas de su altar. — «¡Máere mía, acúdéme 
en esta acción, que no es culpable, (jue no 
es licencia ni desenvoltura, sinos nesecidá... 
nesesidá viva, como la del pan nuestro y la 
del respiro pa la salud!... Porque si yo no le 
sigo, él no parte, y aquí le cogen, y me le 
cargan de hierros ó me le matan»... 
¡Qué agonía tan dulce, oyéndote á tí!... 
Le he jurado á la santa imagen, que onde 
nos refugiemos, allí serán bendecidos en 
una iglesia nuestros amores. Besé el paño 
del altar, y aquí me tienes. Ya no hay por 
qué te empeñes en quedarte. ¿Qué te dejas 
aquí? Yo vo}' contigo. 
Sí, que me dejo. Tus labios, por lo que han 
dicho, 3'o los enguarnecería ahora de rosas 
y jazmines. ¡Bendita seas, que eso sí que es 
querer y saber probarlo! Mas, Ó3^eme tú: no 
puedo marcharme. ¡Que no me dejo aquí 
nada!... ¡Sí que me dejo, y no lo puedo olvi- 
dar, sí que me dejo! 
¿De tu felicidad? 
De mi honra. Esto}' citado con ese hombre, 



— 73 — 

y he prometido aguardarle dista que él quie- 
ra. Déjame que me trabe con él; será esta 
noche. 

María ¡No, no, Dios mío!... ¡Si eso es lo que quiero 

evitar! 

Pen. Pos eso es lo que ha de ser, María el Cal- 

men. ¿No le oiste que me llamó cobarde?..: 
¿Quién quieres tú, que sea tu Pencho, que 
íe han azotao con esa palabra, y con tóos 
los insultos, y con too el encono, y había de 
echar á correr abandonando su honra tira 
en er camino? 

María ¿Y te importa eso más que mi amor? 

Pen. Tu amor, lo perdería también; porque me 

has conoció valiente, y luego que hubiese 
huido no me atrevería á pedirte los agasa- 
jos de tu querer; y arguna vez la sangre que 
tienes, de la Huerta, te hiciera decir: — «Tie- 
ne razón, ¡si corrió delante de su enemigo!...» 
No puede ser. Déjame que le aguarde, que 
nos hallemos frente á frente y hierro á hie- 
rro, y después nos vamos unidos, dista er 
fin del mundo 

María ¿Y si te mata Javier? 

Pen. ¡Qué has dicho ahora! 

María ¿Y si le matas tú? Otra vez perseguido. 

Pen. Entonces huiremos. Él ha querido la lucha; 

la ha hecho necesaria. Cuando vine y le hallé 
enfermo, desistí de mi idea de provocarle. 
Por no poder batirme con él, he tenido que 
latarme. ¡Y porque me he delatao, díjome 
de que le temblaba!... ¿Lo ves ahora? Sano ó 
doliente, esto ya no tiene remedio, sinos pro- 
bándole que mintió. Hemos de devorarnos. 

María ¡Ay, cuánta angustia! 

Pen. y además ha puesto los ojos en tí y se creyó 

tu dueño... 

María ¡Triste de mí! 

Pen. No llores... 

María ¡Cuan poco puede el amor, y qué cosa es 
tan vana! Enamorao te busco, y tú piensas 
antes en ser valeroso. Pos ¿qué mérito es 
ese, que os hace olvidar de lus que os aman, 
y acordaros de los que os odian? Yo tamién 



74 



Pen. 

María 



Pen. 
María 



Pen. 
María 



Pen. 

María 

Pen. 



me dejo aquí ;)lgo, y vengo á ser tiij^a sin 
que me importe mi fama, que andará en 
lenguas, ni mi l^iogar, que quedará desierto. 
Mas ¿qué le hace siendo por ti? (Atrayéndole 

con insinuante y tierno acento.) ¡Ven!... ¡Vámonos! 

Hablarán de nosotros, y dirán las gentes: — 
«Mira ella, qué fiel para su Pencho.. Deste- 
rrados andan, pero ¿cuál será el suelo aonde 
ellos pisen, que no les eche flor?» Nos envi- 
diarán todos! Te envidiará á tí Javier. ¿No 
es esto más que matarle? 
¡Calla, calla, que no te quiero oir! 
;Javier!... ¡Si yo á él le rogara, como te rue- 
go á tí!... Me obedecería lo mismo que un 
cordero, me entregaría el cuchillo pa que lo 
tirase á la acequia... Pero ¡claro!... á él no sa- 
bría pedírselo, á él no le diría: «Huye, que 
yo voy contigo...» Eso á tí sólo, Pencho, á tí 
sólo... 

¡Oh, no sigas!... No sigas, que te apoderas de 
mi ánimo, y me haces faltar. 
Si esa es mi intención, 3^ así veo probado 
o que me quieres!... ¡Ven! tú eres mío. (con- 
duciéndole hacia la puertecita de la derecha.) 
Yo prometí esperar. 

Rompe la promesa. Ven, que avanza la no- 
che. Ven, que yo te guíe .. Con tu María el 
Calmen... Con tu huertanica... Sigúeme; va- 
monos. (Llegan junto á la puerta de la derecha, ella 
atrayéndole, él resistiéndose ya flojamente; ella va á 
tirar de la puerta, cuando en la de la izquierda se oye 
meter la llave y darle la vuelta.) 

(Desasiéndose de ella.) Abren la puerta. 
¡Oh, sí! .. Date prisa. 

¡No, no! Aguardo. (Javier se presenta, abriendo la 
puerta de par en par.) 



Jav. 
Pen. 
Jav. 



ESCENA IV 

PENCHO, MARÍA DEL CARMEN, JAVIER 
(Desde la puerta, á Pencho.) AqUÍ estoy. 

Aquí me tienes. 
¡Y ella contigo!... 



75 



dos tendieras toa la an- 
nos hallaríamos algún 



Pen. |Sí! ¡conmigo siempre! 

Jav Siempre, no. Yo vengo á separaros. 

María (colocándose entre los dos.) Yo OS he de separar 

á vosotros. 
Jav. No lo alcanzarás. 

María Estoy en medio. 
Jav. Aunque entre los 

chura del mundo, 

día. 
Pen. Nos hallaríamos. 

Jav. ¡Te he visto en sus brazos! 

Pen. ¡Ha dicho que yo le huía! 

Jav. Que sea ahora mismo lo que haya de ser. 

(a Pancho.) Y no es lance desigual; quiero que 

lo sepas, (a María del Carmen.) Sábelo tÚ ta. 

mién. (a Pencho.) Mírame; que vengo erguido 
y fuerte. Acabo de oírle al médico, en la con- 
sulta, que no tengo mal ninguno, que no es 
nada too lo que tengo. ¡Y es lo fijo! Na más 
que le escuché, y me hirvió la sangre pode- 
rosa. Así, no repares; que de tí á mí ya no 

va nada, (van á salir los dos.) 

María (corriendo á la puerta.) No Saldréis. 

Jav. (Luchando con ella.) DéjailOS... 

Pen. No temas. 

Jav. No hay más remedio. 

María Otro hay. ¿No soy la causa de vuestros odios? 
Que me pierda yo; que me arroje al río. De- 
jadme; y no riñáis. Yo soy la que muero. 

Jav. (Con exaltación.) ¡TÚ debes vivir para ser mía! 

Pen. ¡Calla!... y vamos ya. 

María (Queriendo detenerles, desesperada, agitadísima.) ¡No, 

no!... 
Pen. Güervo, y huiré contigo. 

María (Luchando con ellos.) ¡Oh, no!... ¡No vayáís!.. . 

¡V^irgen Santa!... ¡Pencho!... ¡Qué angustia!... 

¡A}^! (Cae desvanecida en brazos de Pencho.) 

Pen. Se desvanece. 

Jav. Esto nos presta ocasión. ¡Déjala! Pronto. Yo 

gorveré á asistirla. 

Pen. (Atendiendo á Maria del Carmen, á quien ha coloca- 

do en una silla.) ¡TÚ no la verás más! 

Jav. Sigúeme. (Liega á la puerta de la izquierda y re- 

trocede.) Espera. 



— 76 — 



Pen. 

ÍAV. 

Pen, 

ÍAV. 

Pen. 
Jav. 



(sin dejar de atender á María del Carmen.) Vé, que 

ya te sigo. 

(Acercándose á él, en voz baja.) Viene mi padre. 

Nos va á detener. 
¡No! ¡que no nos detengan! 
Anda acechándome para evitar nuestro en- 
cuentro. 
No lo evita. 
Allí me escondo. No le digas que he venido. 

(Entra por la puerta del fondo y desaparece por la 
izquierda. Pencho sigue al lado de María del Carmen.) 



ESCENA V 

PENCHO, MARÍA DEL CARMEN, DOMINGO y FUENSANTICA, por 
la izquierda 



DOM. 

Fuen. 

DOM. 

Fuen. 

Pen. 
DoM. 
Pen. 

María 

DOM. 

Pen. 

María 

Fuen. 

DoM. 

Pen. 

DoM. 



¿Ha venido Javier? 

Yo no le he visto. Estaba al otro lao... 

Abierta está la puerta. No hay duda que ha 

venido. 

¿Qué tiene María el Calmen? (corriendo ai lado 

de ésta.) 

Ya va gorviendo. 
¿Se puso mala? 

I)ióle este desma3'0. (María del carmen vuelvo en 
sí, mira en derredor ansiosa, se levanta.) 
Pencho... (cogiéndole de la mano.) 

¿Y mi hijo? 

El abrió esa puerta. 

¿Volvió á salir? 

Claro que ha salido. 

(a Pencho.) ¡Y tú aquí, entavía! 

Lo que prometí; esperando. 

Pos nada tienes ya que esperar. Ponte en 

salvo y no pienses en luchas, porque esta es 

noche de gozo y en ella no puede suceder 

nada triste, (con expresión de contento.) ¿No Sa- 

bes, María el Cahnen? {k Fnensamica.) ¿No 
sabes tú, zagalica? Ha estao el doctor reco- 
nociendo ar chico, á mi Javier... ¡Y con qué 
espacio, y con qué majestad, pulsándole y 
escuchándole, que imponía la cosa y metía 



77 



Fuen. 
María 

DOM. 

Fuen. 
DoM. 



pavura! Pos el resultado ha sido, que don 
Fulgencio ha declarao que er muchacho no 
tiene ná grave; solamente un poco de robi- 
nera que le queda de la herida; y que no 
ofrece cuidao, y que espera curarle del too 
en muy poco tiempo. 
¡Ay, qué alegría! 
81 por cierto. 
Ya veis. 

Si cuando yo le di á don Fulgencio er di- 
ploma... 

Me degorvió al alma la tranquilidad y el 
contento. ¡Y que es él, hombre de saber y de 
conciencia! 



ESCENA VI 

DICHOS y DON FULGENCIO por la izquierda 

Ful. Buenas noches. 

DoM. ¡Don Fulgencio, usté por aquí! 

Ful. Vengo á hablar contigo. 

DoM. Lo que usté guste. 

Ful. Estas muchachas... 

DoM. Muv bien. Salid ahí fuera, (a ellas.) 

Pen. Yo,\aní. 

Ful. No importa que este nos oiga. 

María (Bajo á Pencho.) Sí te aguarda Javier en algún 

sitio, no irás. Allá fuera estoy vigilando. 

Fuen. (a María del Carmen.) Ven, que está la noche 

hermosa. 

María (a p¿ncho.) La riña es imposible. 

Pen. (No hay quien la impida.) (María del carmen y 

Fuensantica se van por la izquierda. Pencho entra por 
la puerta del fundo y se sienta en el arca.) 



ESCENA VII 



DOMINGO y DON FULGENCIO en la escena, PENCHO en el foro, á 
poco JAVIER 

DoM. Usté dirá lo que se le ofrece, don Fulgencio. 

Ful. Vamos á sentarnos. 

DoM. (a cercan aoie una silla.) Echese pa acá, fronterí- 



— 78 — 

co á la puerta, que corre el aire, (coloca la si- 
lla hacia la derecha, en la linea de la puerta y se 

sienta don Fulgencio.) Tomará usté alguna cosa. 
Nada; muchas gracias. 
Todo lo que hay aquí es para usté. 
Siéntate y oye. 

Vamos allá. (Acerca otra silla y se sienta junto á 
don Fulgencio.) 

Ful. Amigo Maticas, disponte á oirme con sere- 

nidad y entereza. 
DoM. Pos, ¿qué ocurre? 

Ful. Vengo á hablarte de tu hijo. (Aparece en la 

pieza del fondo Javier, que, quedándose oculto en el 
interior de la estancia, se pone á atender á la con- 
versación de los dos personajes.) 

DoM. Sí, señor. Hablaremos de él, y mande cuan- 

to haya que hacer pa limpiarle de toas las 
reliquias. ¡Qué contento le ha puesto usté, y 
las bendiciones que le habrá á usté enviao! 
Me lo dejó usté sano, solamente con lo que 
le habló esta tarde. Pos, ¿y á mí? ¡Ay, señor 
doctor; usté trae á nuestra casa la satisfa- 
ción y er bien! 

Ful. Esta tarde, Domingo, os he engañado. 

DoM. ¡Jesús, páere nuestro! ¡Qué dice usté! (Javier 

avanza hasta el centro de la pieza interior y escucha 
con doble afán; Pencho se pone en pié detrás de Ja- 
vier ) 

Ful. o, hablando con más precisión, he engaña- 

do á tu hijo; al enfermo. A tí no, porque me 
reservaba hacerte sabedor de la verdad, se- 
gún te tenía prometido y según me lo orde- 
naba mi deber. Esa verdad, Domingo, es la 
que vengo á manifestarte. 

DoM. ¡Sí, sí! ¡La verdad toa... tan dura como ella 

Fea, y tan desconsolada! 

Ful. Al médico hay que reconocerle el fuero de 

poder mentir, cuando habla en presencia 
del doliente. La ficción es en t;il caso piado- 
sa, y además terapéutica, medicinal, porque 
la empleamos á manera de un calmante 
con el que se adormece el espíritu en bene- 
ficio del cuerpo. 

DoM. ¿Y á mí, don Fulgencio... á mí, qué tiene 



— 79 — 

usté que decirme? Hable sin disimulo. Aquí 
está mi frente pa que le ciña, si es necesa- 
rio, la corona de espinas... 
Ful. Pues á tí, lo que he de d-ecirte... (javíer liega 

hasta la puerta del fondo, escuchando con anhelo ere 
cíente y con agitación que procura dominar; Pencho 
avanza también, quedándose un paso atrás de Javier 
y oyendo con inteiés.) 

DoM. Me lo figuro; que mi hijo está muy malo. 

Ful. Peor que eso. 

DoM. ¡Peoí que eso!... ¿Qué puede ser? 

Ful. Que tu hijo está perdido. 

DoM. ¡Perdido! 

(Javier, que escucha con avidez, se siente rudamente 
impresionado; vacila, extiende los brazos; Pencho 
acude y le sostiene; aquél se apoya en éste, echándole 
los brazos al cuello é imponiéndole silencio cun el 
dedo puesto en la boca, manifestando su intención 
firme de oírlo todo.) 

Fui.. Creo que no hay esperanza para él. Esta e3 

la tristísima verdad. (Pencho, que sigue soste- 
niendo á Javier, obliga á éste á que se retire, empu- 
jándole hacía el interior de la estancia, que se supo- 
ne comunica con la del fondo. Javier trata de resistirse 
y quiere seguir oyendo, pero al ñn entra vencido por 
la tuerza y voluntad de Pencho.) 
DoM. .Llorando, con la cabeza entre las manos.) ¡Válgame 

Dios, doctor, lo que usted me dice!... 

Ful. Te digo lo que no debes ignorar. 

DoxM. Siga usté, siga... Tiene usté razón. Pero esta 

pena... ¡cómo quería usté que no la sintie- 
se!... ¡Es mi hijo! ¡La raíz y er jugo de mis 
sentimientos!... Siga; le escucho. Ya estoy 
sereno. Pero, ¿está perdió, señor?... 

Ful. El infeliz es un condenado á muerte que 

está en capilla. 

DoM, ¡Hijo de mi alma!... ¡Javier mío!... 

Ful. La herida no se curó. Cicatrizada por fuera, 

quedó abierta y royendo en lo interior del 
pecho. Devoró los pulmones y envenenó la 
sangre. En tal estado de destrucción, no es 
posible que viva ningún ser humano. 

DoM. ¡Qué dolor, Virgen santa, qué dolor tan 

grande! 



— 80 - 

Ful. Lo qne está viviendo es de milagro. Milagro 

de Dios y misterio para nosotros, los mise- 
rables sabios de la tierra. Pero contados tie- 
ne sus días; cuando el milagro cese, cuando 
Dios sea servido. Vamos, no te dejes vencer 
por la amargura. 

DoM. ¡En er instante de ma\^or fe, Dios mío! 

¡Cuando le creí salvado! ¡Cuando en esta 
triste casa iba á amanecer la luz de la dicha! 
Too se malogra, too se güerve sal y agua. 
Ya ve usté que he de llorar. ¡Cómo no llo- 
rará un páere! ¡Si este amor es er más hon- 
do, er más tierno, y er que más dura en el 
alma; porque mientras haya mundo, podrán 
acabarse los hijos para los páeres, pero los 
páeres para los hijos... esos no se acabarán 
jamás! 

Ful. For eso es menester que sostengas tu ánimo. 

DoM. ¿Y nada puede hacerse... nada, nada?... 

í'uL. Te lo he di cho. 

DoM. Usté es un sabio, don Fulgencio... 

Ful. Mucho menos de lo que vuestra sencillez me 

supone. Pero la ciencia misma se declarara 
impotente en presencia de este caso des- 
esperado. 

DoM. Mas no va usté á abandonarme. 

Ful. No te abandono. Bien lejos de eso, mi veni- 

da en tu busca, reconoce por causa no sola- 
mente la obligación en que estaba de abrirte 
los ojos, sino también mi formal intento de 
aconsejarte. 

DoM. ¡Eso! Disponga usté. 

Ful. Tu hijo necesita de una quietud absohita. 

Vive actualmente entregado á una agitación 
constante y perniciosa. 

DoM. Y ese era mi desvenecimiento; vea usted. 

Esa animación me parecía á mí, señal de 
salud. 

Ful. No es sino el estado febril que le domina. 

Ahora descaecido, en seguida exasperado; 
flaqueza y aliento, su cediéndose sin norma 
ni compás. Es la calentura que mengua y 
crece á su placer, dentro de aquel organismo 
arruinado. 



81 — 



T)oM ¡Sí, que será eso! 

Ful* El matrimonio, imposible; y los amores, 

muy peligrosos. Remmciad á dios. Yeso, 
no tan sólo por ley de salud, sino asinaismo 
por ley de conciencia. No es cosa licita, 
Domingo, juntar una existencia lozana y 
radiante, á la de un ser extenuado, marchi- 
to, moribundo. 

DoM ¡Si es que la quiere con toa su alma!... 

FuT ' Más poderoso motivo para que se incline á 

no esclavizarla, á no sacrificarla, con un 
egoismo que hiciera odiosa su agonía. 

DoM ¡Todo habrá que perderlo!... 

F.T Y es necesario también desarmar esas cole- 

ras y ese afán vengativo en que el mucha- 
cho se consume. ^ 

DoM Eso se lo da la fiebre tamien. ¡bi el es gue- 

no, doctor... es güeno, pobretico mío, hasta 

Fiebre es, pero importa no excitarla. Ese 
enemigo, ese Pencho, que desaparezca de 

su vista. . T . j \T^ 

Tiene usté razón; yo cuidare de eso. ¿iNo 
dice usté que así, yéndole á la mano, alar- 
garé su vida? ¿Que le tendré á mi lao una 
semana más. un día, una hora... lo que sea?... 
Yo le conservaré, doctor. ¡Gracias! Me ha 
partió usté er corazón, pero ha hecho bien. 
Un páere debe ser valeroso. Vera usté lo 
que dura mi enfermo, (se levantan.) 

Ful. Adiós, y ten fortaleza. 

DoM Usté no nos abandone. 

Ftit ' Yo haré por sostenerle cuanto sepa. 

DoM. ¡Y yo cuanto puedo, y más de lo que puedo 

y de lo que debo! 

Ful. Adiós, Domingo. 

DoM. Vaya usté con Dios. (Vase don Fuígeucio por la 

izquierda ) 



Ful. 

DOM 



ESCENA VIII 

DOMINGO y PENCHO 

DOM. (Dirigiéndost al fondo. j Oye, tÚ, Pencho... (Pen- 

cho sale á la escena.) Huve, SÍ quiereS. 

Pen. Con María el Calmen/ 

DoM. Como puedas. Márchate y desaparece de la 

Huerta. Ahí te dejo la puerta franca. Pero 
ha de ser de seguida, porque no tienes de 
plazo más que lo que yo tarde en gorver con 
fuerza de hi justicia, pa que te lleven atao y 
bien seguro. Aprovecha los instantes, que 
te suelto tóos los mastines. Estás avisao. 

(Vase por la izquierda.) 

ESCENA IX 

PENCHO. JAVIER Así qne se ha marchado Domingo, aparece por 
el foro Javier, poseído de profunda pena y desesperación. Anda tur- 
bado por la escena, y al fin se deja caer en una eilla á la izquierda, 
quedando un momento entregado á dolor silencioso. Pencho, más 
atrás, en pie, a la derecha, observa á Javier con semblante de com- 
pasión. Javier, al cabo de la pausa, levanta la cabeza, se pone en 
pie y mirando ú Pencho, le hable, sin poder dominar el abatimiento 

Jav. Ven... 

Pen. ¿Aonde? 

Jav. Ven amatarme. 

Pen. Estás indefenso. ¿No lo has oído? 

Jav. Esa es ventaja para tí. No la pierdas. Ven, 

que yo te he retao, y tú esperándome, has 
cumplió. ¡Lo que deseo, es que acabes de 
quitarme esta vida! 

Pen. ¿No ves que te la quitaría de seguro? 

Jav. ¡Ese es er único beneficio que puedo ya es- 

perar en el mundo! Te lo deberé á tí. Ven á 
matarme. 

Pen. Yo no me bato contigo. 

Jav. ¿Que no te bates? 

Pen. Tu enemigo, yo ya no lo soy. Cuando te 



— 83 — 



Jav. 
Pen. 

Jav. 
Pen. 
Jav. 

hEN. 

Jav. 
Pen. 
Jav. 
Pen. 
Jav. 



Pen. 
Jav. 

Pen. 
Jav. 
Pen. 



herí, la otra vez, reñía, no asesinaba. Ahora 

te asesinaría. 

¿Y si yo no te dejo en libertad? 

Nada me importa. No pienso irme. Yo sólo. 

¿pa qué? 

Y vendrán á prenderte. 

Que vengan. Para eso me he delatao. 

Será grande tu castigo, porque yo me muero. 

Que lo sea. Too menos levantar mi brazo 

contra un pecho sin defensa. 

(Mirándole con expresión.) Tienes razón. 

Eso no se hace. 

jTú eres un hombre!... 

E.«o. 

Vete, pues. Yo te dejo libre; no te detengo, 

ni te denuncio con mis voce^. Ve, y ponte 

en salvo. 

Con María el Calmen. 

¡Con ella, no!... 

Pos de aquí no salgo. 

(suplicante, juntando las manos.) ¡Déjamela!... 

Es imposible. 



ESCENA ULTIMA 



DICHOS. MAKÍA DEL CARMEN 



María (oes Je fuera.) ¡Pencho! 
Jav. Ahí está... 

María (saliendo por la puerta de la izquierda apresurada, 

anhelante, llena de tribulación.) ¡Vienen, Pen- 

cho!... ¡A apoderarse de tí! . ¡Gente armada... 
mucha gente!... ¡Estás perdido!... 
Jav. Nada temas. De aquí no te sacarán. (Encaja 

la puerta y cierra con llave.) Estás en mí Casa. 

María ¡Oh, gracias, Javier!... (volviéndose á Pencho.) 
¡No te detengas!... Por aquí, por el paso 
que hay oculto... La yegua está dispuesta. 

Jav. Sí; vete... vete... 

Pen. Con ella. 

Jav. ¡Con ella, no!... (los mira ¡t ios dos, que están 

unidos de la mano; cambia súbitamente de expresión 
y dice, habiendo tomado su acuerdo.) ¡PoS bien!... 



^ 84 — 

¡Sí! con ella... con ella, pero que te salves. 
Tón:ala, lléTatela... ¿Yo, quién soy ya, para 
disputártela? j Ya para mí too se ha acabadot 

María ¡Oh, Javier! 

Jav. Allá dentro, ahora poco, iba á caerme des- 

plomado. Tú me has sostenido. Llévatela. 

Pen. Gracias. 

Jav. Hazla dichosa... ¡y bendecidme alguna vez! 

Iros ahora, iros, (suenan fuera voces y tropel de 
gente que se acerca.) 

María (Yendo a la puerta.) ¿No oyes?... ¡Ya se acer- 
can!... 

Jav. En la yegua llegáis á . Torrevieja antes del 

día. Allí no os faltará cómo embarcaros. 

María ¡Ya están ahí! (Lss Voces se oyen junto á la puerta.) 

Jav. ¡Marchad! 

María ¡La Virgen te salve! 

Jav. ¡Que el cielo os guíe!... 

Pen. (Desde ]a puerta de la derecha, h ía cual se ha diri- 

gido, llevando á María del- Carmen, de la mano.) 

¡Adiós, Javier! 

Jav. (Desde la izquierda, donde está, con la mano aplica- 

da á la pueita.) ¡Adiós, Pehcho! 

María (En un arranque, corriendo al centro de la escena, 

dirigiéndose á Pén(íio, señalándole á Javier.) ¡Abrá- 
zale! 

Pen. ¡Oh, sí!... (corre hacia Javier y éste hacia él; al ha- 

llarse los dos, Javier ocha los brazos al cuello de Pen- 
ch«^, éste le toma la cabeza con ambas manos y le da 
en la mejilla un sonoro y efusivo beso.— TELÓN.) 



FIN DE LA COMEDIA